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DOS PALABRAS

Entre crack y crack... catacrack

@Federico Quevedo - 26/01/2008

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Tomás se levantó de golpe, como empujado por un oculto resorte del colchón de su cama. Un sudor frío le recorría el cuerpo... Aquella mujer, tan enorme, tan vieja, tan hipocondríaca, tan ciclotímica... le miraba con sus ojos inyectados en sangre y le repetía una y otra vez, una y otra vez:

“¡Antipatriota! ¡Antipatriota! ¡Antipatriota!”

El caso es que le recordaba a la Diosa Justicia, pero veinte veces más gruesa, y en lugar de llevar la balanza en una mano, llevaba un fajo de billetes verdes de cien dólares, y en la otra una espada afiladísima con la que le amenazaba cruelmente y con actitud asesina. Su rostro... Su rostro era horrible, cubierto por una barba entre grisácea y blanquecina... Sí, sí, una barba... Y unos ojos pequeños detrás de los cristales de las gafas... Un rostro mofletudo, propio de hombre... Pero era una mujer, y seguía gritando:

“¡Todo va bien, todo va bien! ¡No pasa nada, no hay que exagerar! Y al que exagere... ¡le cortaremos la cabeza!”

Tomás la miraba horrorizado. No sabía como había llegado allí, un lugar esquizofrénico, en el que había cuadros colgados de la pared boca abajo, de personas a las que les faltaba la cabeza, y la cabeza rodaba por la parte inferior del cuadro... Pudo reconocer algunos, le parecía, le parecía... ¿Rajoy? ¿Zaplana? No podía ser. Aquello era absurdo. La mujer, que respondía al nombre de Bolsa, o al menos así la llamaba un tipo que iba subido en su enorme sombrero de copa y que en todo momento le decía lo que debía hacer, se volvió hacia Tomás y alzó su espada dispuesta a cortarle la cabeza:

“¡Tú eres el responsable! ¿Por qué no ocultaste los datos de la EPA?”

Tomás, sobrecogido, respondía con un hilillo de voz:

“No pude... no pude...”

Y entonces, el hombrecillo con cejas arqueadas, mirada maquiavélica y sospechoso parecido a Zapatero que iba encima del sombrero, dijo: “¡Mátalo!”

Almudena abrazó a Tomás mientras intentaba consolarle...

“Tranquilo. ¿Otra vez esa pesadilla? Estas sudando y tienes fiebre. ¿De verdad tienes que ir hoy al Ministerio?”

“Es horrible -contestó Tomás-. Desde que nos dijeron que teníamos que hacer lo imposible por ocultar los indicadores de la crisis, vivimos en un sinvivir. Que si la caída de ventas de turismos es, en realidad, una acumulación de stocks después de un periodo de ventas desorbitado... Que si la menor inversión en bienes de equipo es una prueba evidente de que todo va tan bien que las empresas no necesitan reponerlos... Que si el parón de la productividad es una muestra de responsabilidad salarial de los trabajadores... Que si la subida de precios de la cesta de la compra es un ajuste con la evolución del precio del crudo en los países de nuestro entorno, pero bajarán, ¡vaya si bajarán!... Que si el aumento del paro es estacional... Que si la destrucción de empleo es meramente coyuntural por el efecto de la gripe que este año viene con fuerza... Que si la caída del consumo se debe a que hace más frío, a pesar del cambio climático, y la gente se queda en casa calentita... Y que, por supuesto, no hay crisis en la construcción, sino que el mercado se está acomodando a los nuevos tipos de viviendas modelo Trujillo-Chacón, y como son más pequeñas hace falta menos gente para hacerlas... Pero, ¿cómo quieres que esté? ¡De los nervios!”

Almudena le observaba con mirada compasiva... Desde que Zapatero dijo aquello de que los que hablaran de crisis es que no eran patriotas, a Tomás le había dado un vuelco el corazón, y su trabajo en el Ministerio ya no era el mismo. Y encima Solbes, que hasta ahora les defendía de las chorradas del presidente, se ha sumado al mercadillo de tonterías...

“¿De verdad no puedes quedarte en casa?”

“¿Después de la semanita que llevamos con la bolsa por los suelos, luego otra vez para arriba, y luego de nuevo para abajo, y otra vez para arriba, y mañana ¡hala!, otro batacazo...? ¿Y nosotros diciéndole al personal que aquí no pasa nada? No puedo, hay que inventarse algo... ¿No ves que con esto de la bolsa la gente ya está más que mosqueada? Y no te cuento con las cifras de la EPA... ¡A ver cómo decimos que es estacional y que el próximo trimestre va a ir como una moto! No nos creen ni las ovejas... Pero yo no puedo más. Esto va a acabar con mi salud...”.

Almudena se levantó pensativa, y mientras Tomás se metía en la ducha, agarró el teléfono y marcó un número...

Chuchi, estoy desesperada... ¿Que tú también? Es que yo no se por qué les hacen esto a nuestros maridos... Voy a llamar al Solbes éste y le voy a decir que tal, que cual y que lo de más allá... ¡Con lo que me ha subido la cesta de la compra, que he tenido que cambiar los yogures ultravitaminados -desnatados y enriquecidos con Omega 3, ésos que tú sabes, por la marca blanca de Carrefour! Y no saben igual, oye, ¡no saben igual...! Y todo para que venga el Solbes éste y les diga a nuestros maridos que nos tienen que convencer de que aquí no pasa nada... ¿Qué has perdido seis mil euros en acciones de Telefónica? ¿Pero cuánto tenías? Bueno, ya sabes, según Tomás no ha bajado, sino que ha sido un ajuste de precio, así que consuélate. Bueno, ¿qué hago? ¿Le llamo? ¿Sí?”

Almudena colgó. ¡Vaya! Hubiera esperado que le dijera que no, que se lo desaconsejara... ¡Pero Chuchi le había dicho que sí, y ahora tenía que llamarle! ¿Y qué le iba a decir? “Ya está -pensó-. Le voy a decir la verdad, que a mi Tomás le ha dado un catacrack, como el que le va a dar a él como siga diciendo que aquí no pasa nada, por mentiroso. Eso le voy a decir”. Ni corta ni perezosa volvió a marcar.

“¿Está el ministro? ¿No? ¿Y dónde está? ¡Ah! De viaje en Bruselas, en el Ecofín ese. Por lo de la crisis, ¿no? ¿Cómo que qué crisis? ¿Que yo quién soy? La mujer de Tomás... ¿Que dónde está Tomás? Aquí, en casa, ¡es que tiene un catacrack...! ¿Cómo que qué es eso, si se lo han provocado ustedes? ¡Pues no, no estoy de broma, a ver que se ha creído, doña insolente! Seguro que usted no tiene que aguantar las pesadillas de su marido con su jefe... ¿Qué su marido aguanta las suyas? Pues entonces ya sabe lo que es un catacrack, y sepa usted que lo empieza a sufrir un montón de gente en este país, así que dígaselo al señor Solbes. Sí, sí, aunque esté en el Ecofín, que seguro que allí ya hay unos cuantos ministros que también tienen catacrack. ¿Qué como se cura? Con sinceridad, señora mía, con sinceridad”.

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