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El profeta Solbes pastorea a las ovejas descarriadas

El profeta Solbes pastorea a las ovejas descarriadas

@Carlos Sánchez.- - 01/12/2007

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Pedro Solbes tiene algo de personaje bíblico. Su aspecto, un tanto desaliñado; una poblada barba, en ocasiones descuidada; y una quietud digna de tener en cuenta, lo han convertido en una especie de pastor que guía a las ovejas con la parsimonia y el esmero que exige el oficio en aras de evitar que el rebaño se despeñe por el acantilado. Y en eso se afana cada día el alicantino (a quien sin duda le gusta el papel) desde que en 1991 Felipe González se lo llevó a Agricultura tras la crisis abierta por la fuga de Alfonso Guerra. La grey se lo agradece, y a la chita callando, y sin levantar pasiones encontradas, Solbes acabará siendo, si todo sale bien para su partido el 9 de marzo, el ministro de Economía más longevo de la Historia de España. Lo cual no es moco de pavo.

El pastor Solbes, siempre que el PSOE pueda gobernar, tendrá que ejercer de profeta. O para ser más precisos. Como un moderno Moisés y de la mano de sus sagradas escrituras (a mitad de camino entre Keynes y Adam Smith) tendrá que enfilar las calientes aguas del Mar Rojo sorteando las procelosas aguas de la desaceleración que se le vienen encima. Si algo está fuera de toda duda es que la segunda legislatura de Zapatero -al menos en el terreno económico- no tendrá nada que ver con la primera, cuando la actividad económica (media anuales) se habrá situado en el 3,65%. Sin duda un buen registro. Pero tan cierto como asegurar que algo está cambiando en la economía española, y no precisamente en la buena dirección.

¿Quiere decir esto que España está abocada a una crisis como se sugiere desde la bancada ‘popular? O, incluso, que la recesión es inevitable. No parece que los tiros vayan por ahí. Todo lo contrario. Hablar de crisis (y aún menos de recesión) cuando el Producto Interior Bruto (PIB) crecerá entre un 2,5% y un 3% en 2008 (consenso de la mayoría de los institutos de coyuntura) sería lo mismo que decir que en los últimos 30 años la economía española ha estado contra las cuerdas. Hablar en esos términos, por lo tanto, parece un disparate que se explica más por razones políticas que estrictamente económicas.

¿Quiere decir esto que el viento sopla a favor y que en el horizonte sólo se divisan la felicidad y el bienestar de los españoles tras haber alcanzado el rebaño la tierra prometida de la mano del profeta? Tampoco parece que la prosperidad infinita del pueblo elegido esté a la vuelta de la esquina. Un punto de PIB son exactamente 11.300 millones de euros, una cantidad desde luego nada despreciable. Y eso es lo que costará pasar de crecer un 4% a un 3%, por lo que da la impresión de que algún problema existe.

Crecer por debajo del potencial es, sin duda, una mala noticia para cualquier gobernante, y aunque siempre es difícil y controvertido calcular cuál es el potencial de crecimiento de una economía, lo cierto es que para el caso español la Comisión Europea y la mayoría de los institutos de coyuntura lo sitúan por encima del aumento del PIB previsto (más cerca del 4% que del 3%). España no aprovechará en 2008, por lo tanto, su capacidad de crecimiento.

Solbes cuenta con media docena de ventajas para atravesar el Mar Rojo sin excesivos damnificados. En primer lugar, una economía bastante más flexible y competitiva de la que se encontró cuando en 1993 sucedió a Carlos Solchaga. Las reformas económicas de los años 90 han dado sus frutos y hoy España se ha sacudido buena parte de las rigideces del pasado (mercado laboral, distribución comercial o regulación administrativa). Cuenta, además, con un sistema financiero bastante más solvente y eficiente que en épocas pretéritas, lo que sin duda ayudará a capear las turbulencias financieras y su efecto más perverso: la restricción del crédito para familias y empresas. No parece descabellado pensar que una crisis como la de las hipotecas subprime (que aún está lejos de haberse resuelto) se hubiera llevado a alguna entidad financiera por delante no hace demasiados años.

La edad de oro de los beneficios empresariales

La situación patrimonial de las empresas también es bastante mejor que en el pasado. Las compañías (sobre todo las grandes) están más saneadas que nunca, lo que les permite disponer de músculo financiero suficiente -pese a su alto endeudamiento- como para enfrentarse a una desaceleración del consumo privado de cierta importancia.

