SIN ENMIENDA
Elogio de la memoria (histórica)
@Juan Carlos Escudier - 10/11/2007
Alberto Bayo era un militar malísimo pero un aventurero genial. La mayoría se preguntará quién es este español nacido en Camagüey y de madre cubana, y es lógico que lo hagan porque la Historia, la nuestra, lo borró de sus páginas hace 70 años si es que alguna vez dio cuenta de él. De Bayo sólo nos hablan hoy un monolito en el cementerio de La Habana y un libro que ha publicado el periodista Luis Díez titulado Bayo, el general que adiestró a la guerrilla de Castro y al Che.
A Bayo se le deben muchas cosas, empezando por haber salvado la vida a Rafael Alberti, al que el golpe de Estado del 36 pilló con su mujer en Ibiza, donde no tardó en ser encarcelado con la idea de hacerle pasar a mejor vida más pronto que tarde. Bayo, que ya entonces parecía la momia de Lenin con bastantes kilos más, se puso al frente de la expedición enviada por Companys para sofocar la sublevación en Balerares. Liberó a Alberti, en efecto, pero consumó uno de los fracasos más estrepitosos de la guerra. Es lo que tiene poner a un capitán de aviación al mando de una operación naval con desembarco incluido.
Hay países avanzados que, a falta de otros talentos, pillan a un cazador de búfalos como Bill Cody, le hacen películas y, de paso, héroe nacional, aunque lo de llevar un gorro de mapache con la cola colgando sea hoy ecológicamente incorrecto. Aquí, a los tipos novelescos como Bayo, que era capaz de batirse en duelo con la segunda espada de Europa, otro capitán de aviación apellidado Gallarza, y sablearle en el sentido literal del término, que practicó el boxeo en Nueva Orleáns, que fundó el primer aeródromo civil de España y que terminó haciendo de espía e infiltrado en grupos fascistas para conseguir armas en el extranjero y ponerlas al servicio de la República, se les ignora o, lo que es peor, se les desconoce.
Bayo se merece, sin duda, una película y, como él, los miles de republicanos que tuvieron que partir hacia el exilio y que propiciaron el florecimiento intelectual de países como México o Argentina, mientras aquí quedaba lo más negro y soez del pensamiento patrio, vestido en la mayoría de las ocasiones de caqui o verde oliva. En eso también debería consistir eso de recuperar la memoria. ¿O acaso tenemos que arrepentirnos de que León Felipe, Buñuel, Cernuda, Ramón J. Sénder, Altolaguirre o Max Aub fueran españoles por no reabrir heridas?
Lo de nuestro personaje no eran, desde luego, las cualidades literarias, aunque se empeñara en martirizar a sus próximos con poemas espantosos. Sus dotes tenían más que ver con la teoría militar que con la práctica y, de hecho, sólo hay tres victorias que caben atribuírsele: las dos primeras, sendas matanzas de insectos en el Norte de África y en la finca mexicana donde comenzó a instruir al Che y a los del Granma; la tercera, en Cuba, pero por guerrilla interpuesta, aleccionada, eso sí, por Bayo.
Esta es precisamente la gran aportación del capitán. Sus ideas sobre la guerrilla, sobre el ‘pica y huye’, sobre la “guerra de los pobres” fueron despreciadas por Indalecio Prieto, de quien llegó a ser consejero, porque en opinión del socialista, aquello era poco menos que terrorismo. Cuando, ya instalado en México y dedicado a dar clases de vuelo y a vender los muebles de su fábrica, Fidel Castro llamó a la puerta de su casa en la avenida Country Club del Distrito Federal, el viejo y gordo militar encontró sentido definitivo a su vida.
Bayo no era comunista, como no lo era el propio Fidel, sino antifranquista. Nuestro Quijote terminó por desprenderse de sus propiedades y correr en auxilio de otro cubano como él, que le pedía ayuda para acabar con la dictadura de Batista. A cambio, le exigió ayuda para derrocar a Franco si el éxito acompañaba a su empresa, pero esa parte del trato nunca se cumplió. Era un idealista, como lo fue también su mejor alumno, un argentino llamado Ernesto Guevara con el que jugaba al ajedrez, y al que ahora el diario El País redescubre en versión killer.
Aviador, boxeador, espadachín, espía, truhán, nefasto poeta, vendedor de muebles, teórico de la guerrilla, instructor del Che, capitán que sólo llegó a general en Cuba, a Bayo se le debía el espléndido libro que ha escrito Luis Díez. Poco antes de morir, se dirigió a sus amigos de la siguiente forma: “Si no fuera por la artritis, la diabetes, las dos trombosis, el ojo de vidrio y los catorce balazos que tengo en el cuerpo, estaría hecho un león”. El Ejército cubano y una gran manifestación popular escoltaron su féretro al cementerio de La Habana el 4 de agosto de 1967. Merece la pena recordarle cuarenta años después, aunque no sea en el cine.
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