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CULTURA Y PODER

¿Quién manda en casa?

@Esteban Hernández.- - 02/01/2008

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Si queremos saber quién manda en el hogar, quién tiene de verdad la última palabra, el mejor indicador es el dinero. Las decisiones de gasto, muy especialmente si se trata de cantidades elevadas, definen el reparto de poder con notable fiabilidad. Esa fue la convicción que llevó a Sandra Dema a estudiar, en Una pareja, dos salarios (Ed. Centro de Investigaciones Sociológicas), cuáles son las relaciones de poder en la convivencia a través de sus procesos de gestión y organización económica Con ese objetivo, analizó desde el punto de vista cualitativo las formas de reparto de los recursos económicos, así como sus conflictos y sus procesos de negociación, de parejas de distinta procedencia social y de diferentes edades.

En el camino encontró todo clase de casuística. Desde familias que habían chocado porque el marido pretendía adquirir una segunda vivienda mientras que la mujer quería reformar la casa en que vivían hasta parejas que discutían sobre qué hacer con el dinero en caso de que les tocase la lotería. Pero, en todos los casos, se dejaba notar que estamos “en un momento de transición. Vamos de un modelo de sociedad moderno a otro posmoderno, en el que las mujeres se han incorporado al mercado laboral y también aportan un salario al hogar”, con todas las consecuencias que conlleva la modificación de formas de relación tradicionalmente establecidas. Aunque, en ese tránsito, las transformaciones en lo que se refiere a la distribución de poder no son excesivas. “Creíamos que en la medida en que el dinero fuera aportado por los dos, las relaciones de poder iban a variar. Pero lo cierto es que no se han modificado demasiado y que el varón sigue tomando las decisiones”.

Según Dema, “la mayoría de las parejas se decantan por una relación igualitaria. Si les preguntas que modelo de convivencia prefieren, casi todas te hablan de que ya no podemos comportarnos como los matrimonios del pasado y que no cabe el mismo reparto de roles. Pero casi todas se encuentran con dificultades a la hora de llevar a la práctica ese modelo que exponen como su ideal” Y, en contra de lo que pudiera parecer, tampoco hay demasiadas diferencias por clase social, según Dema. Ni por edad: “no son las personas más jóvenes las que establecen un modelo de relación más igualitario”. Y uno de los factores más importantes, según la profesora de la universidad de Oviedo son las diferencias en el empleo: “si cuando ambos son jóvenes suelen tener empleos precarios y mal pagados, en el caso de la mujer se da con más frecuencia, por lo que aporta menos dinero al hogar y eso hace difícil que la relación se establezca en un plano de igualdad”.

Capacidad de decisión

Y si el hombre suele mandar y esa potestad parece conferida porque aporta mayores ingresos al hogar, cuando es la mujer la que trae más dinero a casa, señala Dema, los hombres no pierden capacidad de decisión. “En esos casos, la mujer valora enormemente el salario que recibe el varón. Y en muchas ocasiones trata de ocultar la diferencia de ingresos”. Porque, se reconozca o no, ganar menos que la mujer produce vergüenza. “Y es un sentimiento que habitualmente ambos comparten. Por eso, si la diferencia de salario es muy elevada, siempre se trata de justificar de un modo u otro”.

Muy probablemente, señala Dema, la explicación a estos comportamientos resida en el significado ambivalente del dinero. “Si éste suele ser utilizado como instrumento de poder, no es así para las mujeres”. Lo que sí las proporciona es autonomía, “aunque en las entrevistas que realizamos esa misma utilidad no aparezca en los varones: parece que el hombre es autónomo por el simple hecho de nacer, mientras que se trata de algo que las mujeres tienen que ganarse”.

Otra diferencia notable aparece en la autopercepción. Ahora que las mujeres comienzan a tomar un mayor número de decisiones, asegura Dema, “se piensa que manejan mucho más poder del que en realidad tienen. Y son ellas quienes primero sostienen esa visión, quizá porque cuando comparan su capacidad para mandar lo hacen con otras mujeres y no con la de los hombres. Ocurre con mucha frecuencia en el ámbito empresarial. Si una mujer llega a lo alto de un consejo de administración rápidamente describe la situación como si se hubiera dado la vuelta a la tortilla y las mujeres mandasen de verdad. Y la realidad es otra: cargos femeninos hay pocos”.

Para Dema, no obstante, la mayor transformación reside en la sutileza con que ahora se ejerce el poder. “En el pasado, la relación era mucho más explícita, de ordeno y mando, mientras que en la actualidad no puede ser tan visible, se tiene que suavizar o disfrazar. Los abusos de poder y las discriminaciones son hoy menos identificables pero eso no significa que no existan o que hayan disminuido sustancialmente”.

En todo caso, si hubiera que describirse la situación desde una mirada genérica, la mejor definición, según Dema, es que, “en este paso de la modernidad a la posmodernidad estamos viviendo, como decía Ulrich Beck, los conflictos de la sociedad en nuestras propias vidas; las tensiones sociales encuentran su reflejo en la esfera privada”.

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