DOS PALABRAS
Zapatero fue un error
@Federico Quevedo - 29/12/2007
En un gesto que en absoluto le honra porque forma parte de un ejercicio de cinismo sin precedentes, Rodríguez ha admitido dos errores en esta legislatura. Uno, el de hace doce meses cuando en ocasión semejante, es decir, final de año, hizo balance y afirmó aquello de que la paz estaba más cerca. Unas horas después ETA hacía estallar un coche bomba en la T-4 y mataba a dos inmigrantes ecuatorianos. El segundo error, según Rodríguez, fue decir que inauguraría el AVE a Barcelona el 21 de diciembre. Perdónenme, pero es que lo de este tío es de juzgado de guardia... ¡Como para no admitir esos dos errores! Son tan evidentes, tan palpables, tan obvios, que negarlos serían ya el colmo de la irresponsabilidad que aqueja a este presidente por accidente.
Lo terrible no es, sin embargo, que admita el error de haber dicho que la paz estaba cerca o que inauguraría el AVE el 21 de diciembre. Eso, cuando menos, es una muestra de la prepotencia con la que actúa este personaje cuando siente que va sobrado. Lo peor es que no admite el fondo de esas dos equivocaciones. Me explico. El error no estaba en decir que la paz estaba cerca, sino que el error de verdad fue abrir una negociación con la banda terrorista al margen del Pacto por las Libertades que el mismo suscribió y de espaldas a una buena parte de la sociedad española, y darle alas a la pandilla de canallas que, por primera vez en casi cuarenta años de atentados, vio que su permanente chantaje al Estado podía tener éxito en forma de concesiones políticas.
Pero ese error ni lo admite ni lo admitirá nunca Rodríguez, porque entre otras cosas en su fuero interno cree que hizo lo correcto y, además, su intención es volverlo a intentar si gana las elecciones porque, entre otras cosas, como ya hemos dicho más de una vez, eso forma parte de su proyecto político para España. Como tampoco admitirá que el error no estaba en poner fecha a la inauguración del AVE a Barcelona, sino en ese talante autoritario y prepotente que le lleva a creer que cualquier cosa tiene solución por el simple hecho de que el dice que la tiene. Y una cosa no es independiente de la otra. Quiero decir que la negociación con ETA forma parte también de esa autoestima personal que le lleva a creer que tiene la llave para solucionar todos los problemas del mundo, desde el hambre, hasta el cambio climático, pasando por la pobreza, la violencia contra la mujer o el terrorismo.
Rodríguez es un iluminado, un déspota iluminado. ¿Les parece exagerado? Un déspota es una persona que abusa de su poder o autoridad, y eso es lo que lleva haciendo Rodríguez toda estas legislatura, imponiendo la dictadura de la mayoría sobre una sociedad adormecida e incapaz de reaccionar ante el avasallamiento con el que el Gobierno ha pretendido ocupar todas las esferas de actividad y de poder. Esta ha sido una legislatura, permítanme que se lo diga a ustedes así de crudo un par de días antes de Nochevieja, en la que se ha puesto en peligro nuestra propia libertad. Escuchando a Rodríguez se me vienen a la cabeza aquellas palabras de Tocqueville en su prólogo de El Antiguo Régimen y la Revolución:
“Los propios déspotas no niegan que la libertad sea excelente; pero la desean solo para ellos mismos, y afirman que todos los demás son absolutamente indignos de ella. Así pues, no es sobre la opinión que debe tenerse de la libertad sobre lo que se difiere, sino sobre la estima, más o menos grande, que se siente por los hombres, y por ello puede decirse, de manera rigurosa, que el gusto demostrado por el gobierno absoluto es exactamente proporcional al desprecio que se profesa por su país”.
Y si hay algo que Rodríguez ha demostrado durante estos cuatro años, sin ninguna duda, es un desprecio absoluto por su país. A otros antes se les llamó franquitos, se dijo de ellos que eran autoritarios, o que tenían comportamientos poco democráticos... Puede ser. De lo que estoy seguro es de que de ningún presidente antes que del actual se pudo decir nunca que despreciara de la manera como lo ha hecho Rodríguez a la Nación que le da cobijo y que gobierna. Y ese desprecio es, sin duda, la antesala del peor de los autoritarismos. Por eso, como Tocqueville, “pido que se me permita esperar todavía un poco antes de convertirme a ese sentimiento”. Un poco que será una vida.
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