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Sábado, 17 de noviembre de 2007 
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Bondad sin ideología

@Esteban Hernández - 17/11/2007

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VIDA Y DESTINO

Autor: Vasili Grossman.
Editorial: Galaxia Gutenberg.
Páginas: 1.111.
Precio: 26 €.
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Advirtamos desde el inicio que estamos ante una obra mayor. En todos los sentidos. En cuanto a dimensiones, más de 1.100 páginas; en cuanto al contenido de la narración, un fresco de la vida cotidiana durante la batalla librada en Stalingrado por nazis y soviéticos, con incursiones en los campos de concentración; y en cuanto a intenciones, tanto revivir a quienes siempre salen perdiendo en estos acontecimientos y subrayar la dignidad humana, presente incluso en escenarios excepcionales. En consecuencia, toda valoración debe ser referida a un marco que diferencia radicalmente Vida y destino del resto de producción editorial. Pocas obras podemos encontrar en una década con un aliento tan poderoso como esta, cualquiera que sea el juicio formal que finalmente nos merezca. Porque es cierto que posee algunos defectos, que la narración no siempre es limpia, pero palidecen ante la fuerza de la empresa.

Su autor, Vasili Grossman, escritor y periodista judeoruso, fue el primero en contar al mundo la existencia de los campos nazis de exterminio. Adepto al comunismo, fue dejando ver en sus últimas obras una creciente distancia, hasta llegar a Vida y destino, donde la crítica al régimen alcanzó su máxima expresión. El libro no vio la luz en vida de Grossman, incluso e KGB destruyó varias copias de la novela, lo que afectó profundamente a un autor que veía en ella mucho más que una simple obra. Grossman se quejaba de que él seguía en libertad mientras que su libro había sido metido en la cárcel, algo que le resultaba insoportable: porque esta novela era tanto o más que su misma vida. Y no es extraño que pensase de este modo, porque el autor entrevé la esencia humana en su texto: su vida parecería carecer de justificación si no pudiera mostrar a los demás aquello que había arrancado de entre las rendijas de un mundo totalitario. Grossman fallecería de un cáncer de estómago poco tiempo después de creer perdida por completo su obra: pensaba que la KGB había quemado todas las copias.

Después de leer Vida y destino se entiende la desesperación de su autor. A través de ciento setenta personajes -principales-, Grossman traza un catálogo de gestos, actitudes, sentimientos y aspiraciones de la gente normal, de esa que se ve envuelta de pronto en acontecimientos que les superan y que, a pesar de todo, no sólo trata de sobreponerse a circunstancias claramente excepcionales, sino que conserva rasgos de humanidad. Observando hechos similares, Adorno -como tantos otros- llegó a la conclusión de que, a partir de entonces, difícilmente podíamos fundamentar el bien; que si había alguna lección que nos había dejado este progreso aniquilador, era que sabíamos que el mal existía y que debía ser combatido para que nunca más llegase a esas cotas. Ese nuevo imperativo categórico ha impulsado toda clase de actitudes, llegando hasta lugares políticos muy diferentes de los que habría querido el pensador alemán: también los neocon se han alimentado de esas convicciones.

Hombres y mujeres sometidos a un estricto control

Grossman adopta la perspectiva contraria. En el mejor de los casos, cuando no retrata a quienes van a ser inmolados en los campos, nos habla de hombres y mujeres que no sólo han de vivir en la guerra, sino que han sobrevivido a sucesivas y extendidas purgas; que están sometidos a un estricto control sobre su vida y cuyo horizonte vital es notablemente estrecho. Y aún ahí, puede decir, (p. 517 y ss) que encuentra en ellos la bondad particular de un individuo hacia otro, “sin testigos, pequeña, sin ideología”, la bondad al margen del gran Bien de los políticos, los filósofos o los líderes religiosos, una bondad sin sentido que nos constituye como humanos. Porque “La historia del hombre no es la batalla del bien que intenta superar el mal. La historia del hombre es la batalla del gran mal que trata de aplastar la semilla de la humanidad. Pero si ni siquiera ahora lo humano ha sido aniquilado en el hombre, entonces el mal nunca vencerá” (p. 520).

Grossman ha sido recuperado en los últimos años, gracias a que la obra salió microfilmada de la URSS. Y su obra ha sido celebrada en la medida en que fue capaz de retratar la barbarie nazi y la comunista. En realidad, su rechazo de los totalitarismos en nombre del individuo corriente entronca perfectamente con nuestros tiempos. El combate contra las doctrinas que supeditan las aspiraciones privadas a destinos raciales o utopías peligrosas es lugar común en la filosofía y en la política de este inicio de siglo, como lo fue en las últimas décadas del anterior. Pero situar a Grossman en esa pelea, -como hacer hincapié en su origen judío- es equivocar el mensaje. Porque de lo que Grossman nos habla aquí es de la humanidad en tiempos absolutamente inhumanos. Cualquier ideología, -sea el comunismo, el fascismo o el liberalismo-, puede producir barbarie. Y frente a eso, Grossman vuelve los ojos hacia ese ser humano que es capaz de acariciar un rostro que sufre, sea quien sea. Hacer ese juego con Grossman es politizar interesadamente lo que el mismo definió como bondad sin ideología.

LO MEJOR: que estamos ante literatura destilada en su esencia.

LO PEOR: que es una empresa monumental y, como tal, cae en algunos excesos.

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Opiniones de los lectores (1)

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1. aherasSábado, 17/11/2007, 10:26 h.

La verdad es que meter al liberalismo en el mismo saco que al comunismo y al fascismo como ideologías que generan barbarie me parece una licencia excesiva. ¿Es que el liberalismo le parece a usted una doctrina totalitaria? ¿Por qué no mete usted también a la socialdemocracia o al ecologismo?

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