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De los límites entre educación e instrucción

Educación para la Ciudadanía

Miguel Ángel Manjares* - 11/01/2008

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Una de las aportaciones esenciales de la nueva pedagogía (que, como todo lo nuevo, anda ya en fase decadente) ha sido la integración en un conjunto formal de la educación y la instrucción, esas dos parcelas de la formación humana cuyas lindes han ido borrándose de un tiempo a esta parte. Se constata, en definitiva, una invasión del ámbito educativo en la parcela de la pura instrucción, de forma que la orientación moral, teológica, ideológica, dogmática o lo que sea se impone al conocimiento y lleva sin remedio a la manipulación y a la imposibilidad de que el joven acabe por forjarse un criterio propio ante la realidad. Es cierta la dificultad de desnudar los contenidos y enajenarlos de cualquier influjo ideológico, aun cuando se trate de meras abstracciones matemáticas, pero el esfuerzo docente, si se emplea con honestidad, ha de insistir en vencer tal contrariedad y procurar la entrada limpia de los saberes en la mente de los muchachos. La instrucción pública en sí misma habría de ceñirse a dicho cometido.

La educación de los niños, es decir, el aprendizaje y adopción de las normas cívicas imperantes en la sociedad y el repliegue a un código moral generalmente aceptado y en ella impuesto, es ya asunto bien distinto, que corre paralelo a la instrucción, pero que debería entrometerse en ella lo menos posible. La educación, como se ha dicho y se repite ubicumque, parte del ámbito familiar, se configura con el grupo social a que pertenece cada uno y, a la postre, se acaba moldeando con los influjos publicitarios y televisivos que determinan los comportamientos. Tal hace que la persona adopte unos modales y unas formas específicas, adquiera unos llamados valores y vaya configurando lo que se tiene por carácter.

La buena educación, por supuesto, es imprescindible para la convivencia y necesaria como punto de partida para la buena instrucción: si la educación falla, la instrucción se torna asunto secundario e imposible. En otras palabras: sólo cuando el muchacho tenga asumidas unas formas de civilidad podrá acudir a las aulas y guardar la disciplina necesaria para aprender, para recibir los contenidos y ordenar los conocimientos, que a la larga habrá de emplear según el criterio que en su espíritu alumbren por sí mismos. La educación, en tal sentido, habría de servir a la instrucción borrando todo prejuicio personal en el alma del niño, distanciándolo al máximo del propio docente y dejando que el saber obre en plena libertad.

Pero bien puede ya entenderse que tal estado constituye un auténtico desideratum. En la misma inmediatez, la educación como tal falla de parte a parte: el ámbito familiar ha desaparecido, pues que los padres se deshacen de los hijos en cuanto nacen, apenas hay contacto y convivencia y, para reducir distancias, se ha optado por hacer dejación de autoridad y convertir la familia en un asunto de amigos; el grupo en que se desenvuelve el muchacho, agente educativo de primer orden, es hoy una grey universal, homogénea hasta la identidad completa y coordinada en la desgana, el aburrimiento y el botellón; por último, la sociedad misma, abrasada en su consumo como forma sustancial de vida y regida con descaro por la publicidad y la televisión, inocula una serie de pautas automáticas en padres e hijos que inciden en la conformación de unos temperamentos inocuos, blandos y, por tal, caprichosos y volátiles.

Así pues, el niño entra en la escuela sin las formas de la educación, antojadizo, tiranuelo, sin concepto de autoridad, guiado de su pura gana y dispuesto a enfrentarse con su indisciplina absurda al caudal de los conocimientos, amparado por un relativismo cultural que advera cualquier majadería. La consecuencia entonces se torna desoladora: los maestros y profesores ya no se encargan exclusivamente de enseñar, manteniendo una distancia necesaria con los alumnos que hace posible el trasvase de saberes, sino que han pasado a ser educadores, es decir, agentes de un código moral y cívico que, ya puestos, lanzan como sin querer algunos contenidos científicos y literarios. Por supuesto, el balance es inmediato: como el profesor es más educador que instructor, como se dedica a imponer una moral y una disciplina más que a enseñar unos conocimientos adquiridos y aplicados a lo largo de los siglos, los alumnos salen de las aulas casi necios, sin criterio alguno y dispuestos a ser devorados por el gran consumo, que se frota las manos a la vuelta de la esquina.

La preponderancia educativa de la escuela, en fin, viene a alcanzar su máximo nivel cuando los políticos, irrefrenables en su papel demiúrgico, quieren solucionar el asunto con experimentos aleccionadores. Tal es el caso de la muy comentada 'Educación para la ciudadanía y los derechos humanos', una asignatura sin apenas valor instructivo y de fines tan puramente educativos que en realidad constituye una auténtica herramienta para el adoctrinamiento político. No sólo su temario es absurdo por contradictorio (¿cómo enseñar y evaluar tamaña teología, que trata cada tema como realidad ontológica e incontrovertible de la que, sin decir cómo ni con qué, habrá de surgir un espíritu crítico en el alumno?), sino que impone un dogma político casi con funciones catequéticas.

