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TRIBUNA

Los servilones y la libertad

José Luis González Quirós - 06/02/2008

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Entre 2008 y 2012 celebraremos el segundo centenario de la francesada y el de la Constitución que supo reconocer al pueblo como depositario de la soberanía nacional. Releer a Galdós es muy recomendable para recordar lo difícil y penoso que fue aquel tránsito. Con ojos de hoy, sorprende descubrir la cantidad de personajes que no eran capaces de articular la menor conciencia política, que pedían libertad vitoreando las cadenas. Los españoles no hemos acabado de hacernos a la idea de que la libertad es un bien al que nadie debería renunciar. Aquí hay muchos a los que gusta obedecer y, junto a los primeros liberales conscientes, abundaban los que simplemente no querían cambiar de dueño.

Se mire como se mire, España es un viejo país en el que el precedente sustituye con facilidad a cualquier análisis racional. Nos cuesta cambiar. El franquismo desapareció de manera puramente biológica, sin que los supuestos empujones de esas miríadas de luchadores antifascistas que luego se han quitado valientemente la careta, le hicieran grande mella. Muchos de los que despidieron a Franco en largas colas votaron largamente a partidos de izquierda cuando llegó su hora: estaban acostumbrados a seguir a un caudillo y no iban a dejar de hacerlo fácilmente.

La inercia del poder es muy grande entre españoles. Cuesta mucho despedir al que no lo hace bien. Es más difícil pensar por cuenta propia que repetir el catecismo. Ser libre, como ya dijo Pericles, exige ser valiente. La libertad produce desasosiego entre la cómoda multitud de los mansos, acostumbrados a poner cara de fiera cuando apoyan valientemente al que ha ganado. Por eso la corrupción nos parece normal y admiramos, en el fondo, a los que se hacen inmensamente ricos robando a manos llenas, a los que se libran de la justicia porque tienen amigos, a los que saben que su poder no depende de las urnas.

Los españoles de esta época somos conformistas; hemos conocido cosas peores que este sistema y no estamos dispuestos a gastar mucha energía en mejorarlo. Pensamos que esto es la democracia y que qué se le va a hacer. Hay una amplia mayoría que querría cambiar ciertas reglas del juego, pero hay miedo a que ese cambio ponga en riesgo las parcelas que cada cual cultiva, su sueldo, sus influencias.

Por eso se detecta tanto pesimismo ante el resultado de las elecciones: en el fondo pensamos que nada puede cambiar. Contamos con la inercia, con los servilones, con los infinitos intereses creados por los más absurdos y vejatorios particularismos. Así, no parece posible romper los moldes de un sistema que se agota y renquea.

En la España que describe Galdós, y es solo un ejemplo, el ejército de Galicia no quería excederse en la ayuda al ejército castellano que trataba de parar al corso. Ese afán particularista ha sido siempre una rémora para la libertad y el progreso de todos. La novedad, siniestra pero pujante, es que esas rémoras encuentran apología y refuerzo en los que se tienen por progresistas. Cabe, sin embargo, forzar el cambio, hacer que la soberanía nacional vuelva por sus fueros, que no tengamos que estar al arbitrio de minorías bien organizadas que deberían ser casi insignificantes en una sociedad de nuestro tamaño. Una manera de facilitarlo, la preferible sin duda, sería que Zapatero perdiese las elecciones. No es la única, ciertamente, aunque sí la más directa y sólida.

También habría formas de forzar el cambio en el caso de la hipótesis contraria. Bastaría con que Mariano Rajoy, en el caso de perder, afirmase inmediatamente su disposición a votar la investidura de Zapatero, un gesto que, por cierto, ya tuvo Adolfo Suárez en 1982, para evitarle tener que alcanzar pactos indeseables para la mayoría. Cabe incluso que lo diga en campaña, para ver si Zapatero está dispuesto a afirmar lo mismo o piensa seguir primando a quienes nos desprecian por el mero hecho de sentirnos españoles.

Una nación que puede ir a más no debería verse frenada por la conjura de quienes quieren que vayamos a menos, para que, en medio de una espantosa mediocridad, reluzca un poco más su campanario. No es inevitable que España termine siendo una segunda ex Yugoslavia, pero una interrumpida serie de torpezas podría llevarnos a puerto tan desdichado, aunque seguramente no sin enormes quebrantos.

