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La España sin pulso que Ibarretxe ha puesto en evidencia

Ibarretxe

@Jesús Cacho - 01/10/2007

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La declaración de monseñor Ibarretxe, párroco mayor de la iglesia del nacionalismo vasco, anunciando fecha concreta para la celebración de un referéndum –ahora taimadamente disfrazado de consulta-, ha causado una profunda desazón en muchos estamentos de nuestra sociedad, por encima de ideologías y por encima, incluso, de partidos. Y no es que la proclama haya sorprendido con ninguna deslumbrante novedad, no, que lo dicho por el curita era sabido desde hace tiempo, sino porque no por mil veces imaginada la imagen de la bestia deja de infundir temor cuando se la presiente cercana y se le enfrenta sin plazos, aquí mismo, con la inminencia de lo tantas veces anunciado y por fin llegado.

España sin pulso. Los partidos nacionalistas, grandes beneficiarios –con la Corona, socialistas y conservadores- del diseño constitucional salido de la Transición, se han dedicado desde el 78 a socavar los cimientos del edificio que les dio acogida, ante la aparente indiferencia de los dos grandes partidos nacionales y la vista gorda de La Zarzuela, sólo preocupada por asuntos tan mundanos como la cuenta de resultados. El modelo ha derivado en una corrupción galopante cuyo síntoma más preocupante, más que la dineraria –evidente en los poderes financieros que se dedican a dar palmaditas en la espalda a ZP, mientras le susurran al oído eso de “lo estás haciendo muy bien, muy bien, muy bien...”-, es la corrupción moral de una sociedad de brazos caídos que contempla inerme, sin capacidad de respuesta, el avance del proceso disgregador, con los riesgos que ello conllevaba para la prosperidad económica y las libertades individuales y colectivas.

La Constitución del 78 hubiera necesitado, lo estaba pidiendo a gritos, un recauchutado a fondo, una vuelta de tuerca profunda y urgente en los años 90, después de los grandes escándalos de corrupción felipista. El señor Aznar creyó enterrar los demonios familiares históricos de los españoles con la prosperidad económica y las aventuras imperiales en el exterior, con los resultados que eran de prever. En el clásico movimiento pendular hispano, tras la soberbia de Aznar llegó a La Moncloa un caballerete que, dispuesto a unir en el bucle del tiempo la España de 2004 con la de 1936, se puso con gran entusiasmo al frente del batallón de derribos del Sistema.

La opción estratégica de Rodríguez Zapatero a favor de un proyecto hegemónico socialista (que implicaba arrinconar a la España que vota derecha, haciendo tabla rasa de la alternancia que ha sido norma desde la muerte de Franco) y a costa de la estabilidad del modelo territorial, le ha llevado a aliarse, de grado o por fuerza, con los enemigos de la España Constitucional, ergo con los enemigos de la unidad de España, cuyo apoyo ha debido pagar abriendo la puerta a una reforma constitucional subrepticia –nuevos Estatutos- y mirando hacia otro lado ante la creciente insolencia de unos nacionalismos acrecidos, cuyos desmanes intenta disimular manipulando el lenguaje, mediante el uso y abuso de la palabra huera (verbi gratia, la señora vicepresidenta, el sábado: la propuesta del lehendakari “mas que un desafío es un desvarío...”)

El proceso conduce a la inevitable separación a plazo fijo de al menos dos comunidades autónomas, Cataluña y País Vasco. Lo desgarrador del experimento Zapatero es que los plazos de esa ruptura –consecuencia lógica con un Gobierno central débil, que excita los apetitos separatistas- se han acortado de forma dramática. La quema de retratos del Monarca –para ser respetado, Señor, hay que darse primero a respetar todos los días del año, todos los años- es apenas un síntoma de un mal mucho más profundo: la quema de la identidad de la nación.

El intento de cambio del mapa territorial español ha venido unido a un cambio radical de alianzas en la política exterior y a la necesidad de ahormar una sociedad consentidora, sociedad dispuesta a dejar hacer, anestesiada por el bombardeo mediático de la filosofía igualitaria y el pacifismo bobo. El resultado es una sociedad moralmente desarmada, incapaz de movilizarse por otra cosa que no sea el hedonismo del dinero. Al explicar la derrota francesa tras la debacle de la famosa línea Maginot, Marc Bloch extrajo esta gran lección: “La extraña derrota de 1940 sólo fue posible por estar previamente derrotada la nación”. Dijo también algo terrible para la Francia pacifista y entreguista de entreguerras: “Ya preveíamos que un día la reacción alemana vendría. Sabíamos todo esto y sin embargo, por pereza, cobardemente, no hicimos nada”.

La tentación de buscar culpables para descargar sobre ellos la ira de tantos millones de españoles indignados con la situación es demasiado fuerte en estos momentos. Pero, ojo, los políticos no son peores que la sociedad que les ha elegido, y es ahora cuando seguramente resulte más necesario que nunca mantener la cabeza fría en busca de soluciones democráticas. España camina hacia un proceso de balcanización acelerada donde los perjudicados vamos a ser todos –excluidas esas élites locales sedientas de poder- por igual, andaluces, castellanos, catalanes, gallegos y vascos, porque todos seremos más pequeños y seguramente más pobres, más insignificantes en el horizonte de un mundo globalizado.

