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TRIBUNA

El tedio necesario

Juan José Ibarretxe

Antonio Bernabéu - 02/10/2007

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Desde que construyó su Plan, los propósitos de Juan José Ibarretxe resultan de una claridad meridiana. Se trataba, tan solo, de conocer la fecha y el tamaño. Y, por fin, se desvela; un referéndum sobre la autodeterminación para el próximo 2008. Cuando Montilla, en Cataluña, ha propuesto que se deje de lado la bruma metafísica de cualquier discusión identitaria y se vuelva a los temas de gobierno que de verdad importan a la ciudadanía, el lehendakari vasco se crece y reafirma en sus “bien fundados delirios”, como decía Durkheim, y en un abuso de autoridad simbólico. Porque sus poderes políticos, lo reconozca o no, emanan del Estado español y quedan circunscritos al área y al amojonamiento del Estatuto de Guernika. Y aquí debe terminar el delirio para un Estado serio.

Resulta lamentable que, tras siglos de configurar una historia en sentido unitario, la primera tal vez que se inició en Europa, en España sigamos sin zurcir, todavía, un modelo territorial cerrado y entendible, con todos los matices que se quiera, con toda la pluralidad necesaria, pero con la vertebración precisa. Por el contrario, crece la ambigüedad y se expanden los oportunismos pactantes –propiciados por una Ley Electoral injusta a todas luces- que en nada contribuyen a estabilizar un proyecto. Y este pantano identitario, en virtud de sus acepciones difusas, produce tantas víctimas como la peste negra y llega a suscitar más controversias que la gracia y muchas más disputas que el dinero.

Pero, al no llegar uno a general, conviene dejarse de generalidades y acudir a lo próximo. Los primeros efectos del anuncio Ibarretxe se van a percibir en un giro, probable, del discurso que sostendrá el PP de cara a las elecciones de marzo; vuelta a retomar la retórica, circular y alarmista, que se estaba agotando. Y el abandono previsible, por parte de los medios, de un interesante debate sobre política social que captaba de lleno la atención ciudadana. Por supuesto que es más clamoroso Ibarretxe, y más insustancial.

Si en la democracias maduras se considera el tedio un factor importante – son solo los repartidores de leche quienes llaman, de madrugada, al timbre-, en nuestra democracia, tan inexperta y joven, impera el sobresalto, las desmesuras y la ruleta rusa. Nada de aburrimiento. Si, en el Norte, Ibarretxe hace sonar el olifante de su soberanismo, por la parte del Este se ponen a quemar los retratos del rey. Un acto de energúmenos que Esquerra considera como la quintaesencia de la libertad de expresión. Las formas del Estado se pueden debatir, claro está, de acuerdo con las reglas de juego, no con el mechero en la mano. ¿Monarquía o República? No parece que urja plantear este asunto cuando quedan pendientes de resolución otros temas vitales para la convivencia. ¿O es que Leire Pajín, o el señor de Moragas, encaramados a la presidencia de una nueva república, harían las delicias de Alicia en este inefable país de maravillas? Es preferible, al menos para mí, un rey que ya va siendo viejo, que ha incrementado su experiencia política y que conserva, sobre todo, cierto sentido del humor.

Y, para terminar con tanto despropósito, alguien debiera sugerir al empecinado Ibarretxe una lectura atenta de las Memorias de Adriano, de Marguerite Yourcenar, un hermoso compendio de sabiduría y gobierno. Allí dice el Emperador que el verdadero lugar de nacimiento es aquel donde, por vez primera, “uno se mira a sí mismo con inteligencia”.

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Opiniones de los lectores (1)

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1. juan del burgoMartes, 02/10/2007, 10:23 h.

La columna del Sr. Casado toca el mismo tema y ya le he dejado recado. El presente columnista se queja, sin decirlo con claridad, de que los partidos pequeños tengan tanto protagonismo. Parece que reclama las cadenas y grilletes franquistas: Todo atado y bien atado, y que nada se mueva. Y, ciertamente, gracias al borbón y a la constitución hecha a medida de las necesidades y conveniencias de los interesados en vivir sin ser molestados, estamos en este estado de cosas. Como dejara escrito Jean de la Fontaine: Hacedlas cual las queréis, o tomadlas cual las hacéis.

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