Estamos a tiempo de aprender de los errores de estos años y de reemprender la aventura de una democracia verdadera, sin privilegios, sin monopolios de la verdad, sin desigualdades territoriales hirientes, con jueces independientes y severos. Hace falta el estímulo de muchos y el coraje de unos cuantos, esa cualidad que incluso los servilones admiran en sus líderes. El 10 de marzo puede ser el primer día de una nueva etapa estimulante y atractiva, o suponer una nueva vuelta de tuerca que cercene nuestra libertad, un nuevo eslabón de una cadena de la que nos costará cada vez más librarnos. No es hora de que nos halaguen el oído, sino de que les exijamos compromisos que merezcan nuestro voto.

José Luis González Quirós es analista político y escritor

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Opiniones de los lectores (7)

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7. Carmen Q06/02/2008, 17:07 h.

Es uno de los mejores artículos que he leído. Y opino exactamente lo mismo. Por favor, que alguien le facilite la lectura del mismo a Rajoy. Sería bueno que lo tuviera en cuenta, para ahora en la campaña y para despues del 9 M si España sigue dormida y abandonada a la suerte del peor presidente de la historia de las democracias occidentales. Ayer alguien me dijo en estos foros que precía tener un amor, no sé si al PP o a Rajoy en concreto, y se equivoca: lo que tengo es pánico a que este descerebrado repita. Tengo hijos de corta edad y quiero para ellos una España próspera y en paz: la que yo he vivido hasta que este especimen hizo aparición en la esfera política de nuestro país... De saberlo hubiéramos ido toda mi familia a votar por Bono en aquel entonces..

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6. usuario registrado Klinklon06/02/2008, 17:04 h.

Tod (5): ¿Cómo le ha dado la vuelta al artículo? ¿Se ha puesto cabeza abajo? ¿Lo ha leído de derecha a izquierda? El artículo no es estúpido. Aunque sospecho dónde está la estupidez. Camarada, un poquito más de lecturas marxistas no le vendrían nada mal. Y no hace falta que sea Marx. Lea a Diego Guerrero, a Fredric Jameson, Henri Lefevbre, etc., etc. Cultívese un poco antes de darle la vuelta a nada. Se puede marear.

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5. tod06/02/2008, 16:43 h.

Voy a darle la vuelta al estúpido artículo que acabo de leer: La gente de derechas no piensa y no lee. Sus únicos argumentos son las mentiras de Federico y de El Mundo... no son libres...etc, etc. Es facilísimo hacer este tipo de artículos basados en tópicos en ideas preconcebidas y tendeciosas ¿hay algún argumento?, ¿alguna idea? NO, NADA.

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4. usuario registrado martes carnaval06/02/2008, 16:03 h.

Querido José Luis:

Vienes a abundar en las razones que te vengo dando en las últimas semanas que me hacen creer --bien a mi pesar-- que Rajoy lo tiene mal. Sí, es cierto que la solución inercial en este país está primada, aunque sea tan nociva para el patrimonio histórico y económico de nuestros conciudadanos como lo es actualmente. ¿Qué tiene que pasar para que el españolito medio se convenza de que Zapatero es una auténtica calamidad? Hay muestras diarias de hasta donde se ha dejado a los nacionalistas manifestar su inquina a España, de la catástrofe económica que nos aguarda a la vuelta de la esquina, de la irrelevancia internacional en que se ha sumido a nuestro país... En cualquier otro sitio serían razones que forzarían la "alternancia". Aquí no. Hay muchos prejuicios hacia el partido opositor, se tiene un sentido providencialista de la vida y la desconfianza generalizada hacia la política hace recelar de que la solución esté en la sustitución. Vuelvo al diagnóstico de Julián Marías: "Lo malo de los españoles es que la mayoría se pregunta ¿qué va a pasar? Y muy pocos se plantan ¿qué tenemos que hacer?". Pero así son las cosas y con estos bueyes hay que arar.

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3. usuario registrado borondes06/02/2008, 14:06 h.

Ninguna democracia ha dejado de revisar sus planteamientos electorales cuando se ha visto que se producen desajustes contrarios al interés de la mayoría que es el que debe primar. No se trata de que los minoritarios no estén representados o de que no se debata con ellos: se trata de que el sistema no les otorgue la capacidad de decisión última tanto si gana la derecha como si lo hace la izquierda (bueno, la que tal se llama). Y siempre se puede pedir a los partidos nacionales que atiendan a los intereses mayoritarios, eso es lo que no está haciendo Zapatero siempre ocupado en el disimulo y la trapacería. Seguramente sólo un PSOE sin Zapatero llegará a entenderlo, pero si ZP volviera a ganar estoy de acuerdo en que el PP tendría que tratar de impedir, con su apoyo a la investidura de ZP, un nuevo pacto para el despiece del Estado.

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