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Los partidos, treinta años después

@Esteban Hernández.- - 26/12/2007

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Los partidos, treinta años después
 Las elecciones generales se celebrarán el 9 de marzo de 2008.

España ha cambiado mucho en tres décadas. Y parecería que también los partidos. Entre otras transformaciones, desde su nacimiento legal con la llegada de la democracia, se ha pasado de un terreno de juego en el que las formaciones políticas eran numerosas hasta su concentración en escasos actores, proceso que además ha ido ligado al establecimiento de liderazgos férreos y de estructuras rígidas, dando como resultado un nuevo panorama político. Las diferencias, que son analizadas por Tània Verge en Partidos y representación política, el cambio en los partidos españoles. 1976-2006 (Centro de Investigaciones Sociológicas), no resultan, sin embargo, tan notables como cabría esperarse.

Una primera transformación ha tenido lugar en el ámbito de las afiliaciones. Si la creencia común es que el ciudadano se ha alejado de la política, que le da menos importancia y que, en consecuencia, los partidos tienen menos militantes, Tània Verge sostiene lo contrario. “Es cierto que si tomamos los datos agregados a nivel europeo, la afiliación se ha reducido a más de la mitad en las últimas tres décadas. Pero en España no es así. Según datos de 2004 ofrecidos por los partidos (hay que tener en cuenta que estos censos pueden no estar depurados), Alianza Popular pasó de 27.000 afiliados en 1977 a 667. 000 en 2004 y el PSOE de 51.500 a 546.000 ese mismo periodo. Quien sí sufrió en este tiempo fue el PCE, que pasó de 201.000 a 67.800 afiliados. Un descenso que tiene que ver, según Verge, “con la crisis interna permanente de IU, con esos faccionalismos que tienden a debilitar al conjunto y a alejar a los simpatizantes”.

Pero, salvo esta excepción, el crecimiento en afiliados es constante, “y no sólo en los partidos españoles, también en los que operan en el ámbito autonómico”. Lo que se explicaría por la juventud de la democracia española: “el surgimiento legal de los partidos en la Transición nos introdujo en un proceso a largo plazo que todavía no ha finalizado. España está ahora en la fase previa al declive en la afiliación que han vivido las democracias europeas, donde el número de militantes se ha reducido a más de la mitad”.

Faltan militantes

Lo que sí se aprecia en las sociedades contemporáneas es una creciente desafección respecto de la política, una disminución de la confianza tanto en la eficacia de los mecanismos institucionales como en las intenciones de los políticos, que terminarían por afectar a la implantación de los partidos. Verge diferencia entre dos tendencias confluyentes. De una parte, “las encuestas revelan que los españoles creen menos en los partidos y que aumentan quienes piensan que todas las formaciones son iguales y que hay poca democracia interna”. En otro sentido “cuando se pregunta a los ciudadanos si son necesarios para defender nuestros intereses o si puede haber democracia sin ellos, el grado de apoyo que muestran es muy alto. La gente realiza una diferenciación muy clara entre las funciones y el funcionamiento práctico”. En todo caso, según Verge, “la desafección es menor de lo que parece. Y cuando se pregunta a los españoles por su principal motivo de voto, suelen responder que votan de forma fija: la identificación más notable es con su partido y con su ideología, sea cual sea su líder”.

Sin embargo, algún indicio de crisis debe existir cuando los partidos se han inventado medidas para captar más afiliados. Verge afirma que las formaciones políticas han tratado “de suplir la adhesión con medidas de participación y haciendo la militancia mas extensiva, abriéndola a figuras como los simpatizantes, que cuentan con menores exigencias, entre ella la de una cuota muy baja o inexistente. Han tratado también de hacer la militancia atractiva incorporando resortes más participativos como las primarias, han creado órganos de participación y foros de discusión temáticos”. Pero tampoco así han conseguido calar del todo en la ciudadanía. Para Verge, el fracaso en ese intento de apertura de los partidos es relativo. “Que las estructuras de las formaciones políticas sean poco atractivas tiene que ver con que son poco democráticas, pero también, y quizá en mayor medida, con que hemos vivido una serie de cambios económicos y sociales que han calado en la preferencia de los ciudadanos y les han llevado a optar por otros movimientos sociales en tanto poseen valores con los que sintonizan más. No hay que mirar sólo a los partidos”.

Además, se viven notables contradicciones entre los deseos manifiestos del electorado, las exigencias de los medios y las preferencias del votante. Así, puede reclamarse democracia interna y apertura al debate en los partidos, pero cuando estos tienen lugar, se penaliza a la formación que los adopta. En cuanto surgen voces discrepantes, se acusa al líder de ser poco sólido y a la formación de estar fragmentada. Según Verge, “los partidos tienen muy clara esta contradicción en el electorado. Porque puede que se les exija mayor democracia y transparencia, pero son conscientes de que un partido dividido no gana las elecciones. Por eso hacen hincapié en que las disputas ideológicas no salgan del seno del partido, ya que si el debate es público se verán penalizados. Un ejemplo claro fueron las primarias del PSOE en 1998, con la elección de Borrell. Las encuestas posteriores reflejaron que los votantes vieron muy bien esa propuesta y que la entendieron como algo que favoreció la democracia, pero también que la interpretaron como una medida que, más que fortalecer al PSOE, le había debilitado”.

En todo caso, esas mismas propuestas tienen lecturas en muchos sentidos. Y una de ellas, y no la menor, es que casi siempre son utilizadas instrumentalmente con el objetivo de alterar el reparto de poder interno. Es el ejemplo reciente de IU. Verge señala que si en ocasiones “se apela a estos instrumentos más participativos de pregunta directa a las bases para conseguir imponer sus políticas o sus estrategias a sectores intermedios del partido que podrían ejercer oposición”, también es cierto que se les emplea como “incentivos selectivos para captar nuevos militantes ya que, al ofrecer más posibilidades de participación, se convierte en un partido más atractivo para los afiliados”.

Más cuota femenina

Otro de los cambios esenciales en la política contemporánea es el incremento del porcentaje de mujeres que participan en la política institucional. Para Verge, esa transformación ha venido propiciada por la aplicación de cuotas “que fueron iniciadas por los socialistas catalanes en 1982 y que después se fueron extendiendo, formal e informalmente a los demás partidos”. Verge entiende que estamos ante una medida de discriminación positiva para un grupo infrarrepresentado que se plantea como transitoria. Cuando estemos ante una realidad efectiva diferente esta cuota no será necesaria, pero si no se aplica hoy la participación paritaria se vería retrasada varias décadas”. Y es que “los partidos eran muy sexistas y lo siguen siendo hoy, observando muchas actitudes de tipo patriarcal”

En todo caso, los cambios sufridos son entendidos por Verge como “una crisis en sentido positivo, como un proceso de adaptación a nuevas dinámicas en las que los ciudadanos reclaman otras cosas de los partidos, ya que no son tan favorables a organizaciones de tipo jerárquico y están más abiertos a otras formas de representación. Siempre teniendo en cuenta que cuando se habla de crisis de los partidos nos estamos refiriendo al partido de masas del siglo pasado, que necesitaba una movilización de bases muy alta y que operaba en un contexto de sufragio censitario, donde no existían medios de comunicación de masas. Y esa perspectiva puede llevarnos a establecer comparaciones anacrónicas”.

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