Sin tetas no hay televisión que valga
@Nacho Gay - 19/01/2008

Recorro uno a uno los más de un centenar de canales que tengo contratados en el Digital+, unos treinta que emiten en TDT, las dos autonómicas que me rebota la antena, media docena de televisiones locales y cinco de las seis cadenas generalistas. Nada. Lo que más me ha llamado la atención ha sido un programa del Canal 7 en el que una voz en off lee los editoriales de los periódicos del día. Sólo se detiene en aquellos que se muestran críticos con el Gobierno. Y la verdad es que tiene cierta gracia.
Creo haber reconocido durante el zapeo algunos rostros familiares: Javier Sardá, María Teresa Campos, Melchor Miralles, María Antonia Iglesias. Siempre los mismos. No puedo evitar pensar lo que me cuesta mantener a semejante cuadrilla de vagos y maleantes en mi casa. Y además lo hago de forma voluntaria. Me sale por unos treinta euros al mes, dejando de lado lo que me han costado el televisor de plasma y el descodificador, y los impuestos que pago cada año para financiar el fondo de armario de Anne Igartiburu.
Un reducto ulterior: la segunda de las televisiones públicas. Con esta cadena se da una extraña paradoja: a pesar de ser un pretendido estercolero que emite todo lo que no cabe en la primera, es bastante mejor que aquella. Cuando por fin conecto con La 2, aparece la Duquesa de Alba, de espaldas a la cámara, departiendo sobre la pertinencia de la democracia como modelo de organización del estado. Suelto el mando y escucho. Puede ser divertido, porque un noble siempre acaba metiendo la pata al hablar de democracia. Pero mi gozo en un pozo. Cuando la Duquesa se da la vuelta y mira por primera vez a cámara se convierte de pronto en Eduard Punset. Estoy viendo Redes. Tras diez minutos escuchando digresiones sobre el anarquismo, socialismo y demás ismos de la cultura progre, empiezo a sufrir vahídos. Llevo un colocón de aúpa y Punset comienza a resultarme atractivo. No lo soporto mucho tiempo más. No lo digiero. Algo me obliga a cambiar de canal. Ya no hay posibilidad alguna de redención: la tele me ha convertido en un sujeto pasivo.
Recalo accidentalmente en Telemadrid, en la homilía nocturna de Fernando Sánchez Dragó. “Esta es mi cadena”, reparo. “No hay nada que este hombre pueda decir que amenace la vagancia de mi intelecto”. Mientras le escucho, pienso en Baltasar Gracián y se me pone el corazón en un puño. De su máxima “más vale un grano de cordura que arrobas de sutileza”, la oración principal yo ya la daba por perdida desde hace mucho tiempo, pero la subordinada me parecía que aún tenía cabida en la Edad Contemporánea. Ni hablar. Un par de frases de Dragó dejan muy a las claras que lo sutil en los tiempos del cuore, la telerrealidad y el bipartidismo es sólo cosa de orfebres. Vuelvo a Canal 7, donde siguen leyendo, dos horas después, los editoriales de las principales cabeceras españolas. Creo que éste de El Mundo ya lo había escuchado en la conexión anterior. Me da la sensación de que los repiten un par de veces. O tres. Confirmo el hallazgo de mi anterior conexión. Más propaganda.
Cambio de canal. Cuatro emite un reportaje titulado Papi, cómprame un Kalashnikov. Seguimos en la onda. La crítica a la sociedad americana que realiza el bueno de Jon Sistiaga me resulta hostil. Manida. Por un oído me entra y por otro me sale. Sin embargo, es el término medio entre la bazofia infame que pretender venderme Dragó y la retórica abrasiva de Punset contra la que, muy a mi pesar, estoy involuntariamente vacunado. Aprovecho el tiempo. Durante la hora que dura el reportaje, pienso en lo mal aprovechados que están los profesionales de la comunicación. Si un tipo como Jon Sistiaga, tremendamente sobrevalorado, puede llenar una hora de televisión con un trabajo medianamente digno, qué no podría hacer un buen periodista.
No hay tiempo para pensar demasiado. Ver la televisión es lo que tiene. Sin solución de continuidad, las tetas de Paula Vázquez hacen entrada en el salón de mi casa y se sientan a mi lado en el sofá. No estoy muy seguro de ello, pero el plano de su escote es tan cerrado que me invade dicha sensación. Vuelvo a pensar en el pobre Baltasar Gracián y en su teoría sobre lo cuerdo y lo sutil. Ni rastro de ambas cosas. Paula da paso a un grupo de chavales que, sin mediar palabra, se ponen a bailar como cosacos. Me pierdo entre tanto meneo. Al cabo de un rato, entiendo que se trata de otro de esos realities que pretende dar oportunidades a los más jóvenes. En este caso, el programa se llama Fama y a los chavales se les enseña a bailar. Si uno de estos chicos recorriese todos los espacios de este tipo que hay en televisión, además de bailar sabría cantar, interpretar, caminar por una pasarela... Encarnaría nuestro prototipo de ‘hombre del Renacimiento’. Algunos ya están haciendo méritos. Uno de los participantes de Fama dejó ese día una frase para la historia reciente: “la vida es un casting”. Sin duda, es el Baltasar Gracián de nuestro tiempo.
Cambié de inmediato a Telecinco con la esperanza de que ellos, que siempre suelen ir por delante, estrenasen esa misma noche un reality que enseñase a los chavales a pensar. O a hablar, que tampoco estaría del todo mal. Nada. En su lugar emitían una serie cojonuda que se titulaba Sin tetas no hay paraíso. Qué gran verdad. Chicas con buena delantera, redes de prostitución, mafiosos colombianos. Un horror. Mal guión. Peores actores. Cero credibilidad. Pero me pareció estupendo que decidieran colocarle ese nombre a la telenovela. Más claro, agua. ¿Quiere usted tetas? Pues aquí las tiene. ¿Sutil? No ¿Cuerdo? Tampoco. Pero ya no estamos en el siglo XVII. Que Gracián se retuerza en su tumba.
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