Y bien, ¿dónde está la fuerza colectiva necesaria, dónde la voluntad democrática de revertir la deriva emprendida y poner rumbo a futuro de paz y prosperidad para todos? Hasta el más lerdo de los españoles vislumbra hoy que la situación reclama un gran pacto entre los dos grandes partidos nacionales capaz de sentar las bases de una profunda reforma de la Constitución que devuelva al Estado algunos de los poderes y facultades que nunca debió perder –por ejemplo, en materia de Educación-, y fije los límites definitivos de la deriva autonómica. Y que la primera tarea del partido que gane las próximas elecciones, si en España quedara todavía un átomo de sensatez, debería consistir en convocar al día siguiente al partido perdedor para poner en marcha ese proceso constituyente, al final del cual habría tal vez que llamar a los españoles a consulta y, desde luego, efectuar nuevas elecciones.

Pero, ¿dónde están los líderes capaces de agarrar ese toro por los cuernos? ¿Está Mariano Rajoy a la altura que el reto reclama? De momento, el PP parece más preocupado por convertirse en un gran promotor inmobiliario, suprema insensatez en un partido dizque liberal, en caso de ganar las próximas generales, que en hincarle el diente a los acuciantes problemas que aquejan a la nación. Y ¿qué decir de la acera de enfrente? Es obvio que ese gran pacto nacional que reclaman tantos españoles se antoja imposible mientras al frente del Partido Socialista Obrero Español figure un tipo como José Luis Rodríguez Zapatero. De modo que hasta que el PSOE no sea capaz de librarse de tan lamentable personaje, lo tenemos crudo. Paciencia y a barajar.

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Opiniones de los lectores (165)

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165. ETXEBALunes, 02/10/2007, 11:54 h.

el mal ya está hecho, esto no hay quien lo pare. Nunca en el pais vasco y en cataluña habian tenido tal grado de libertad y de concesiones autonomicas como ahora y cada vez estan mas descontentos. Las nuevas generaciones de estas comunidades autonomas estan educadas a no sentirse parte de España y le seguiran Baleares, Valencia, Galicia y Canarias (esta cuando no vea un peligro en Marruecos o lo que es lo mismo, en cuanto haya democracia en ese pais). La balcanización es un hecho y con terrorismo donde haga falta.

164. señorgrumanLunes, 02/10/2007, 09:35 h.

Sencillamente excelente, Sr. Cacho. Le propongo que, durante los próximos meses, publique este artículo todos los días.Sin cambiar ni una sola palabra. Como si pusiéramos una foto en la pared que nos recordara diariamente la realidad que hemos construido y fomentado TODOS. Unos por hacer y otros por dejar que se hiciera. Y que a cada uno le sirva de elemento de reflexión sobre lo que deberíamos hacer como ciudadanos responsables y dueños de un voto.

163. usuario registrado nouLunes, 01/10/2007, 19:01 h.

A Asqueado, le prometo que no tengo nada que ver con los terroristas de la yijad. Pobres mossos como molesta que tengamos policia propia se les acusa hasta del asesinato de Kennedy.
Cuando hablen de nacionalismos extremistas, racistas, xenofobos, pongan también el español de los Acebes, Zaplanas, Azanareces y demás Tercios de Flandes.

162. usuario registrado joanfgLunes, 01/10/2007, 19:00 h.

ZP no va a tomar ninguna medida contra la consulta de Ibarretxe. ZP va de la mano con Carod Rovira que también ha propuesto una consulta para el 2014. Además en el Estatut que ZP ha aceptado se recoje la posibilidad por parte del Govern de la Generalitat de hacer consultas. Lo mínimo que se puede pedir a una persona es coherencia y ZP demuestra que es un demagogo, populista más propio de un país bananero que de una democracia occidental. A ZP "le mola" la Venezuela de Chavez, la Cuba de Fidel Castro, la Bolivia de Evo Morales, el Ecuador de Correa y "no le mola" la Francia de Sarkozy, la Alemania de Merkel, la Inglaterra de Blair...

161. usuario registrado libertoLunes, 01/10/2007, 18:57 h.

Olid, esa camama de que Franco premió a Cataluña con la industria olvida que en Cataluña YA EXISTÍA esa industria mucho antes de la guerra civil. De hecho, ya hubo una idea de desmantelar toda la industria catalana, ya se intentó que Renault, p.e., hiciera de contrapeso. Pero resulta que los proveedores no se inventan, y que la industria auxiliar textil, mecánica, química, etc... estaba sobre todo en Cataluña. Si ni siquiera la suzuki se pudo asentar en Linares... ¿pretende ud. que se sacaran de la manga una industria sin contar con Cataluña? Hubiera sido un deliro.

Cataluña avanzó y creció, sí... pero digamos que recuperó, pues su posición ya era preeminente. Y del mismo modo que a los trabajadores nadie les regaló nada, pues se lo ganaron con su sudor vinieran de donde vinieran, tampoco el inversor y el industrial saltaron con red. El esfuerzo fue de todos, aunque el capital saca la mayor tajada, aquí y en Lima, eso no es nuevo.

Eso de que las castas vivían "opíparamente" es de sonrojo. Pues claro, como los señoritos andaluces, los aristócratas terratenientes, los caciques de cualquier parte y el ministro de marina. Por no hablar de los obispos, claro.
Lo dicho, delirio.

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