DOS PALABRAS
Pasen y vean: he aquí la muerte en directo
@Federico Quevedo - 24/11/2007
“¿Ha pegado usted alguna vez a su pareja?”. “No”, responde el aludido al otro lado de la línea telefónica. “Pues entonces puede venir al programa”. Y el sujeto va al programa, se encuentra con su pareja, ésta le rechaza en público, y cuando las cámaras ya no están delante le asesta una cuchillada y la mata. Así. Tan frío todo, tan terriblemente frío y desolador. Yo no soy jurista y, por lo tanto, no me siento capaz de discernir si la actitud del programa -sea uno u otro porque el problema no es de una televisión, es de todas- tiene consecuencias de tipo penal. Pero de lo que si me siento capaz es de analizar las consecuencias éticas o morales de un comportamiento televisivo que raya en la más absoluta chabacanería, en la mayor de las basuras, que no es otra que el hacer negocio con los sentimientos y las pasiones humanas.
Que el tipo este fuera al programa, se declarara a su ex pareja, esta le rechazara ante una audiencia que, seguramente, contenía la respiración extasiada por la escena, y pocas horas después la asesinara, no es más que la consecuencia de haber exprimido hasta la saciedad, hasta la morbosidad más extrema, las emociones de los protagonistas de esta historia y las de la audiencia. No sabremos nunca si el novio despechado hubiera actuado igual de no haber mediado las cámaras de televisión, aunque probablemente esa condición de machista violento le hubiera conducido a algún tipo de agresión a su ex pareja con uno u otro resultado, pero de lo que estoy convencido es de que todo lo sucedido delante de las cámaras ha tenido un efecto multiplicador de los sentimientos y las pasiones que mueven a cualquier ser humano.
Precisamente, por eso es del todo punto necesario que medios de comunicación, políticos y sociedad civil reflexionemos sobre los límites a los que se puede llegar en televisión para conseguir un punto más de audiencia. La llamada telebasura ejerce una influencia sobre la ‘idiotización’ de las personas que somos incapaces de valorar en toda su amplitud. La televisión ha sido y es, sin duda, un elemento de progreso y desarrollo humano sin precedentes, y negar ese extremo sería un absurdo que responde a un planteamiento meramente demagógico. Sin embargo, si bien durante décadas la televisión sirvió para que comprendiéramos que podíamos ser más libres -y por eso en las dictaduras ‘silenciaban’ las imágenes-, desde hace unos años ha invadido la programación un modelo de televisión que poco o nada tiene que ver con ese concepto de servicio público destinado a informar y entretener con el que nació.
Durante los primeros años de la televisión, el homo sapiens se completaba con el homo videns, en expresión de Giovanni Sartori, pero de un tiempo a esta parte el segundo parece haber sustituido al primero y “aparece un ser humano cuya vida ya no está entretejida por conceptos, sino por imágenes. De lo que se desprende que nuestra vida está cada vez más entretejida por emociones”, afirma el politólogo italiano. Lo cierto es que las imágenes nos hacen llorar, reír, sufrir, amar... odiar. La labor de la televisión debería ser la de lograr un efecto retorno, es decir, que igual que transforma en imágenes los problemas, debería conseguir que las imágenes volvieran a convertirse en problemas cuando llegan al espectador con el fin de que éste dé una respuesta inteligente a los mismos. En lugar de eso, lo que está consiguiendo la televisión es que el ojo, la visión, sustituya a la mente, al pensamiento, hasta el punto de que nos hace perder la referencia sobre la verdadera dimensión de las cosas, de los problemas.
Lo que antes era información, ahora es puro morbo. Existen profesionales de este tipo de televisión basura, profesionales que cobran por hacer del plató una pelea de gallos, incluso se ha trasladado ese modelo chabacano y verdulero de hacer televisión a las tertulias políticas, de tal modo que ya no se buscan opiniones serias y con sentido común -como podían ser aquellas de La Clave-, sino que para ganar audiencia se enfrenta a periodistas de uno u otro bando dispuestos a arrancarse la piel a tiras delante de la cámara. Pero el problema es que tanto estos como, ya de una manera exagerada, los protagonistas de los programas más sucios del corazón, cobran por su trabajo, saben a lo que acuden a un plató y cuando se acaba el programa se transforman en otro tipo de personajes que lo único que esperan es a que llegue su cheque al final de mes.
Pero, ¿qué ocurre cuando se quiere hacer lo mismo con personas normales y corrientes de la calle? Es entonces cuando se cruzan todos los límites que exigen la ética y la moral social. Se juega con las emociones y las pasiones a cambio de nada. Bueno, de nada no, porque la productora y la cadena reciben suculentos beneficios de los que, por supuesto, los protagonistas del esperpento no ven ni medio céntimo. Pero cualquier cosa con tal de salir en televisión, de que le vea a uno/a el vecino/a del quinto y poder pavonearse de haber salido en el programa tal o cual, aunque haya sido para contar intimidades que en la mayoría de los casos provocan la hilaridad de los espectadores. Hemos conseguido que los conceptos y las prioridades se truequen de manera absurda y dramática. Lo que es digno de ser visto no tiene nada que ver con lo digno de ser sabido. Si McLuhan decía que los mass media nos conducían a la aldea global, ahora podríamos decir que nos llevan a la aldea en el sentido más peyorativo del término.
La televisión nos ha trivializado y convertido en una tribu de idiotas que se mueven sólo por los sentimientos y han dejado a un lado la razón. Así, no es difícil que un asesino en potencia se convierta en una estrella mediática, o que un programa le pague mil euros a un energúmeno que apaleó a una pobre inmigrante en el metro para hacerle una entrevista. Lo vemos todo a través de esa caja que antiguamente era de 625 líneas y ahora esconde las imágenes en una especie de plasma sanguíneo, como el que derramó la pobre Svetlana, que quiso ir al programa a pesar de que su pareja iba a estar allí y ella sabía que era un agresor, simplemente porque quería salir en televisión y que todo el mundo la viera. Esa es nuestra responsabilidad, y aunque no le toque a la cadena ni a la productora pagar por ella desde un punto de vista penal, la única esperanza es confiar en que haya alguien que tenga pesadillas cada noche viendo el rostro enmudecido de Svetlana, cada noche, bajo las sábanas...
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