SIN ENMIENDA
Rajoy salta más allá de su sombra
@Juan Carlos Escudier - 24/11/2007
Los raptos de cordura son episodios fugaces, instantes luminosos que permiten a quienes los experimentan saltar por unas décimas de segundo más allá de sus propias sombras para verse a sí mismos haciendo el canelo, cometiendo un error, o las dos cosas al mismo tiempo. Esta premonición les permite corregir el rumbo y esquivar a tiempo el iceberg, a la sazón, un trozo de hielo más común de lo que se piensa. Algo parecido ha debido de ocurrirle a Mariano Rajoy para declinar su asistencia a la manifestación de la AVT, una asociación que ha pasado de gota malaya a tornado y, tras perder fuerza, a tormenta tropical, pero que está empeñada en que los chuzos sigan cayendo de punta aunque no haya motivo.
Si damos por cuerdo a Rajoy, la actitud de la cúpula del PP de concurrir a la marcha en número suficiente como para no pasar desapercibida sólo puede ser entendida como una enajenación algo más que transitoria. Este estado se alcanza cuando la confusión del deseo con la realidad es casi permanente, o cuando se vive la ficción como el actor de una obra interminable. A los populares les gustaría que el Gobierno siguiera negociando con ETA porque ha constituido durante años su principal –a veces la única- línea de oposición, y se encuentran ahora con que ya no hay negociación ni se la espera. Un drama, en definitiva.
No se trata de un problema menor, que diría Don Mariano. Fingir que nada ha cambiado es posible durante un tiempo pero, al final y de forma irremediable, los espectadores abandonarán la función hastiados de escuchar los mismos diálogos, y se marcharán a casa a hacer la cena. Rajoy, que lo ha entendido, se ha bajado del escenario, en clara demostración de que hay vida más allá del terrorismo y de que se puede hablar de la bajada de impuestos y de las guarderías sin que a uno le tomen por un flojo antipatriota. Su gesto ha revelado también que él no dirige la obra o, que si lo hace, tiene una extraña manera de dejar caer el telón sobre sus contumaces secundarios.
Basta con echar una ojeada al último barómetro del CIS para comprobar cuáles son las preocupaciones actuales de los españoles. A la gente le inquieta el terrorismo, pero poco. Les importa más la vivienda, que les suban la leche y las magdalenas, quedarse en el paro o tener un empleo precario, que les roben la cartera a la puerta de su casa o no tener la certeza de que cobrarán una pensión al jubilarse. Después de todo eso llega ETA, el eje central de la vida de Francisco Alcaraz, de Mayor Oreja o de Ángel Acebes, pero un asunto circunstancial para una inmensa mayoría.
Es muy posible que Rajoy haya comprendido que para ganar las elecciones no basta con pintar el cielo de negro, porque no hay ceras Manley suficientes en las papelerías de toda Europa. Tanto Caravaggio cansa, es la verdad. Ahora se encuentra atrapado en su propio laberinto, azuzado por sus propios hijos, a los que tendrá que devorar como Saturno para hacerse sitio y encontrar una salida rápidamente.
El caso ya citado de Alcaraz y la AVT es paradigmático. Tantos años usando a las víctimas de ETA como ariete contra Zapatero, tantos años alimentando a la criatura, han traído como consecuencia que su propia creación tienda a ser insaciable. Este sábado tocaba hablar de los tramos del IRPF, de los socavones de la ministra de Fomento, de los lapsus linguae de Moratinos o del precio de los alquileres, de cualquier cosa menos de la pretendida traición del Gobierno, que para ser un traidor disimula bastante y no para de detener terroristas.
Volviendo a las encuestas, Rajoy sigue inspirando poca o ninguna confianza al 75,8% de los ciudadanos, que le valoran por debajo, incluso, de Durán Lleida y de José Jon Imaz. Había que estar muy loco para seguir sin inmutarse como quien oye llover.
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