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Adelanto de la deliciosa novela breve 'La pulga de acero', o cómo hacer la Guerra Fría en el siglo XIX

@M. J. S. M. - 18/09/2007

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La editorial Impedimenta acaba de iniciar su andadura en el mercado editorial con la idea de apostar por la recuperación de esos libros olvidados entre los que hay auténticas maravillas. Si ya se puede adquirir en las librerías La abadesa de Castro, una de novelas que forman parte de esas Crónicas italianas de Stendhal -de la que les hablaremos este fin de semana-, a finales de este mes saldrá a la venta la segunda de sus apuestas: La pulga de acero. Este librito que el ruso Nikolai Leskov escribió en 1881, es un pequeño cuento ilustrado, casi una fábula con aires de El traje nuevo del emperador en el que ingleses y rusos pugnan en una lucha que anticipa esas carreras por ser los primeros en lograr las proezas más inimaginables que se traían entre manos Norteamérica y la URSS durante la Guerra Fría.

Leskov (1831-1895) fue uno de esos autores incomprendidos para sus coetáneos a pesar de la enorme habilidad con la que retrató la vida rusa de la segunda mitad del siglo XIX, fruto de lo mucho que viajó por el vasto territorio debido a su trabajo como agente comercial de Kiev. Su pasión por la lectura, sus comienzos como escribiente en el juzgado penal de Orlov y su labor como periodista en San Petersburgo hicieron de él un autor muy dotado para la narrativa breve, donde además de con este libro que aquí nos ocupa, destacó con escritos como Vida de una mujer de pueblo o Lady Macbeth en la provincia de Mtsensk.

En palabras de Walter Benjamin, La pulga de oro es la "obra más excelsa" de Leskov. No en vano se dice que este texto que retrata cáusticamente la vida social y política rusa es una de las cumbres de su literatura. En él, Alejandro I decide, tras acabar el Congreso de Viena, viajar por Europa para conocer los adelantos de los países. Pero el general de caballería, Platov -"famoso por su actuación en la guerra de 1812", tal como recuerda la traductora Sara Gutiérrez-, viendo con muy malos ojos los aires aperturistas de su soberano, intenta parar los pies a todo aquel que quisiera "llevárselo a su terreno". Lo tendrá muy difícil cuando los ingleses le muestren una pulga de acero.

Así empieza el libro:

Cuando el emperador Alejandro I hubo terminado el Consejo de Viena, quiso viajar por Europa y observar prodigios en diferentes naciones. Recorrió numerosos países y en todas partes, merced a su afabilidad, mantenía siempre conversaciones de lo más apasionadas con todo tipo de gente. Y todos, de una manera u otra, le asombraban y querían llevárselo a su terreno. Pero estaba con él un cosaco del Don, Platov, al que estas inclinaciones no le gustaban nada y, nostálgico de su hacienda, trataba de convencer al soberano de que ya era hora de regresar al hogar. En cuanto Platov percibía que el soberano se interesaba mucho por algo extranjero, mientras los demás acompañantes callaban, él decía: "Se mire como se mire, lo que nosotros tenemos en casa no es peor". Y con cualquier excusa se lo llevaba de allí...

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