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Frutos de la guerra

Frutos de la guerra

The Water Bull, uit: Accabonac Creek (1945), de Jackson Pollock.

@Redacción - 06/10/2007

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BAJO LA BOMBA
EL JAZZ DE LA GUERRA DE IMÁGENES TRASANLÁNTICAS. 1946-1956

Exposición multidisciplinar.
Lugar: MACBA. Plaça dels Àngels,1. Barcelona.
Teléfono: 93 412 08 10.
Horario: De l. a v. de 11 a 20h; j. y v., horario especial hasta las 24 h; s. de 10 a 20 h; d. y festivos de 10 a 15h.
Fecha: Hasta el 7 de enero de 2008.
www.macba.es

Con el propósito de analizar el diálogo entre distintas esferas de la vida política y cultural durante la posguerra en Estados Unidos y Francia, y documentar un periodo muy concreto, entre 1946 y 1956; desde la euforia de la liberación y la reconstrucción tras la II Guerra Mundial, hasta las penumbras y el miedo de la Guerra Fría. Así se presenta esta exposición titulada Bajo la bomba. El jazz de la guerra de imágenes trasatlantica. 1946-1956. La muestra pretende comparar y contrastar el arte producido en Francia y en EEUU en los años en que Nueva York sustituyó a París como centro principal del arte moderno. El objetivo es entender cómo y por qué determinadas obras tuvieron éxito, convirtiéndose en iconos mediáticos y por qué otras, en cambio, ni siquiera se vieron y mucho menos discutieron. Sin embargo, esos iconos no tuvieron el mismo reconocimiento a uno y otro lado del Atlántico.

El recorrido de la exposición, organizada según un orden cronológico, pretende introducir en la discusión varios niveles de discurso: películas, periódicos, moda, archivos y entrevistas confrontados a las obras de arte. Se inicia en la segunda planta, donde se revisa la situación de Francia tras la II Guerra Mundial, con artistas como Jean Fautrier, Arshile Gorky, Pablo Picasso, Henri Michaux y Robert Motherwell, que intentaron abordar el impacto de la liberación sobre individuos que aún se hallaban bajo el impacto de los horrores bélicos en la memoria. También en el año 1946 tuvieron lugar los primeros intercambios entre artistas franceses y americanos, organizados al margen de los debates internos de cada país, y de una vanguardia incipiente.

En torno a 1948 se produjeron algunas de las obras más clásicas de este periodo, tanto en Nueva York como en París. Los gestos abstractos que definían a una y otra ciudad implicaban obviamente realidades muy distintas. Si en Nueva York los artistas aspiraban con un claro optimismo a reconstruir la modernidad desde cero (la vitalidad de Jackson Pollock, la sublimidad de Barnett Newman, la potencia existencial de Willem de Kooning), en París se empeñaron en reafirmar la libertad del individuo, la experimentación del yo, como muestra la obra de Pierre Soulages o de Hans Hartung.

La abstracción domina el panorama artístico

El recorrido de la exposición continúa en la primera planta, en sentido inverso, y abarca cronológicamente desde los últimos años cuarenta hasta finales de los cincuenta. En aquel momento, la nutrida presencia de Estados Unidos en Francia contrarrestó el antiamericanismo existente. Hacia 1956, la abstracción pasó a ser el estilo dominante en la escena del arte, ya fuera el expresionismo abstracto o la action painting en Estados Unidos, o bien la abstraction lyrique, el art informel o art autre en Francia. Sin embargo, a pesar de las similitudes formales, lo interesante es diferenciar los proyectos materialistas de los esencialistas, los distintos enfoques modernos y también comprender las afinidades existentes entre artistas que trabajaban en distintos países e intentaban expresar una evolución histórica similar.

En este sentido, el Estado español no es ajeno a este debate. Tres acontecimientos culturales –la I Bienal Hispanoamericana de 1951, el curso-exposición de arte abstracto de Santander en 1953 y la Bienal de Venecia de 1958– muestran cómo la abstracción volvió a aparecer en España después de la guerra, y cómo su discurso se adaptó para cumplir los requisitos del régimen. En este espacio se ha seleccionado un gran número de documentos de la época, junto con obras de artistas como Esteban Vicente, José Guerrero, Antoni Tàpies, Manuel Millares, Antonio Saura y Luis Feito.

La exposición acaba con el fin de una década, la de los cincuenta, en la que se agota un modelo basado en el progreso y la individualidad. Para toda aquella generación de artistas, fue crucial hablar del hombre ante el vacío, la guerra, las bombas y un futuro incierto, mediante la práctica artística moderna, aunque esa intensidad se veía erosionada progresivamente por la sociedad de la abundancia. El sentimiento de pérdida que impregnó muchas de las obras del momento queda reflejado al final de la exposición, y especialmente en la sala que confronta la obra de Pollock, Van Velde y Giacometti. La década siguiente apuntará hacia nuevas direcciones, como muestran las obras de Yves Klein, Piero Manzoni o incluso una película como Hiroshima mon amour, donde el silencio, lo monocromo –pero también la violencia y lo irónico— marcan el fin de una utopía.


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