SIN ENMIENDA
El gran ‘dictador’ se hace demócrata
@Juan Carlos Escudier - 15/12/2007
Como nos sobra el dinero, el tiempo o ambas cosas a la vez, nuestro gran think tank en política exterior, el Real Instituto Elcano, se dedica periódicamente a hacer una encuesta que incluye un ranking de líderes mundiales antipáticos. El último sondeo, realizado cuando el “por qué no te callas” borbónico ya se podía bajar como politono para el móvil, sitúa al presidente venezolano Hugo Chávez como el dirigente peor valorado por los españoles, que le suponen “autoritario”, “no fiable” y “antiespañol”.
De Chávez se habla mucho y se sabe realmente poco. Histriónico, lenguaraz, caricaturesco y con una acusada querencia al caudillismo, la imagen que llega de Chávez y de su revolución bolivariana o la de algunos de sus ‘satélites’ como el boliviano Evo Morales suele ser la que transmiten grupos de comunicación tan objetivos como Prisa, que, por supuesto, se abstiene de citar sus intereses económicos en la zona o el nombre de socios preferenciales, tal es el caso de los Cisneros, abiertamente favorables a mandar a Chávez a la lona por puntos o por K.O.
Los últimos sucesos de Venezuela debieran de haber servido para fulminar algunos tópicos, habida cuenta de lo insólito que resulta mantener que un terrible dictador acepte una derrota en un referéndum por un porcentaje de votos insignificante, sobre todo porque quienes así le consideran no han dejado de acusarle de pucherazo en anteriores procesos electorales, impecables siempre según los observadores internacionales que los han fiscalizado. Una de las frases más gloriosas que se han escuchado sobre este particular fue pronunciada hace unos días por el portavoz del PP, Eduardo Zaplana: “A las dictaduras se las combate en las urnas”. Es una desgracia no haber conocido antes esta receta porque hubiéramos acabado con Franco en un periquete.
Parece pues evidente que Chávez no es un dictador, salvo que los nuevos dictadores padezcan delirios democráticos, ni que pueda ser considerado el apóstol de la izquierda latinoamericana, porque la imagen que mejor define su corpus doctrinario es la de una cáscara de nuez arrojada al océano con viento cambiante. El venezolano se ha declarado admirador de Blair, pero también del maoísmo, del peronismo y hasta seguidor del Libro Verde de Muamar El Gadafi, como bien ha relatado uno de sus mejores conocedores, el analista político Marc Saint-Uppéry. De hecho, frente al chavismo se ha situado una izquierda antichavista, en la que se agrupan sindicalistas e intelectuales.
Para quienes han observado con cierta esperanza el devenir político venezolano, las frustraciones provienen de la incapacidad del régimen para redistribuir la riqueza entre las capas de la población más desfavorecidas. Es cierto que ha mejorado la sanidad en algunas zonas con la ayuda de médicos cubanos -aunque la red hospitalaria, siga siendo deplorable-, que se han mejorado los salarios de los maestros o que se ha puesto en marcha un plan de escuelas que permite, al menos, que los niños hagan tres comidas diarias, pero también es verdad que cabía esperar mucho más de una coyuntura tan favorable que ha situado en casi 100 dólares el barril de petróleo. La pobreza sigue en un porcentaje escandaloso en torno al 50% y es muy probable que continúe en estos parámetros, ya que no se han alentado cambios en la estructura productiva del Estado.
Ni siquiera la tímida reforma agraria ha dado los resultados esperados. La Ley de Tierras distribuyó dos millones de hectáreas a más de 150.000 campesinos y preveía castigar con multas y expropiaciones a los terratenientes que no pusieran producción propiedades de más de 5.000 hectáreas. Hoy día Venezuela sigue siendo el único país de América Latina que es importador neto de productos agrícolas, que representan las dos terceras partes de lo que se consume en el país.
Por otra parte, el pretendido antiimperialismo de Chávez ha sido deformado a la luz de unas estadísticas que reflejan el aumento del comercio con Estados Unidos, por no citar las relaciones algo más que aceptables que el Gobierno venezolano mantiene con multinacionales como Chevron o Repsol, pese a sus últimas bravuconadas. “Hay que ocuparse de lo que Chávez hace, no de lo que dice”, afirmaba y con razón el ex embajador norteamericano en Caracas, John F. Maisto.
Para Estados Unidos, Chávez no es un peligro revolucionario –obviamente tampoco militar- sino geopolítico. Porque lo que sí ha conseguido es convertirse en referente para buena parte del continente, con la consiguiente pérdida de influencia del vecino del norte. No es que suministre petróleo barato a Cuba y permita la supervivencia del castrismo, es que hace lo mismo con Nicaragua, Honduras, o Ecuador, compra deuda pública de Argentina y firma alianzas energéticas estratégicas con Brasil, como su reciente acuerdo con Lula para explotar conjuntamente una refinería en Pernambuco. Ahí está su verdadero riesgo.
Como puede colegirse de todo lo anterior, el presidente de Venezuela no es perfecto, pero ello no es óbice para someterle a un linchamiento permanente. En alguna otra ocasión se ha repetido aquí la siguiente cita: “Tal vez la Europa venerable sería comprensiva si tratara de vernos en su propio pasado. Si recordara que Londres necesitó 300 años para construir su propia muralla y otros 300 para tener un obispo, que Roma se debatió en las tinieblas de incertidumbre durante 20 siglos antes de que un rey etrusco la implantara en la historia, y que aún en el siglo XVI los pacíficos suizos de hoy, que nos deleitan con sus quesos mansos y sus relojes impávidos, ensangrentaron Europa con soldados de fortuna”. Pertenece al discurso de aceptación del Nobel de García Márquez, todo un alegato a la comprensión hacia un nuevo mundo que trata de buscar su propio camino. Es de suponer que las piedras seguirán cayendo porque nunca hubo entre nosotros tantos libres de pecado. Benditos sean.
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