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Liberales contra el mundo

@Esteban Hernández - 25/10/2007

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LA DOCTRINA DEL SHOCK

Autor: Naomi Klein.
Editorial: Paidós.
Páginas: 712
Precio: 24 €
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Guste o no, Naomi Klein es buen ejemplo, si no el mejor, del nuevo intelectual de izquierda anglosajón. Muy alejado, por cierto, del nacional, donde una mayoría (quizá por edad y referencias) permanece todavía anclada en lenguaje, discurso, estética y razonamientos más cercanos a los setenta que al siglo XXI. Los textos de Klein no se basan en complejas arquitecturas conceptuales y en referencias a figuras últimas de autoridad, sino que están redactados en un muy recomendable tono periodístico, privilegiando la narración sobre el espesor conceptual. Su materia son hechos tomados de la realidad cotidiana, siendo la pretensión de la autora, al ponerlos en orden, trasladar al lector algunos datos que le permitan efectuar una toma de conciencia. Y su horizonte político no es una forma estatal distinta de la democracia. De hecho, muchas de sus aspiraciones tienen que ver con el regreso al Estado del bienestar o, más bien, con la implementación de éste con una mayor redistribución y con mayores cotas de democracia. No es una revolucionaria: salvo que, claro está, se considere revolucionarios a los demócratas keynesianos, lo que tampoco sería de extrañar.

Su opción, con todo lo bueno y malo que conlleva, ya fue definida un su anterior libro, No logo, que dio de lleno en la diana comercial, al señalar una de las cuestiones más significativas en el entorno político actual y que buena parte de los activistas antiglobalización estaban recogiendo. Para su nuevo libro, aunque no se aleje demasiado de los mismos temas, da un salto en el tiempo, pretendiendo sistematizar acontecimientos del último siglo bajo una causa común. Según los medios, argumenta Klein, el neoliberalismo triunfó porque la gente quería tomarse sus Big Macs y calzarse sus Nike en una democracia. Pero la historia real, la que aparece en La doctrina del shock, es otra, y tiene que ver con una contradicción, la de un entorno que asegura la irremediable compatibilidad entre libre mercado y democracia y una realidad que los opone. Los propuestas neoliberales, según Klein, sólo han podido aplicarse mediante (lo que ella llama) ‘doctrina del shock’.

Que tiene que ver con una historia que empieza a contarse con el segundo Roosevelt, con la llegada del New Deal, las reformas keynesianas y el estado del bienestar. Unas políticas que fueron aceptadas por todos los poderes políticos, económicos y financieros, pero no siempre bien acogidas. Ciertamente, no era la mejor opción para muchos de ellos, y en algunos ámbitos se empezaba a trabajar en cómo volver a términos liberales.

La Escuela de Chicago, con Milton Friedman a la cabeza, fue el brazo ideológico, la respuesta intelectual, (primero marginal, luego creciente, después prestigiosa, finalmente reinante) a esa época. Y pronto la pregunta pasó a ser cómo poner en prácticas las ideas que salían del think tank liberal; que las enunciaciones teóricas fuesen repetidas por los intelectuales en foros expertos no era, ni mucho menos suficiente. Pero políticos y poblaciones se mostraban reacios a aceptarlas. Y no era de extrañar. Por ejemplo, cuando el premio Nobel Gary Becker, hablaba de que, en realidad, el matrimonio tenía más que ver con las ofertas disponibles o con las desventajas de la soltería que con el amor, convirtiendo la pareja en algo más que podía explicarse por el mero interés, enunciaba teorías que serían cualquier cosa menos populares. Incluso Nixon, ferviente liberal/ conservador, se dio cuenta de ello, y para conservar su cargo renunció a poner en marcha medidas de ese corte, para disgusto de su empleado Donald Rumsfeld.

Pero eso no significa que se olvidaran, sino que el ataque se recrudeció. En el plano académico, Friedman combatía el fracaso práctico echando leña al fuego, reivindicando para la ciencia económica (esto es, para su visión de la misma) la categoría de infalible. Friedman subrayaba que las lecturas psicológicas, sociológicas o políticas (las ciencias sociales) eran ineficaces, pero reivindicaba un estatuto completamente contrario para la economía, que era la única ciencia totalmente predictiva.En segundo lugar, los experimentos para aplicar esas ideas, según Klein, comenzaron fuera. Friedman comenzó a asesorar a Pinochet, convirtiéndose en el brazo económico de la dictadura chilena. Y pronto toda Latinoamérica se llenó de esa ideología, aunque hubo que utilizar a veces la mano dura, afirma Klein, para que las poblaciones asumieran las nuevas medidas.

En los países del primer mundo era distinto. Desde luego, porque aquí la visión liberal seguía siendo impopular. Y también, asegura Klein, porque no se podían imponer a base de golpes, como en el Tercer Mundo. Por eso, la primera solución estuvo en implantarlas en contextos de crisis. Sin el aumento del precio del petróleo en los 70, sin la transformación de sociedades más o menos sólidas en sociedades inseguras, las poblaciones no hubieran comenzado a solicitar soluciones. Tanto Thatcher como Reagan pudieron comenzar a implantar medidas liberales cuando las sociedades comenzaban a visualizar paro, delincuencia y pérdida de valores tradicionales. Pero había que hacer algo más, según Naomi Klein. Y a ese algo más lo llama la doctrina del shock.

Tomando documentos de la CIA como fuente, Klein observa que en los interrogatorios con tortura hay un momento en que el interrogado comienza a ser más “receptivo” a las preguntas que se le hacen. Es tras el momento del shock. E igual ocurre con las poblaciones. Después de un desastre natural, de un ataque terrorista de gran magnitud o de una guerra, las poblaciones aceptan prácticamente cualquier cosa que les proteja de la amenaza o que les prometa una rápida reparación del desastre. Las poblaciones se hallan desorientadas, han perdido las referencias, no saben bien qué hacer. Y en ese instante, argumenta Klein, se implantan las medidas económicas neoliberales: “terapia de choque económico”. Así, después del tsunami, en Sri Lanka se aprovechó para limpiar las playas de pescadores y convertirlas en zonas turísticas y en Nueva Orleáns la caída de los diques terminó implicando el vaciamiento de la presencia de los servicios estatales; después del 11 S y en el inicio de la guerra de Irak se aplicaron medidas altamente restrictivas de la democracia; y el resto de casos implican a Rusia, a Canadá, a Sudáfrica, a Argentina, etc. Para Klein, las últimas décadas no han sido más que la historia de la guerra de las doctrinas neoliberales contra las demás, y casi nunca empleando métodos limpios.

Pero eso no significa que se haya perdido toda posibilidad de invertir el proceso. Esto, para, Klein, es una crisis, y toda crisis es temporal.

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