Aunque sin lugar a dudas, el factor clave que sintetiza el nuevo marco macroeconómico es la pertenencia de España al euro. Algo que permite, entre otras cosas, vivir con un déficit exterior equivalente al 10% del PIB sin que salten chispas (por si alguien no lo recuerda se trata del déficit de la balanza de pagos más grandes del mundo desarrollado). El euro permite, por lo tanto, vivir a España por encima de sus posibilidades sin tener que devaluar la peseta, el viejo ‘truco’ de los ministros de Economía para esquivar la crisis. Solbes conoce bien el problema porque en su anterior mandato depreció la moneda en cuatro ocasiones. Y lo que aún mejor, los tipos de interés en ningún caso se pondrán en los niveles estratosféricos de los 70 y 80, algo que sin duda hay que agradecer a la moneda única.

Un patrón más equilibrado de crecimiento (con menos aportación negativa del sector exterior y con un consumo privado menos expansivo) incide también en la existencia de un colchón de cierta seguridad para capear los problemas. Sin contar con el hecho de que la Seguridad Social está más saneada que nunca y que el impacto del envejecimiento sobre las cuentas públicas se notará todavía muy levemente en la próxima legislatura.

¿Miel sobre hojuelas?

A estas alturas del relato habrá quien piense que el viento golpea sobre la popa y que el camino está despejado. Pero yerran quienes piensen así. El tránsito de un modelo de crecimiento basado en el consumo privado y el ‘ladrillo’ hacia otro más competitivo, productivo y equilibrado se presume difícil. Incluso, particularmente difícil. Entre otras razones, por el hecho de que competir en la sociedad del conocimiento es una cuestión de años. No basta con aumentar el gasto público en I+D+i en tasas cercanas al 25% año tras año. La creación de un tejido productivo más eficiente basado en las nuevas tecnologías y el valor añadido requiere, sobre todo, formación, mucha formación. Pero lo que ha ocurrido en los últimos años es que el crecimiento del empleo se ha orientado claramente hacia los trabajos de baja productividad (construcción y hostelería). Y a la luz de los últimos informes Pisa no parece que esta sea la prioridad de las autoridades, tanto centrales como autonómicas. La ratio de abandono escolar en España (el 29,9% en 2006) dobla a la media europea.

Hay, por lo tanto, problemas de productividad, pero también de endeudamiento familiar. Los bolsillos de las familias –sobre todo en los niveles medios-bajos- están exhaustos, por lo que sólo una rebaja fiscal de cierto alcance -a decir de muchos- puede compensar el alza de los tipos de interés y el estancamiento de los salarios a la hora de recuperar poder adquisitivo.

¿Será Solbes capaz de imponer en su partido una sustancial rebaja del IRPF en línea con lo prometido por Mariano Rajoy? Según algunos de los analistas consultados, no lo tendrá fácil.

Como tampoco lo tendrá a la hora de enderezar la acusada pérdida de competitividad de la economía española, básicamente por unos precios que suben en España –de forma sostenida desde el lanzamiento del euro- un tercio más que en los países del euro. Algo verdaderamente preocupante teniendo en cuenta que la posibilidad de ajustar el tipo de cambio simplemente ha desaparecido.

Más ingresos vía impuestos

El aumento de los precios, al menos, permitirá sanear aún más las cuentas públicas, ya que los tipos impositivos se aplican sobre bases más altas. Y por eso ahora más que nunca, dice un veterano economista que conoce al dedillo los entresijos de la Administración económica, lo que tiene que decidir Solbes es qué hacer con el superávit presupuestario. Tiene tres opciones, que no son incompatibles entre sí: aumentar la inversión en infraestructuras, bajar los impuestos o elevar el gasto corriente para acercar el Estado de bienestar de España a Europa. Puede también dedicarlo a recortar el endeudamiento público, pero esta opción se considera la peor ya que la rentabilidad que se obtienen ensanchando las infraestructuras s mucho mayor que el 4% o 5% que tiene que pagar el Tesoro Público por captar dinero.

El Mar Rojo está ahí y a lo mejor algún fiel le hace llegar al profeta un célebre pensamiento de Churchill: ‘Para mejorar hay que cambiar; pero para ser perfectos hay que cambiar a menudo’.

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