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La joya perdida

@Esteban Hernández - 15/09/2007

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EL MUNDO DE LOS PRODIGIOS

Autor: Robertson Davies
Editorial: Libros del Asteroide
Páginas: 473
Precio: 19,95 €
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Apenas conocido en nuestro país hasta el pasado año, la consideración del canadiense Robertson Davies (1913-1995) en los círculos literarios españoles ha subido notablemente desde que se le concediera el premio Llibreter 2006 a El quinto en discordia, primera novela de una de sus obras más importantes, la Trilogía de Deptford, cuyo punto final es este El mundo de los prodigios. La obra de Davies ha adquirido caracteres de descubrimiento, como si se hubiera encontrado material precioso entre un cúmulo de obras desperdigadas en tiendas de saldo. Y lo cierto es que tantos parabienes hacen justicia: Davies es uno de los valores seguros a la hora de recomendar un autor, ya que puede gustar a toda clase de público, desde el lector ocasional hasta el amante de la buena literatura.

Entre sus méritos figuran algunas cualidades formales, como el sentido del ritmo narrativo o la utilización de una prosa cristalina y de calidad (que a veces pasa desapercibida), pero la mayor virtud es su extendido conocimiento del ser humano. Davies sabe manejar la complejidad existencial y se mueve muy a gusto a su través, retratando con precisión emocional a un ser humano habitualmente sometido a sus contradicciones. Sus personajes acaban abriéndose al lector en todas sus (insospechadas) dimensiones, desvelando su naturaleza y su carácter mediante múltiples detalles que toman disimuladamente cuerpo, convirtiendo el proceso, además, en una gozosa experiencia estética.

Precisamente por ello, el lector hace bien no dejándose llevar por las apariencias, que casi siempre tienden a desdibujar, positiva o negativamente, la materia que se esconde tras el escenario. Al igual que los personajes de Davies piensan que las biografías son en buena medida hagiografías, que la realidad siempre está embellecida por la ficción, el propio autor toma esa afirmación como presupuesto a investigar con su narración. Que nos contará las aventuras de Paul Dempster, un niño de Deptford al que la fortuna apenas sonríe y en cuya vida tiene gran importancia involuntaria Boy Staunton, el magnate que ejerce de hilo conductor de esta Trilogía. Dempster, huérfano de madre y sometido a una más que estricta educación religiosa, escapa de su casa para visitar la feria del pueblo, donde es sodomizado y raptado por un caricaturesco y repulsivo ilusionista: ese es el inicio del camino que le llevará a convertirse en Magnus Eisengrim, un mago admirado en todo el mundo y guardián de la verdad sobre la muerte de Staunton.

Pero haríamos bien no tomándonos en serio un planteamiento tan melodramático. De hecho, El mundo de los prodigios narra la (decimonónica) historia de Eisengrim pero también cuenta muchas más cosas, y ninguna de ellas es lo que parece. El punto de arranque de la novela es el documental que sobre un antiguo y muy prestigioso mago, Robert-Houdin, está realizando un equipo cinematográfico compuesto por un director reputado (mago de las películas de arte y ensayo), su guionista y su director de fotografía. Eisengrim, asesor de la producción y actor de la misma, será quien les ofrezca el subtexto, la verdadera historia que suelen encubrir los hechos conocidos.

El equipo cinematográfico será el primer público de una narración que transcurre en el mundo del carnaval y de las ferias de tres al cuarto, lleno de ladrones y tramposos, vestigio caricaturesco de un universo anacrónico que se mueve entre la pobreza, la mugre, el engaño y la satisfacción inmediata. Pero Eisengrim también conocerá un mundo de mucho mayor refinamiento, el de la alta interpretación, el de las exageraciones bienintencionadas, el de la glorificación de la realidad y el de la ambición sin límites. Y cuanto más se avanza en la narración, cuanto más se integra el lector en ella, más capas aparecen, más lecturas posibles se abren.

El director de cine y su equipo son conscientes del subtexto, y por eso intervienen discutiendo el material que el mago les aporta, estableciendo así un diálogo soterrado sobre los mecanismos del arte, al tiempo que contribuyen a hacer avanzar la historia. Pero esa tendencia a utilizar irónicamente conocidos materiales literarios no implica que la narración no pueda disfrutarse en niveles de lectura inmediatos. Más al contrario, uno de los aspectos más atractivos de la obra de Davies es que sabe manejar los distintos planos (y los distintos niveles de exigencia a los que la puede someter el lector) sin arruinar ninguno de ellos, convirtiendo El mundo de los prodigios en una obra apreciable por toda clase de público. Y lo es gracias a que sabe desenvolverse entre el romanticismo aceptable que la creación ofrece y la realidad “que se modela con torpeza y desproporción”. En esencia, el cierre de la Trilogía de Deptford nos habla de las divergencias entre la ilusión artística y esa vida cotidiana y mucho más prosaica del público que acude a la función. Y sobre todo, de que si queremos encontrar alguna verdad del ser humano, debemos echar un vistazo a lo que ocurre fuera de escena, cuando el telón ha caído y vemos a los intérpretes en su desnudez.

El mundo de los prodigios se ha publicado casi al mismo tiempo que Mantícora (Comprar libro), la segunda parte de la Trilogía, una novela de características notablemente distintas cuyo personaje protagonista es David Staunton, primogénito de Boy. Trastornado tras la muerte de su padre, acude a una clínica de Zurich a tratarse la afección nerviosa, lo que será un pretexto tanto para ofrecernos un enormemente atractivo manejo de la psicología de los personajes y de las relaciones entre ellos como para proporcionarnos otra perspectiva acerca de Boy Staunton, iluminando los claroscuros de su personalidad.

Pero donde no hay diferencia es en la maestría con que dibuja a sus personajes. La manera en que escenifica tratamiento entre David y la doctora Von Haller, lleno de tensión y fuerza, llega a cotas enormes cualitativas. Igualmente ocurre con el vínculo paterno-filial, construido con los ladrillos de la admiración y el desprecio, que servirá para que el lector pueda bucear algo más en el alma humana y sus contradicciones. En definitiva, literatura de primera que posee una de las mejores virtudes que se pueden atribuir a una novela: que resulta más fascinante cuanto más se piensa sobre ella.

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