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Imaz, tocata y fuga

@Juan Carlos Escudier - 15/09/2007

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La tocata y fuga de Josu Jon Imaz ha dejado tan perplejo a su partido, que sus dicharacheros dirigentes llevan unos días que no saben/no contestan, esperando a comprobar por dónde sopla el viento antes de aventurarse a cruzar la calle. Contrariamente a lo que se ha dicho, no se va la cabeza del ala moderada del nacionalismo vasco, sino, posiblemente, el líder más revolucionario que ha tenido el PNV, porque alguien que se ha atrevido a afirmar -aunque sea en su carta de despedida-, que hay que sacudirse la caspa de Sabino Arana y que conceptos como la soberanía o la independencia no pueden significar lo mismo en un mundo casi sin fronteras era un tipo peligroso y subversivo para el establishment de la txapela.

Dice Imaz que el PNV tiene necesariamente que modernizarse pero que ese proceso no puede hacerse en medio de una batalla permanente y diaria que, probablemente, tuviera además perdida. Salvando las distancias –que son muchas-, su marcha evoca la de Felipe González cuando anunció en el mismo congreso del PSOE que no repetiría como secretario general y obligó a Alfonso Guerra a hacer las maletas, pero no parece en este caso que su adversario Joseba Egibar y su mentor Xabier Arzalluz sean de los que se den por aludidos ante semejantes indirectas.

Si algún mérito ha tenido Imaz ha sido el de descubrir a los no nacionalistas que es posible la convivencia entre los dos mundos, que no se puede construir nada contra la otra mitad, que un partido es sólo eso y no el guardián de ninguna esencia, que hay valores más importantes que la identidad y que hacer seguidismo de una pandilla de asesinos para avanzar en una lenta estrategia de liberación nacional es una inmoralidad, por mucho que se empeñe el lehendakari, todo un éxito, por cierto, de la robótica actual.

El todavía presidente del PNV lleva razón en su análisis de que no hay organización que resista mucho tiempo una división tan profunda, pero existen dudas razonables de que su marcha facilite la cohesión interna en condiciones de igualdad. El momento elegido, dos días después de que la dirección nacionalista aprobara el texto de una ponencia sesgada claramente hacia las tesis soberanistas, hace pensar que se trata más bien de la escenificación de una derrota.

De alguna manera, la huida de Imaz es decepcionante. Su anunciado abandono de la actividad política implica bien que sean otros los que defiendan sus ideas en clara desventaja, bien que sus partidarios renuncien expresamente a mantenerlas en aras de un intangible como es la unidad del partido, que se antepone incluso a los principios. Lo que muchos interpretan como un gesto valiente puede resultar, en definitiva, una descarnada expresión de cobardía. Es probable que se alcance esa gran meta de la cohesión, aunque no sea el amor sino el espanto el que acabe uniendo al PNV, si se permite la expresión de Borges.

De quien se ha apoderado el espanto es de socialistas y populares, que ven en la salida de escena de Imaz un severo contratiempo para sus planes. Para el PSOE, especialmente para Zapatero, Imaz se había convertido en un interlocutor privilegiado, en un sólido apoyo de su proceso de paz, primero, y de su ‘implacable’ ofensiva contra ETA, después. De la ‘transversalidad’ que tanto ha defendido el político vasco, los socialistas esperaban obtener una reedición del pacto entre PNV y PSE que durante tanto tiempo gobernó Euskadi, cuyos primeros signos ya se habían manifestado en el apoyo mutuo para sacar adelante los respectivos Presupuestos.

El PP, y en consecuencia Rajoy, pierde, por su parte, la remota esperanza que el nacionalismo vasco hiciera borrón y cuenta nueva de la demonización a la que ha sido sometido desde la derecha y se aviniera a no obstaculizar una hipotética mayoría simple de los populares tras las generales de marzo. Claro que una cosa es el más difícil todavía y otra el imposible metafísico: con los chicos de Arzalluz, que ya salió escarmentado de Aznar, no habrá nada que hacer.

Un cambio de rumbo en la dirección del PNV creará complicaciones a todos. Si la radicalización se consuma, se reproducirán multiplicadas las tensiones del pasado. Ibarretxe, que debe de ser el inventor del piñón fijo, bruñirá el plan que cada semana desempolva, y nos aburrirá con el famoso derecho a decidir que, salvo error u omisión, es el mismo que defienden Otegi y Josu Ternera, dos demócratas de toda la vida. Hay pesadillas que no terminan nunca.

“Trabajo por una Euskadi en la que nuestra identidad vasca se construya en base a valores en un mundo cada vez más abierto y complejo, en el que el amor a lo propio no nos lleve a construir el futuro contra nadie. Como ese árbol al que equiparaba su obra el universal escultor Eduardo Chillida, enraizado en tierra vasca pero con sus ramas y hojas abiertas al mundo”. Son palabras de la carta con la que Imaz tiraba la toalla. Le echaremos de menos.

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