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Consejos de Mazarino al Rey y a Chávez

@Juan Carlos Escudier - 17/11/2007

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Si hemos de creer a Alejandro Dumas, Mazarino, el cardenal italiano que gobernó Francia durante la infancia de Luis XIV bajo la regencia de Ana de Austria, era un tipo detestable que se trabajaba a la Reina con nocturnidad y al que atribuía los mayores vicios e inmoralidades. Dumas siempre tendió a exagerar, pero es más que probable que el deformado retrato del sucesor de Richelieu fuera algo más que reconocible, aun sin llegar a la fidelidad del realismo.

Mazarino pudo, en efecto, ser un truhán y un canalla pero, además de haber obtenido condiciones más que ventajosas para Francia en las negociaciones de Westfalia que pusieron término a la Guerra de los 30 años, nos dejó un opúsculo que, bien escrito por él directamente, bien por alguien que recopiló sus máximas, es de obligada lectura para otros aspirantes a canalla o a gobernante, dos términos que a menudo tienden a convertirse sinónimos. Es más, si el Rey, Zapatero o el propio Chávez hubieran tenido a mano su Breviario para políticos (Debolsillo, 2007), incidentes como el de la cumbre de Chile jamás se hubieran producido.

Es verdad que el “por qué no te callas” ha sido muy celebrado, hasta el punto de que ha batido récords de descargas en Internet y ha puesto letra a algún rap y a las pancartas de la oposición venezolana. Se trata, sin duda, de una expresión muy borbónica, cuyo estruendo ha amortiguado el ruido de ese otro ‘por qué no te vas, Jaime’ que ha retumbado en las paredes de Zarzuela en la despedida del marido de la infanta. Mazarino, que solía disfrutar con el delicioso néctar de la venganza la hubiera desaprobado: “Si alguien te ha dirigido palabras ofensivas y tú sientes que te altera la bilis, haz de modo que nada traicione tu cólera. Contente todo el tiempo que sea preciso para que las circunstancias hagan ineficaz cualquier demostración de animosidad y no intentes vengarte. Al contrario, finge que no te has sentido ofendido. Espera que llegue tu hora…”.

Pero el Rey dejó caer su máscara con estrépito, tentación contra la que debió vacunarse: “No reveles a nadie tus verdaderos sentimientos. Maquilla tu corazón como se maquilla un rostro. Que las palabras que pronuncies, y hasta las inflexiones de tu voz, compartan el mismo disfraz”. Y contravino las normas básicas de la jerarquía: “Siempre que puedas recurrir a tus subordinados para ejecutar tus planes, ejercer presiones o infligir castigos en tu lugar, ¡hazlo! Resérvate para tareas más elevadas”.

El cardenal no lo hubiera dudado: pecó de imprudente. “La otra forma de prudencia se confunde con los principios del decoro que nos prohíben decir las verdades a las personas y señalarles espontáneamente sus errores para que modifiquen su conducta”. En resumidas cuentas, perdió los papeles: “Acoge con indiferencia las acusaciones, incluso las que provienen de los tuyos”.

A Chávez le hubiera bastado con llegar a la segunda página del Breviario para constatar su insensatez: “Debes aprender a controlar tus actos y no relajarte jamás en esta vigilancia. A ello te ayudará la lectura de esta pequeña obra: a considerar siempre dónde y en qué compañía te encuentras y qué circunstancias te han llevado allí, a comportarte de forma adecuada a tu rango y al rango de las personas con las que tienes trato. Es fundamental que seas consciente de todos tus fallos y que vigiles en consecuencia tu conducta”.

Al venezolano, que se desconoce a sí mismo, le venció su incontinencia: “No hagas ni digas nunca nada que pueda contravenir al decoro, al menos en público”. Y fue incapaz de disimular su error: “Si se te escapa una frase desafortunada, o si metes la pata, afirma inmediatamente que los has hecho a propósito para poner a prueba a la concurrencia o para imitar a alguien. Ponte a reír como si estuvieras encantado del efecto producido o, por el contrario, muestra tu enfado por no haber sido comprendido”.

Chávez es la encarnación de la desmesura. Mazarino le despreciaría. “Las críticas y los elogios han de ser siempre moderados. Procura que la fuerza de tus juicios sea proporcionada a su objeto; de lo contrario, caerías en una gravedad también desmesurada (…) Aunque te creas rodeado de amigos de toda confianza, procura no quejarte de nadie ni acusar a nadie”.

Para situaciones como la creada, el cardenal aconsejaba reprimir la cólera: “Si te ofenden personalmente, lo mejor es hacer ver que no ha pasado nada, ya que una disputa lleva a la otra, y el ofensor y tú os empeñaríais en una guerra sin fin. Es posible que salieras vencedor, pero esta victoria sería peor que una derrota, ya que entretanto te habrías ganado el rencor de muchos”.

Su último consejo bien podría ir dirigido al Gobierno español: “Como regla general, dale tiempo a tu adversario para que comprenda la indignidad de su acto. Si no le contestas, le privarás de cualquier pretexto para enfadarse”. Mazarino podía ser un bellaco y un mentiroso –siempre en opinión de Dumas-, pero tenía respuestas para todo.

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