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‘Esto no lo arregla ni el Conde de España’: Verdades y mentiras de cierta clase política

clase política

@Carlos Sánchez - 15/10/2007

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A mediados del siglo XIX se hizo popular una expresión: ‘Esto no lo arregla ni el Conde de España’. La locución se refería a la figura de Carlos d'Espagnac, un aristócrata de origen francés que por su crueldad y fanatismo ha pasado a la historia universal de la infamia como el calígula español. Sus repugnantes métodos represivos ejercidos como capitán general de Cataluña desde la ciudadela de Barcelona contra todo lo que oliera a liberal -llegó a prohibir el pelo largo y el uso de bigote porque daban aspecto revolucionario- lo han convertido en uno de los personajes -y ha habido muchos- más detestables que haya conocido esta vieja nación. Beato impenitente hasta el ridículo, presionó para que la Santa Alianza entrara en España a sangre y fuego para aniquilar las ideas liberales. Lo consiguió.

Su protector no fue otro que Fernando VII, que llegó a decir del rancio aristócrata francés: “Estará loco, pero para estas cosas no hay otro”. Con comentarios como éste no es de extrañar que su fama recorriera la piel de toro como sinónimo de eficacia. De ahí la célebre expresión: “Esto no lo arregla ni el Conde de España”.

Afortunadamente, la España del primer tercio del siglo XIX no tiene nada que ver con la actual. Pero hay problemas que siguen ahí, lo que demuestra la inutilidad de siniestros personajes como el citado Conde de España, a quien sus correligionarios ejecutaron hartos ya de tanta crueldad tras haberse pasado al bando carlista. Sus secuaces lo estrangularon y arrojaron el cadáver desde el pretil de un río atado a una pesada piedra. Tiempo después, un médico aficionado a la frenología lo sacó del fondo del lecho para apropiarse de su cráneo y estudiarlo por si encontraba alguna explicación científica a tanta maldad. El galeno se lo llevó posteriormente a Filipinas y a su muerte el ‘trofeo’ pasó a una iglesia de Cervera, donde fue utilizado como ornamento litúrgico. Finalmente, en 1885, un nieto del miserable conde -símbolo de la reacción- lo adquirió y nunca más se supo de la reliquia.

Guerras de banderas

Pues bien, resulta que este país, en pleno siglo XXI y tras más de 500 años de unidad política (lo que no es incompatible con la existencia periódica de fueros que daban gran autonomía a los territorios históricos) continúa empeñado en absurdas guerras de banderas como si de tratara de un adolescente que todavía no ha descubierto su sexualidad. A más de uno habría que pasarle por el viejo diván del doctor Freud que todavía resiste en la calle Berggasse de Viena.

Habrá quien piense que no puede ser de otra manera cuando determinados nacionalismos campan a sus anchas sin que nadie haya tenido las agallas suficientes para frenar sus ansias de independencia. En esta lógica se explica que desde ciertos ambientes se extiendan cada día recetas al portador como las que siguen: hay que retirar las competencias autonómicas al País Vasco; la educación y la sanidad deben volver a la esfera de la Administración Central del Estado o, la más peregrina de todas, hay que desmantelar el sistema autonómico y volver a los tiempos de la España unida y centralizada. Es, por lo tanto, el momento de acabar con todos los zánganos que pululan por las autonomías llevándoselo crudo, que diría el castizo. Ahora o nunca.

Al menos, nadie ha propuesto, por lo menos, la reencarnación de un nuevo Conde de España capaz de resolver todos los problemas con la mayor eficacia posible.

En realidad todo es más sencillo. Siendo cierto que determinados nacionalismos se comportan verdaderamente como niños malcriados por Madrid (ahí está el ‘lehendakari’ con su fantasmagórico referéndum o los adláteres de ERC con su infantil quema de retratos de los reyes), lo cierto es que hoy como ayer el problema de fondo sigue siendo el mismo: la incapacidad de determinada clase política de comportarse con dos dedos de frente. Veamos.

La estrategia de la tensión

El Partido Popular ha decidido que esta bandera es mía y atiza un día sí y otro también al PSOE por un quítame allá esos colores. El famoso vídeo de Rajoy va en esa dirección, y los silbidos que se oyeron el viernes en el paseo de la Castellana contra Zapatero no son más que la manifestación más zafia de una estrategia de la tensión nacida con el único objetivo de agitar a las bases y simpatizantes a seis meses de las elecciones.