TRIBUNA
La difícil huida de los prejuicios políticos
Miguel Ángel Manjarrés* - 25/01/2008
La libertad aterra y, si en cierto caso alcanzamos a entreverla, abiertamente o a la callada tornamos por lo común al arrimo de la grey o nos acurrucamos ufanos en el útero calentito de las ideologías. Somos animales políticos (es decir, sociales) y, apenas echamos a andar por una senda solitaria, nos entra la palpitación del peligro, el complejo de la soberbia y, lo que suele ocurrir más a menudo, la aprensión del desamparo por pura traición y deslealtad.
Poco a poco, con la escuela, la familia, el grupo y la presión social nos vamos encasillando y apiñando en el bando que más nos atrae: hay quien se hace de izquierdas, quien de derechas; hay quien se hace cocinero, quien periodista, quien mecánico; hay quien bebe, quien fuma, quien se echa novia, y así. Una vez adheridos a la causa y el oficio, pasamos muy bien la vida en condiciones semejantes, a lo sumo empeñados en prosperar entre los nuestros y, cuando toca, envalentonados con los adversarios. Pocas veces se nos ocurren las dudas y, si vienen, corremos a ahuyentarlas a fuerza de atracones y sólidos exámenes de conciencia. Quien hace defección, por supuesto, corre el riesgo evidente del ataque masivo o, todavía peor, de los remordimientos. Y tal seguimos.
Cuando pasábamos la enfermedad adolescente y aun después, en las aulas universitarias, nuestras ínfulas se materializaban en pintadas rojas (¡OTAN no, bases fuera!), en discusiones políticas de lo más cursi o acaso en comentar lecturas y anécdotas de nuestros autores favoritos, más por favoritos que por autores. A la menor se formaba cierta panda de alguna tendencia correcta y atractiva, con los habituales cabecillas teóricos, a modo de íntegros e irreprochables intelectualillos, que poco a poco pasaban a sacerdotes muy bien ocupados del mantenimiento impoluto de su feligresía. En ocasiones, no obstante, la peña era menos cerrada, más universal, y giraba con tintes anarcoides en torno a algún muchacho con greñas que ponía velitas libertarias a García Calvo y por las noches pasaba los canutos en apoteósica hermandad.
No se sabe si por las lecturas, por cierto acceso inesperado de sentido común o por esa madurez que a todo hombre cabal conduce a la misantropía, el caso es que hubo un tiempo lento y doloroso en que empezamos a despegarnos de las organizaciones y las tertulias, a descreer de dioses y profetas y poner un ceño escéptico delante de los acontecimientos y las ideas. A partir de entonces no hubo ya definición ideológica y, por consecuencia, arreciaron los ataques por diferentes flancos y fuimos objeto frecuente de miradas al bies. Cuando tiempo más tarde escribimos con sarcasmo sobre el inane convencimiento de nuestros amigos socialdemócratas, todo fueron aspavientos, rezos laicos por el alma descarriada y, a veces, abiertos y sonoros insultos. A la vez, si se nos escapaban algunas risas a propósito de labradores, señoritos, consejeritas de cultura o respetables alcaldes y empresarios, se nos cebaba entonces la censura más burda o la amenaza temible por persona interpuesta. La primera vez que nos llamaron fachas, en broma o en serio, comenzó el momento sublime de la liberación, cuyas cotas más altas se alcanzaron por fin cuando en el mismo momento nos dijeron rojos de mierda. Ahí estaba la meta: el apóstata consigue quitarse de una vez el grillete dogmático que tan atenazada le tenía el alma.
Pero no se crean que la huida es tan sencilla. Cuando menos se espera, de pronto surge un calambre anímico, un complejillo de nada que, zumbón y persistente, nos deja resquemados por un rato. Es sólo una cuestión de símbolos, de actitudes, si se quiere: cuando ya íbamos superando la vergüenza y el dolor de llevar en las manos El mundo o de reconocer –con boca pequeña, casi siempre– que a veces se nos ocurría poner la Cope, tuvimos la idea peregrina de comprar para regalo (por supuesto, no va a ser para uno mismo) el último libro de Jiménez Losantos. Había que montar una estrategia: en principio, se desechaban las librerías habituales, que lo tenían en el escaparate, pero cuyos libreros, a menudo amigos, no tolerarían de buen grado tal traición y bajeza; se eligieron, con acierto, unos grandes almacenes, que para algo habían de servir; pero, mientras guardábamos la cola enfrente de una cajera, con el espíritu en vilo y anudado el estómago, nos apercibimos de que llevábamos el libro a medio tapar, con la contraportada hacia arriba por si acaso; al quedar envuelto en papel de regalo y una vez pagado, respiramos hondo y supimos que el peligro había pasado. Nadie conocido nos había visto, pero la cicatriz de los prejuicios políticos nos había dolido como la carne magullada cuando se revuelve el día.
*Miguel Ángel Manjarrés es profesor de la Universidad de Valladolid.
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Opiniones de los lectores (5)
5. Severus Kinesis25/01/2008, 18:36 h.
A pesar de su profesión y de su evidente "madurez", detecto un lejano atisbo de esperanza en sus palabras. Aunque demasiado lejano aún: Seguro que este 9 m vuelve a votar, a los suyos.
4. quebarbaridad25/01/2008, 15:53 h.
¿Todo este tocho para justificarse porque le gusta Losantos? A parte de que con lo de "inane" deja perfectamente clara su condición de pedante.
3.
adolfooliveros0125/01/2008, 13:51 h.
Excelente artículo, que me ha convencido definitivamente de que NO debo votar al PSOE de ZP en las próximas elecciones. Gracias, Sr. D. Miguel Ángel Manjarrés, por ilustrarme tan eficazmente.
2.
castracalpurnia25/01/2008, 12:06 h.
Muy interesante este artículo.Enhorabuena a su autor.Como a todo hay que poner pegas,solo diría que exactamente igual se le puede aplicar a los seguidores de los dos partidos mayoritarios.Hemos vivido tantas situaciones anómalas,tanto desengaño,tanto vividor sin otros ideales que llenar la panza propia,tanto demócrata de toda la vida,tanto luchador de salón,tanto sinverguenza que sólo queda añorar aquellos tiempos juveniles en que creímos en la utopía y que el ser humano tenía solución y conseguir una sociedad mas justa e igualitaria por lo alto.
1.
arana25/01/2008, 09:21 h.
Excesivamente irónico. Alguno no lo va a entender...
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