MODA
París agasaja a Valentino en su despedida de las pasarelas
@Redacción / Agencias.- - 06/10/2007
Karl Lagerfeld, figura ya totémica y siempre de vanguardia en la moda internacional, ha vuelto a mostrar su arte en los jardines del Louvre, dentro del programa de desfiles del Prêt-à-Porter de París para la próxima temporada estival. La cita de la capital francesa con la moda ha vivido, sin embargo, dos sentidas despedidas, la primera la de Valentino, quien tras decir adiós a la alta costura en Roma el pasado julio se despidió ahora en París haciendo un nuevo canto a su ya intemporal estilo, y la de José-Enrique Oña Selfa, el hasta ahora director artístico de Loewe.
La colección del italiano fue, como siempre, "muy joven, muy bonita y con mucho color", como la describió un elegante invitado tras haber contemplado bellos vestidos cortos y trajes de chaqueta ultrafemeninos, en colores acidulados, rosas, violetas, parmas y manzanilla. El rojo Valentino, muy vivo, estuvo por supuesto presente en modelos ultrachic, al igual que el negro.
La despedida del hispano-belga Oña Selfa fue calificada por algunos expertos presentes como "su mejor colección". Hubo en ella abundante cuero, exquisita obligación de esta firma de alta marroquinería fundada en España, que a finales del siglo XX pasó a reunirse con Dior, Givenchy o Kenzo, dentro del número uno del lujo mundial, el grupo francés LVMH.
Cuero, pues, muy blanco, pero también beige y amarillo pálido, azul marino y negro, y suaves dorados, junto a estampados levemente cósmicos. El plateado brilló por su casi total ausencia, a excepción de un chaleco de lentejuelas de cristal.
Vestidos de cóctel muy cortos y trajes de noche muy largos, pantalones anchos y bien colocados en la cintura, en un perfecto juego masculino-femenino, grandes faldas, camisas con la espalda al descubierto, short y grandes cinturones de inspiración griega fueron algunas características del último Oña Selfa para Loewe.
Lagerfeld, en hora
En cuanto a Lagerfeld, la cita había sido fijada a las nueve y media de la mañana, es decir, muy temprano para una figura monumental del vestir parisiense, pero el modisto alemán es sin duda buen madrugador y disciplinado con el trabajo como sus compatriotas. Si no lo fuera, no hubiera podido diseñar tantas colecciones al mismo tiempo, entre ellas la suya propia y la de Chanel.
En cualquier caso, el público que abarrotaba los jardines de las Tullerías, ante las puertas de la gran carpa blanca instalada a los efectos, esperó hasta las diez para poder entrar a este desfile, que desde el cartón de invitación se anunciaba lleno de contrastes, entre el negro y el color. La idea se confirmó desde el primer momento en la decoración del lugar, entre cuyas paredes negras sobresalían las líneas formadas por los asientos, tapizados en colores muy vivos, a juego con sus diseños.
Además del negro y los colores fluorescentes, suavemente aplicados (por ejemplo en una delgadísima camiseta verde musgo bajo una camiseta de tirantes negros y falda amplia negra), el blanco fue un color fundamental. Los pantalones serán rectos y estrechos, transparentes, de tul negro o blanco, sobre breves faldas acampadas a partir de las caderas.
De noche, para las grandes ocasiones, faldas y vestidos tomarán más vuelo, hasta hacerse princesa, abiertas por delante, o llenarse de enaguas y volumen a partir de la cadera, mientras que los vestidos enteramente bordados serán, en cambio, rectos.
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