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Los regeneradores

@Juan Carlos Escudier - 29/12/2007

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Ha tenido el PP una de esas ideas sublimes que, según afirman, hará mucho por la regeneración democrática del país. Prometen en Génova que si Rajoy gana las elecciones sólo tratará de mantenerse en el poder un máximo de ocho años –quizás para rendir homenaje a ese gran regenerador que fue Aznar- y piden a Zapatero que se comprometa a hacer lo mismo. Para ser justos, una extravagancia parecida debía de rondar la cabeza presidencial antes de que Bono pusiera voz a sus presuntas intenciones a principios de diciembre. Y es que cuando nos da por la higiene de la vida pública nos bebemos el betadyne a morro.

Si la democracia mejora limitando a dos los mandatos de los presidentes, casos como el de Felipe González, Rodríguez Ibarra, Manuel Chaves, Jordi Pujol, Manuel Fraga, Ramón Luis Valcárcel o Pedro Sanz –doce años el que menos al frente del Gobierno de la nación o de sus respectivos territorios- sólo pueden ser indicativos de una grave degeneración, alentada y consentida desde estos dos partidos que tanto se preocupan ahora de nuestro sistema de libertades. Por fortuna, nos hemos percatado a tiempo, antes de que el daño fuera irreparable.

Tanta importancia tiene este descubrimiento que, sin más dilación, deberíamos hacer partícipes del mismo a nuestros socios europeos, ajenos a los efectos perniciosos que representa para sus sociedades la posibilidad de reelegir indefinidamente a sus presidentes o primeros ministros. Es el caso de Alemania, Reino Unido, Francia, Italia, Portugal, Suecia, Dinamarca, Bélgica, Holanda, Luxemburgo, Grecia, Eslovaquia, Chipre, Estonia, Eslovenia y Letonia, todas ellas democracias en peligro.

Más aún, esta advertencia tendría que ser prontamente comunicada a todas las monarquías parlamentarias como la española –Reino Unido, Suecia, Dinamarca, Bélgica, Holanda y Luxemburgo- porque en ninguna de ellas se limita temporalmente la elección de sus primeros ministros, con el consiguiente peligro de degeneración democrática. Quizás estimen que, siendo vitalicia la jefatura del Estado y determinada por el nacimiento, los electores no entenderían que sus gobernantes no pudieran ser reelegidos las veces que les venga en gana. Craso error que podrían pagar muy caro.

La preocupación de la clase política española por la regeneración democrática es constante e inveterada, sobre todo de la que está en la oposición y trata de llegar al poder. Rajoy, sin ir más lejos, incorporó a su programa en 2004 gran parte de las promesas que llevó Aznar en el suyo en 1996, dando irrefutable prueba de su constancia e inquietud. Zapatero hizo lo propio en 2004, y hasta dedicó uno de los cinco apartados de su discurso de investidura a la “renovación de la vida pública”. Tal vez por descuido no recogió algunas propuestas que había hecho un año antes, como el endurecimiento del sistema de incompatibilidades de los parlamentarios y de los presidentes y miembros de los órganos reguladores o el cambio de la ley electoral para implantar las listas abiertas. De lo que no se olvidó el presidente fue de proclamar su intención de modificar el reglamento del Congreso y de reformar el Senado, dos asuntos en los que aparentemente existía una amplia coincidencia con el PP. Lamentablemente, en cuatro años no ha dado tiempo. Una pena.

Es lo que tiene la regeneración, que es lenta, y que hay que establecer prioridades. Interesa más que el presidente no pueda ser reelegido para un tercer mandato que ahorrarnos el bochorno de una justicia genuflexa, dependiente del poder político. Podemos sobrevivir sabiendo que los vocales del Consejo General del Poder Judicial son completamente independientes pero sólo para elegir el destino de sus vacaciones o que los magistrados del Tribunal Constitucional harán una cerrada defensa de sus valores y principios, siempre que no contradigan a los del partido que les ha dado despacho, secretaria y coche oficial.

Nuestra democracia es tan fuerte que resiste que los amigos del anterior vicepresidente económico hayan copado las presidencias de las principales empresas del país y se hayan forrado el riñón, que se planifiquen operaciones empresariales de asalto desde Moncloa, que los órganos encargados de velar por la competencia sean manifiestamente incompetentes, sectarios y un poco trincones, o que las grandes obras públicas se repartan en torno a una mesa de Horcher o Zalacaín, porque, al fin y al cabo, de lo que se trata es de comer bien.

En definitiva, que es posible que la limitación de los mandatos presidenciales sea una gran idea, ya que, al menos, tendremos asegurado que cada ocho años cambiará el presidente y sus amigos, ysi hay que regenerar se regenera, que aquí cuando nos ponemos no nos paramos en barras. Lo que no se acaba de entender es porque lo llaman regeneración, un término que implica una vuelta a un estadio anterior idílico y paradisíaco para el bien común que no se recuerda. ¿Nos fallará la memoria?

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