El empresario John Rosillo negociaba su vuelta a España para contar operaciones oscuras de los 90
@Luisa Casal.- 12/11/2007

El empresario John Rosillo, muerto en Panamá el pasado día 21 de octubre mientras se encontraba fugado de España, intentaba negociar con las autoridades su vuelta a España y estaba dispuesto a narrar operaciones y pelotazos empresariales de la década de los 90 y principios de la actual a cambio de no ir a la cárcel. Sus secretos valían su peso en oro, desde compra-venta de grandes extensiones o negocios urbanísticos en Marbella hasta pagos a conocidos personajes en Suiza a través de intermediarios fiduciarios.
Rosillo había sido condenado a seis años y medio de cárcel por tres delitos de fraude y tenía pendiente un juicio por un accidente de circulación que acabó con la muerte de un joven de 18 años en la Costa Brava en diciembre del 2000. El empresario conducía en estado ebrio, pero no fue juzgado nunca por aquel suceso porque se fugó antes del juicio.
El fraude fiscal fue cometido en la compra-venta de terrenos del centro comercial Diagonal Mar, el más grande de Europa: los legítimos propietarios vendieron los solares a la empresa Profimar que inmediatamente los vendió a Kepro, controlada por Rosillo. La segunda operación es la que generó unos impuestos descomunales que nunca llegaron al fisco. Además de las penas de cárcel, el Supremo impuso al empresario y a otro implicado una multa de más de 731 millones de las antiguas pesetas.
Unos días antes de su muerte, habló telefónicamente con un amigo de Barcelona, al que manifestó su deseo de volver pronto. “Quiero volver a España, pero sin problemas. Espero que pronto podamos volver a comer en Ca l’Isidre”, contó a su interlotutor. En los reservados de este selecto restaurante, del que era asiduo, Rosillo realizó innumerables operaciones financieras y allí coincidía con importantes personajes de la política y los negocios. Lo que tenía claro, sin embargo, es que si volvía a España había de pagar alrededor de un millón de euros, que era la cantidad que faltaba por pagar de la multa a la que había sido condenado por el Supremo.
Miedo a la cárcel
“John ayudó a mucha gente y decía que media Barcelona le debía dinero -cuenta su amigo-. Era un empresario muy inteligente que, tras caer en desgracia, vio cómo casi todo el mundo le daba la espalda, excepto un puñado de gente que se cuenta con los dedos de una mano. Y sólo algunos le seguimos enviando dinero estos años”.
Rosillo decidió fugarse en el año 2002, cuando ya sabía que el Tribunal Supremo confirmaba la sentencia de la Audiencia de Barcelona por fraude. “Sus abogados le dijeron que podría estar un mes en la cárcel y que acto seguido pedirían el indulto, pero él dijo que había pagado y no sabía porqué y que no pensaba pisar una cárcel. Por eso se escapó. Pero si se hubiera quedado, posiblemente no hubiera pasado nada: los que fueron condenados a las mismas penas que él no llegaron a ser encarcelados, ya que se paralizó la entrada en prisión al solicitar el indulto”, cuenta su amigo barcelonés.
Huido en Panamá, fue localizado y detenido el 29 de septiembre del 2003 y puesto en libertad al día siguiente, porque no existe extradición a España poor el delito de fraude fiscal. Cuando fue detenido de nuevo el 29 de marzo del 2005 por el cargo de homicidio culposo del joven de la Costa Brava, sí pasó ocho meses en la prisión El Renacer. Allí perdió 21 kilos de peso, a pesar de que se hacía llevar la comida comprada en un restaurante de fuera del centro. Y, para garantizar su seguridad, pagaba protección dentro de la cárcel.
Pleito al Estado
Ahora, estudiaba interponer un pleito contra el Estado español y encargó a un importante bufete de abogados de Madrid la redacción de la demanda. “Quería que el Estado le abonase el IVA que pagó por la operación de la compra de terrenos de Diagonal Mar y que ascendía a varios millones de euros. El decía que su compañía, Kepro, pagó el IVA correspondiente y quien no liquidó al Estado fue la compañía interpuesta, Profimar, por lo que si había sido condenado a pagar, exigía que le devolviesen el dinero”.
En estos años, Rosillo contó con la inestimable ayuda de John C. Wooley, un antiguo socio texano a quien él había ayudado en otros tiempos. Su mayor fuente de ingresos era el trabajo que realizaba para una compañía de inversiones inmobiliarias de Wooley en Panamá, aunque tenía otros activos a los que trataba de sacar rendimiento. Uno de ellos era un edificio de aparcamientos en Houston.
Lo había comprado junto a su amigo Juan Manuel Villar Mir en la década pasada y, acuciado por falta de liquidez, le vendió su mitad hace un par de años. “Villar Mir se aprovechó de él en este negocio, ya que le pagó un millón de dólares, cuando sólo su parte valía unos 10 millones”, dice su amigo barcelonés. La amistad entre los dos empresarios era tan grande que Rosillo era padrino de una de las hijas de Villar Mir. Incluso el terreno donde el constructor tiene su casa en una urbanización de lujo de Madrid le fue vendido por Rosillo.
En España ya no tenía patrimonio. Su mansión de Santa Cristina d’Aro, en la Costa Brava, había sido vendida por 400 millones de pesetas a comienzos de esta década. Parte del dinero sirvió para saldar una hipoteca con el Banco Zaragozano y el resto fue ingresado en una cuenta del Hong Kong Shanghai Bank. El imponente barco amarrado en Barcelona, fue vendido por 150.000 euros, una parte de los cuales fue para Marisol, su ya ex mujer, que le abandonó precisamente por el capitán del yate. El ático de la calle Muntaner fue embargado y él residió un tiempo en el propio barco fondeado en el Puerto Olímpico y en los apartamentos Arcadia, desde donde desapareció un buen día con destino a Panamá.
Documentos comprometedores
Durante los últimos años, John había enviado a España documentos y narraciones detalladas de algunos de sus negocios y operaciones durante su etapa de oro en la cumbre de los círculos financieros españoles. En estos informes especificaba cuidadosamente pagos y cobros que había realizado y quién y porqué había intervenido en cada operación. Evidentemente, no contaban todas las operaciones, pero sí algunas de las más importantes desde su punto de vista.
Uno de estos documentos lleva una anotación a mano que dice “Ojo, esto es muy confidencial” y explica el organigrama de su imperio empresarial. En él se enumeran una cuarentena de empresas con sede en Holanda, Estados Unidos, España e Indonesia. Siete son las compañías clave de este emporio, pero el número es mucho más extenso, ya que cada una de ellas solía participar luego en multitud de firmas diseminadas por medio mundo. Por eso la desaparición de Rosillo no ha sembrado precisamente tranquilidad en los círculos políticos y financieros españoles.
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