El Estado, como siempre, trata de forjar ciudadanos que acaten, amen y hasta estén dispuestos a morir por el régimen, pero la trampa de este asunto radica en la mixtificación que envuelve el engendro, pues que nos quieren dar gato por liebre como si todos fuésemos estúpidos: en nombre de los derechos humanos y de otras mil palabras gastadas se impone una doctrina estatal que consagra como mito incontrovertible un sistema político determinado. El Estado, pues, ejerce así su función natural, pero son los individuos quienes deberían revolverse y exigir unas lindes precisas a la instrucción pública, que habría de limitarse tan sólo a la correcta y esencial comunicación de los saberes. La educación en cambio, como el camino, ha de hacerse al andar.

*Miguel Ángel Manjares es profesor de la Universidad de Valladolid.

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Opiniones de los lectores (4)

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4. de la encarnacion16/01/2008, 14:53 h.

Mi enhorabuena por el artículo. Curiosamente, aquellos profesores (mejor llamarlos maestros) que más respeto e infuencia "educativa" han tenido sobre mí,espero que para bien,son los que más han primado su labor instructiva. Buscaban que aprendieses con su buen ejemplo, su dedicación y su buen hacer, no pretendían adoctrinarte. Si la Enseñanza, sobre todo la secundaria, se concentrase en instruir y enseñar conocimientos y métodos de alcanzar un mayor y mejor conocimiento y se dejase de "educar" a los alumnos, posiblemente nos iría mejor tambíén en su educación. Creo que no se paga a un profesor de Matemáticas o Lengua para que enseñe normas de comportamiento.

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3. usuario registrado FernandoFF12/01/2008, 12:42 h.

Con permiso del autor de este artículo, quisiera puntualizar que la "instrucción" es un término que tiene grandes limitaciones en su alcance en una sociedad en el siglo XXI, salvo que se refiera a aquella "formación obligatoria" que deba recibir aquél que carece de potestad propia por incapacidad de ejercer su libre voluntad en el proceso de aprendizaje.

Tal es el caso de un niño de corta edad, de un trabajador no cualificado sin base formativa o un discapacitado cuyo coeficiente intelectual no alcance el mínimo exigible.

Todas las demás personas, incluidos menores de edad con capacidad de razonar, y evidentemente con inteligencia emocional en proceso de desarrollo, no pueden ser objetos de una mera instrucción sino más bien de un proceso formativo, llámese educativo o de cualquier otra manera.

Lo que realmente cuenta para aquellos que reciban formación es que tengan conciencia de lo que esta haciendo y voluntad para hacerlo.

Y en una sociedad como la española, es evidente que habrá que primero tomar conciencia en la propia sociedad para no desvirtuar la esencia de su existencia - los individuos de distintas edades, creencias e ideologías que lo componen.

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2. addolfo11/01/2008, 10:50 h.

Todo ha sido bien calculado por la izquierda desde hace más de veinte años. Primero no toman medidas (sino todo lo contrario) para evitar que muchos padres hayan abdicado de aplicarse a una dedicación y a una educación básica en valores para sus hijos, y luego se lo reprochan para justificar una asignatura de Educación para la Ciudadanía, donde es evidente que colarán criterios ideológicos más que criterios morales y éticos, de la cuerda del gobierno de turno. Y eso es incontestable, porque ya se está notando en los textos educativos editados. Solo una neutralidad ideológica del profesor y calidad pedagógica (cada vez más escasas) podrán salvar a los alumnos de perpetuar el caos, la falta de respeto a los demás y que queden a merced de los manipuladores, por falta de criterio personal.

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1. addolfo11/01/2008, 10:38 h.

Interesante distinción entre eduación e instrucción, con el aval de un docente. Espinoso problema, que está condicionando nuestro presente y determinará la calidad de nuestro futuro. Coincido con el articulista en que la cuna de los valores sociales debe ser la familia, como grupo social básico y primero. Y ahí es donde hemos venido fallando desde la Ley Maravall y el ateísmo activista de la izquierda. Sí, porque laicismo no debería equivaler a ateísmo; ese que se burla de cualquier creencia religiosa e intenta deshacerla lenta e inexorablemente porque la tacha de alienante. Pero en realidad lo que buscan es sustituir un ideario religioso por un ideario politico deficiente en principìos éticos. Así tenemos una juventud indefensa, con escasos valores y sin criterio social constructivo.

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