TRIBUNA
Los amigos mediáticos
Antonio Bernabéu - 25/09/2007
El poder cuenta siempre con gente que le escriba, desde el cojo y difunto Francisco de Quevedo hasta aquellos que habitan, con desparpajado descaro, en el universo rampante de los seres más vivos. Lo que ha evolucionado, con el paso del tiempo, son los modos de hacer el escandallo, la complejidad de las formas con que se retribuyen los servicios prestados. A finales del siglo XIX, un banquero alfonsino cifró en, aproximadamente, tres mil duros al mes lo que le costaba, al poder de la época, subvencionar la prensa. Era una tosca concepción preindustrial del sutil toma y daca, pero venía envuelta, todavía, en una cierta ternura ideológica.
En el presente, estos antiguos vínculos se han integrado ya en un marco elegante de fórmulas sin mugre, de representación abstracta, donde los intereses de la empresa mediática se engalanan con breves lencerías, con lazos de opinión, justo para tapar las regiones pudendas. Se evita, de este modo, el tintineo horrible al contar las monedas y todo se resuelve en las muelles alfombras de la Administración, con el papel sellado, tan rentable y discreto, de aquellas concesiones que dirime el poder. Y, a cambio, ese poder, que apenas si destiñe doctrina, se cobra los favores en amplios decibelios que elevan su discurso y en la confirmación, al paso, por mano de tercero, de su propio destino.
No voy a entrar en las desavenencias que afligen, estos últimos tiempos, al entorno mediático que rodea al Gobierno. Basta con señalarlas y en advertir sus riesgos. José Luis Rodríguez Zapatero tiene muchos amigos, incrementados desde que es presidente. Y, entre esta muchedumbre, se cuentan los de Prisa y Mediapro, que tienen discrepancias en la retransmisión del fútbol. Los amigos son dos y el fútbol solo es uno. Por otro lado, añádase también que, dentro de unos días, van a hacer competir dos periódicos por la conquista de un único mercado. De ahí viene el problema que implica a Zapatero. Porque la amistad se le ofrece tan ciega y exigente, y es tan exclusivo el negocio, que no admite repartos. Y, no lo quiera Dios, pero puede que algunas de estas dicotomías alcancen y conviertan a los amigos de mis enemigos en piezas a batir. Alguna muestra podría deducirse, ya por adelantado, en el tratamiento con que obsequió El País a las sobrevenidas ocurrencias con que quiso remendar el Gobierno los temas de vivienda.
Por eso, el viejo zorro de Felipe González ha advertido a su tribu de los claros peligros que el asunto comporta. Y el peligro más claro es meterse en mudanzas, difuminar los soportes políticos, en plena turbulencia del tiempo electoral. Zapatero padece la compulsión innata del aprendiz de brujo. Ha abierto zanjas, que luego tapa mal, en varios melonares; en el del territorio, en el de la memoria y en otros muchos más. Y al experimentado, correoso Felipe, se le erizan los pelos ante este ir y venir sin brújula ni rumbo.
Vaticina que habrá daños colaterales. Se refiere, sin duda, a los desperfectos posibles que sufrirá el partido y a fugas de poder. Hay ya un daño evidente a la profesión periodística, abrazada a unos cuerpos cada vez más extraños, naufragando en las aguas de los resultados contables, agarrándose, apenas, a unos pecios de ética.
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