DOS PALABRAS
¿Racismo televisado o declive moral en Youtube?
@Federico Quevedo - 27/10/2007
Yo no sé si alguno de ustedes ha caído en la cuenta de algo que considero de la máxima gravedad y que tiene mucho que ver con ese viejo debate entre seguridad y libertad. Viejo debate pero muy de actualidad en nuestros días, sobre todo a raíz de los atentados del 11-S. Me voy a centrar, sin embargo, el algo más cercano en la geografía y en el tiempo, como es el vídeo que pocos españoles se habrán quedado sin ver en el que un joven energúmeno la toma con una menor inmigrante en el vagón de un metro sin saber que una cámara le está grabando. La historia ya la conocen y saben también que, finalmente, el juez ha decidido no meterlo en prisión a pesar del circo mediático-político que se ha organizado en este país a cuenta del suceso en cuestión. Pero lo que llama mi atención, al margen de lo meramente jurídico, es precisamente eso, cómo en torno a este hecho se ha generado un estado de alarma social sin precedentes alimentado por una jauría mediática sin escrúpulos, dispuesta incluso a aportar dinero al delincuente a cambio de unas declaraciones suyas en televisión.
Esa es una reflexión que cabe hacer al hilo de esta historia. La otra, no menos sorprendente, es la de que un vídeo, supuestamente de carácter confidencial, acabe siendo visto por millones de personas gracias a una herramienta como Youtube, lo cual directamente nos lleva a la discusión sobre la conveniencia o no de situar cámaras de televisión por todas partes grabando todo lo que ocurre a nuestro alrededor. Los defensores de este Gran Hermano dirigido a garantizar nuestra seguridad se escudan en el hecho de que las cámaras están en lugares públicos y que, por lo tanto, no invaden nuestra intimidad. Pero eso no es del todo cierto, pues incluso en lugares públicos la persona tiene derecho a un cierto grado de intimidad. Tanto es así que la Justicia ya ha fallado en reiteradas ocasiones a favor de alguna ‘famosa’ que ha sido pillada in fraganti por los paparazzi tomando el sol en paños menores en la playa y cuyas fotos han sido publicadas luego en alguna revista dedicada a temas escabrosos. Ambos asuntos están estrechamente unidos y dan mucho que pensar sobre el relativismo moral de nuestra sociedad.
Es cierto que si esa cámara no hubiera estado donde estaba, probablemente nunca nos habríamos enterado de lo que pasó en ese vagón del Metro de Barcelona. De acuerdo, pero la pregunta siguiente es, ¿nos teníamos que haber enterado? En principio, la instalación de cámaras de seguridad tiene un objetivo disuasorio, y ya hay un fallo de origen si el energúmeno en cuestión no sabe que se le está grabando. Pero además del objetivo disuasorio, las cámaras sirven para que las autoridades puedan tener pruebas de un determinado delito si éste se ha cometido en el radio de acción de la cámara. Desde luego, para lo que no están puestas esas cámaras es para que el contenido de sus grabaciones aparezca en Youtube a los pocos días... Y este no es el primer caso. Como lo que hemos visto es un ejemplo de agresión racista y a todos nos ha espantado, no hemos caído en la cuenta de la gravedad del hecho en sí de la filtración de las imágenes pero, ¿qué hubiera pasado si esa cámara graba a una pareja de jóvenes que amparados en la soledad del vagón deciden dar rienda suelta a su fogosidad y al día siguiente se convierten en estrellas de Youtube? Estaríamos frente a un delito contra la intimidad similar al de los paparazzi antes mencionado ¿o no?
Con el agravante de que el visionado de unas imágenes tan impactantes como las del energúmeno en cuestión atizándole una paliza a la joven ecuatoriana contribuyen a alimentar el ansia de morbo que parece tener esta sociedad francamente ausente de cualquier referente ético o moral, lo que me lleva, de nuevo, al inicio de mi reflexión... ¿Hasta que límites nos está permitido llegar a los medios de comunicación? ¿Qué responsabilidad tenemos en la difusión de unas imágenes cuyo contenido debería ser confidencial y en la posterior alarma social que esas imágenes generan? Vivimos en una sociedad en la que prácticamente todo se mueve por el impacto mediático y eso puede tener a veces consecuencias irreparables.
Imagínense, por un momento, que un personaje famoso –un actor, un empresario o un político-, se acerca en la calle Montera a una prostituta simplemente porque la meretriz en cuestión le pide la hora y la escena es grabada por una de esas cámaras que quiere instalar Gallardón, con tan mala suerte que las imágenes, por arte de birli birloque, acaban en manos de Youtube y millones de personas ven impresionadas como ese famoso negocia con una chica de la calle el precio de su servicio... Ya tenemos Salsa Rosa, Aquí hay tomate y demás ejemplos dedicados a desgranar las razones y las causas de ese sex bussines y a la meretriz navegando de programa en programa contando las intimidades del famoso mientras llena sus bolsillos de mucho más dinero del que hubiera podido reunir en su esquina, mientras el famoso se esfuerza inútilmente en desmentirlo... ¡Qué les voy a contar que no sepan ustedes, si ese es el pan nuestro de cada día!
¿A dónde quiero llegar? Pues probablemente a ninguna conclusión concreta. Me conformo con despertar algo de inquietud que conduzca a adquirir un poco de sentido común, en vez de dejarnos llevar por la marea de una sociedad desarraigada de referentes. A mí me gustaría vivir sin cámaras que vigilaran todo lo que hacemos, aunque es posible que en algunos lugares sea necesario instalarlas para garantizar nuestra seguridad. Pero entonces debería haber leyes que, al mismo tiempo, garanticen que el contenido de esas grabaciones no va a trascender nunca al gran público bajo pena de fuertes sanciones. De ser así, seguramente nos habríamos enterado de esta agresión, como mucho, por una nota escueta en alguna sección de sucesos y no estaríamos prejuzgando una situación que debe ser objeto de denuncia y de posterior sentencia por parte de un magistrado. Y el circo mediático tendría que buscarse otro show distinto para alimentar el hambre de escándalos sórdidos de esta sociedad de tal manera que este subnormal producto de un entorno desestructurado no podría ganar dinero a costa de su acción vil. Claro que mucho más vil es quien le paga, y algo deberíamos de hacer en nuestra profesión para apartar de ella a quienes la ensucian de semejante manera. Ese sería un buen comienzo.
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