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CULTURA Y PODER

La ideología del deseo

@Esteban Hernández. - 28/11/2007

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La ideología del deseo
 

“Exhibirse excitantemente” y “ponerse en un escaparate” son dos significados del término prostituere a los que el escritor y ensayista José Anton io Marina recurre, en Las arquitecturas del deseo (comprar libro, Ed. Anagrama), para explicar algunos rasgos de una época, la nuestra, que parece haber puesto todo a la vista con el objetivo de atraparnos en una espiral de consumo. Las consecuencias, según afirma en el texto, estarían ligadas al aumento de la ansiedad y de la violencia, al auge de las adiciones e incluso a la hiperactividad y obesidad infantil.

Marina, que define el consumismo como “el mundo social de las apetencias y el reino momentáneo de los caprichos”, investiga cómo nuestros comportamientos “están siendo dirigidos por sistemas ocultos que resultan difíciles de descubrir. Son como cordilleras sumergidas que no vemos hasta que no buceamos”. Lo que nos afecta en muchos terrenos, también en la educación. Desde Platón, asegura Marina, “lo más importante era educar los deseos; no convenía encenderlos demasiado. Ahora hemos cambiado, ya no nos parecen peligrosos sino liberadores...” El problema está en que “los deseos también esclavizan. Y tanta insistencia en ellos nos lleva a la frustración continuada. Nos dicen que la felicidad está al alcance de nuestra mano y que todo es posible para nosotros y eso termina produciéndonos muchísima ansiedad, ya que nunca la conseguimos”. Fundamentalmente, asegura Marina, porque “como dicen los especialistas en la última moda del marketing, lo que ha de crearse es gente insatisfecha: los clientes que están conformes con lo que tienen no compran más”. Por eso, la finalidad del sistema productivo “no es satisfacer necesidades, sino crearlas”.

El corolario de estos planteamientos es una mayor soledad, como si hubiéramos de vivir en un mundo donde cada cual trata de satisfacer sus apetencias sin reparar en los demás. “El consumo insiste en llamar al disfrute personal. Y es que estamos en un gran mercado de las experiencias: para vender los productos, los anunciantes ya no se refieren a sus cualidades (como cuando se hablaba del buen motor que tenía un coche) sino a una supuesta nueva experiencia que ese objeto te ofrecería”. El resultado es “la caída en el individualismo hedónico, que se mezcla además con todo el discurso de los derechos, que también es individualista, para llegar a la conclusión de que disfrutar es un derecho fundamental pero exigible. Es un elemento más de la cultura de la decepción que acompaña a esta sociedad opulenta”.

Pero estos discursos no están exentos de paradojas. La primera de ellas consistiría en que creemos vivir en una sociedad con las necesidades básicas cubiertas, en un mundo de la abundancia cuyos problemas vienen porque no somos capaces de sujetar nuestros impulsos. Porque damos rienda suelta a nuestros caprichos y eso nos lleva a tener problemas a final de mes. Y, sin embargo, la realidad es que los productos de primera necesidad, como los alimentos, la vivienda y el transporte han incrementado notablemente su precio. Según Marina, son subidas que nadie se explica muy bien y, cuando lo hace, nadie las achaca al incremento de un consumo real, sino al de otras demandas alternativas. Y el caso de la vivienda es, en ese sentido, ejemplar, ya que sus precios elevados “no se producen por un aumento de la necesidad sino porque los billetes de quinientos euros han ido a parar a la compra de pisos. Y además, mucha gente los ha comprado como inversión. Al final, hay muchas casas que están vacías, y que están esperando que suban los precios para venderlas, lo que ocurre especialmente en las costas”.

Aquellos que no saben lo que quieren

La segunda paradoja es que tenemos una oferta amplísima de objetos, actividades y posibilidades teóricas y, sin embargo, está aumentando el número de personas que no saben lo que quieren. “En Anatomía del miedo subrayaba que hay un miedo sin objeto, que se llama angustia, en el que se espera que algo malo pase, pero no se sabe muy bien qué. Pues también hay una ansiedad del deseo: es como si viviéramos con la expectativa de que tenemos que encontrar algo que nos llene, pero no supiéramos muy bien qué puede ser. Esa inquietud vacía caracteriza muy bien el exceso de promesas en que vivimos continuamente”.

Una dinámica que podría explicar los motivos que han convertido el acto de comprar en un antidepresivo. “Voy a las rebajas aunque no necesite nada, igual que me tomo un ansiolítico cuando tengo angustia. Les ocurre hasta a los niños, a los que estamos comprando cosas que dejan de satisfacerles inmediatamente. A los adultos nos pasa igual: es la depresión que surge una vez que se ha pasado por la caja del supermercado, cuando el objeto ha perdido ese aura mágica que poseía en la estantería”.

Igualmente, otros actos acaban perdiendo su sentido original para revestirse de nuevos significados. “Todo este sistema se basa en una promesa de felicidad concretada en objetos. Y según esta teoría del deseo, cada uno de esos objetos lleva en sí la concreción de algo más amplio. Por ejemplo, las vacaciones antes eran el periodo de reposo. Su valor consistía en que no trabajabas, en que podías descansar. Ahora se configuran como la única felicidad accesible. Y desde el momento en que se han convertido en cifra de la felicidad, necesitan ser intensas, apasionadas, inolvidables”. Pero ocurre igual con las parejas. Según Marina, “ahora no se rompen por desconfianza, sino porque se han convertido en una ventana para entrar en la felicidad. Si me asomo y no soy feliz, me echo para atrás y me voy a buscar otra ventana”.

Sin embargo, y a pesar de todas sus consecuencias negativas, hay consenso en las opciones políticas de uno y otro lado para continuar alabando esta situación. “En la derecha –subraya Marina- la ideología oculta del deseo ha entrado mediante el elogio del liberalismo de mercado; en la izquierda porque al deseo se le tenía por progresista en la medida en que se le situaba en contra de normas y costumbres muy rígidas. Pero ambas direcciones son equivocadas y van a parar al mismo sitio”.

En el final del libro, también Marina formula un deseo, el que sea la razón y no la estupidez colectiva la que triunfe. “En La inteligencia fracasada estudié la inteligencia individual. Pero hay que reparar también en la inteligencia social, que emerge de las interacciones. Y si éstas son positivas producen muy buenos efectos. Pero en caso contrario, el sufrimiento que traen es espantoso, ya fracasen por el fanatismo, por la violencia o por el consumismo, que a pesar de su apariencia agradable provoca efectos muy destructivos”.

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Opiniones de los lectores (1)

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1. usuario registrado borondesMiércoles, 28/11/2007, 10:15 h.

Marina representa mejor que nadie lo que él mismo dice: es el perfecto deseo de tener algo que decir, al precio que sea, aunque lo que tenga que decir no sea más que una tontada, algo que halague los valores más comunes y necios. Esto se disfraza de cierta erudición y se acompaña de la sensación de que todo ello forma parte de una investigación original y profunda y ya está: un nuevo libro que le permite saltar inmediatamente a descifrar otro misterio ante los ojos atentos del gran público, ese que él aparentemente desprecia pero continuamente cultiva. Marina: un supermercado de ideas baratas para hacer como que se piensa.

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