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SIN ENMIENDA

Morro con setas y tres huevos duros

@Juan Carlos Escudier - 02/02/2008

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El PSOE le ha pillado el punto a esto de los vídeos y, como nos descuidemos, el día menos pensado vemos a Pepe Blanco recogiendo un Goya. En la última entrega producida por la factoría de Ferraz, que ya es como la Metro-Goldwyn-Mayer pero sin león, sale un tipo de pelo ralo que representa a Rajoy amargando a cuantos le rodean, aunque incapaz de soportar la mirada limpia de Zapatero. Lo mejor del vídeo se encuentra en la escena final, donde puede leerse la lista de raciones del bar en el que agorero trasiega un pelotazo. Hay salmón con brie, solomillo de canguro y de avestruz, sobrasada al brie, lomo de orza en aceite y el plato estrella: morro con setas. ¿Quieren decirnos algo? ¿Se lucha subliminalmente contra el colesterol o se le rinde homenaje? ¿Con Zapatero habría ensaladas templadas y coles de Bruselas?

Se trata, en cualquier caso, de un nuevo concepto de reclamo electoral en el que ni se explica lo que se ha hecho ni se cuenta lo que se va a hacer; simplemente, se exalta el optimismo. Es un reflejo del propio lema de los socialistas, “motivos para creer”, una llamada a la fe de la que se sentiría orgulloso el propio Rouco Varela. Zapatero nos pide que creamos en él para salvarnos del mal fario. Frente a él, se yergue Rajoy con “las ideas claras”, otro eslogan que pasará a los anales por su hondo calado.

Vivimos la política de las percepciones. El PSOE pide que contemplemos a Rajoy como una sombra funesta que nos amarga la paella, y el PP que veamos en Zapatero a un tipo intelectualmente inconsistente, que es incapaz de elaborar proyectos porque tendría que pensar. Y estos mensajes calan porque se reiteran con machaconería, al punto de que medio país piensa que el presidente es bobo y el otro medio que el líder de la oposición es un mezcla de ‘señor no’ y enterrador de Lovecraft.

Estas apelaciones han terminado por convertirse en imprescindibles porque, al fin y al cabo, constituyen lo auténticamente diferencial de las ofertas de ambos partidos. Quizás sea el resultado de la muerte de las ideologías o de su prolongada estancia en la UVI, pero basta con escuchar algo más allá del ruido ambiente para apreciar que, salvo matices insignificantes, PSOE y PP nos vienen a ofrecer lo mismo y tres huevos duros. El asno de Buridano, que ya se sabe que era un animal indeciso y hambriento, se abstendría sin remedio.

A estas alturas es imposible determinar si socialistas y populares buscan la uniformidad o si se trata de la consecuencia lógica de haber renunciado al pensamiento propio para confiarlo todo a las encuestas. La sociología ha matado a la política. Los presuntos líderes no plantean retos ni tienen sueños que quisieran ver cumplidos; se limitan a aplicar los sondeos. ¿Que el 90% quiere que bajen los impuestos? Sea. ¿Que a la mayoría les gusta el Rey? Pues todos monárquicos. ¿Que nos caen bien los inmigrantes? Se les legaliza. ¿Que ahora nos parece que hay demasiados? Se les expulsa en avión para que vayan más cómodos.

Basta con echar una ojeada a los programas de ambas fuerzas para constatar que el guionista estaba pluriempleado. Olvidada ya la negociación con ETA y confirmado que si Zapatero estaba de rodillas no era para rendirse sino para abrocharse los cordones de las botas, PSOE y PP ofrecen palo y tentetieso a los terroristas; en economía, a la oferta fiscal de Rajoy, el Gobierno ha respondido con la devolución de 400 euros, o lo que es lo mismo, que los dos proponen bajar el IRPF; los dos partidos ofrecen reducir el impuesto de Sociedades; los dos están por eliminar el de Patrimonio; y los dos hablan de liberalizar sectores, un término que ninguno sabe exactamente lo que significa.

Unos y otros quieren subir las pensiones más bajas y echar una mano a las viudas, de las que siempre se acuerdan por estas fechas; metidos en promesas, ninguno baja de los dos millones de empleos; socialistas y populares están contra el cambio climático, pese al primo de Rajoy; los dos partidos van a abrir guarderías en los cuatro puntos cardinales; los dos van a hacernos autovías de diseño y nos van a llevar a casa en alta velocidad, siempre que la Sagrada Familia resista los embates de la tuneladora de Magdalena Álvarez; ambos van a defender a la familia por lo civil y por lo militar, ya sea con un Ministerio en el que los funcionarios trabajen desde mesas camilla ergonómicas, o con más permisos de paternidad.

Es cierto que alguna discrepancia subsiste, sobre todo respecto al Estatuto de Cataluña, aunque habrá que ver cuánto dura el recurso del PP en el Constitucional si Rajoy puede gobernar y CiU les guiña el ojo. Y es que España se rompía, pero de seis nuevos estatutos, socialistas y populares acordaron cinco. El PP se propone conseguir que se pueda estudiar la ESO en castellano en Vilanova i la Geltrú, aunque hubiera bastado que, en su día, Aznar hubiera recurrido al Constitucional la ley de normalización lingüística catalana; claro que entonces hablaba en la intimidad el mismo idioma que Pujol, que le apoyaba en el Parlamento, y se le debió pasar. Rajoy también está decidido a hacer el trasvase del Ebro, siempre que convenza a Pizarro, que cuando estaba en Endesa se oponía porque sabía que beneficiaba a Iberdrola.

La Constitución era intocable y perfecta, pero resulta que ahora el PSOE y el PP plantean su reforma y estarán obligados a llegar a un acuerdo si persisten en su actitud. ¿Acaso alguien osaría a romper el sacrosanto consenso de la Transición aunque se tuviera mayoría para hacerlo? En política exterior, seguiremos pintando lo mismo con unos y con otros, o sea, entre poco y nada, y no habrá quien eché atrás el divorcio exprés o se atreva a meter mano al aborto.

Las posturas son irreconciliables en la famosa Educación para la Ciudadanía y en el matrimonio gay, en este último caso exclusivamente en el nombre porque en los derechos de la unión hay absoluta coincidencia. A falta de mayores simas, hay que inventarse los disensos. Rajoy es un cenizo de extrema derecha y Zapatero un pazguato y un radical. Y ahora que lo tenemos claro, votemos.

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