CULTURA Y PODER
“Que putada: sólo han muerto 32”

@Esteban Hernández - 05/09/2007
Los asesinos de masas operan con tanta facilidad porque las autoridades no prestan la suficiente atención a las señales, no responden con la celeridad suficiente cuando los hechos ocurren y no saben actuar con la contundencia necesaria. Suele ser la conclusión de los informes que los expertos redactan después de las catástrofes, y es lo que dice también la encuesta independiente que ha analizado lo ocurrido el 16 de abril de 2007 en la Universidad de Virginia Tech, cuando un estudiante llamado Cho Seung-Hui abrió fuego contra compañeros y profesores hasta acabar con la vida de 32 de ellos.
Juan Gómez-Jurado, periodista, autor de Espía de Dios, acaba de publicar en la nueva y ambiciosa editorial El andén La masacre de Virginia Tech, anatomía de una mente torturada, un minucioso relato en el que da cuenta cronológica de la matanza. Gómez-Jurado estaba en un estudio de Univisión en Miami cuando llegaron las noticias de las primeras muertes y decidió coger un avión a Virginia para seguir en directo los acontecimientos. Y esa inmediatez es uno de los aspectos más interesantes del libro, ya que consigue ofrecernos una mirada muy diferente de la que pudimos ver en las imágenes televisivas. Si la información que nos llegaba tenía su foco en el asesino y apenas reparaba en las víctimas, el periodista español sí las presta especial atención, reproduciendo numerosas fotografías (ninguna morbosa) de los afectados por el tiroteo. “Identificar a las personas me pareció muy importante; era realmente triste que todo resultase anónimo. Los boletines de noticias nos ofrecen una cifra pero hay muchos dramas detrás de los números”.
Ese apagón informativo (nada de cadáveres, sólo el nombre de un fallecido, ninguna fotografía) recuerda la manera de abordar las noticias en ocasiones recientes. Según Gómez-Jurado, “los americanos tienen un modo de contar los hechos totalmente distinto; los cadáveres, por ejemplo, están totalmente prohibidos. Muchos compañeros y amigos de Nueva York me enseñaron las fotos del 11 de septiembre y en ellas podía verse cómo el suelo del WTC estaba sembrado de cadáveres (de personas que se habían arrojado al vacío) poco antes de que las torres se derrumbasen, pero nadie quiso publicarlas. Para ellos, el concepto de la muerte es muy humillante”.
Sin embargo, ese pudor a la hora de mostrar las imágenes carece de correspondencia en el comportamiento de las cadenas televisivas y de sus estrellas. “Lo que viví la noche de la masacre es muy difícil de trasladar. De hecho, suprimí del libro los capítulos dedicados a la prensa porque no se los iba a creer nadie. Por ejemplo, esa noche, a las 21.00 horas, estaba al lado de un presentador estrella de la televisión estadounidense. Y cuando le dicen que la cifra definitiva es de 32 muertos, contesta “Qué puta lástima que no haya matado unos cuantos más y así habríamos batido el récord del mundo”. Y es que para muchos de ellos se trataba de ofrecer un producto que iba a ser consumido en todas partes. Desde esa perspectiva, había una gran diferencia entre la mayor masacre en EEUU y el mayor tiroteo mundial”.
La otra irrupción de las cadenas de televisión en la historia de Virginia Tech viene causada porque el asesino, antes de comenzar su cacería humana, envió una carta y unos vídeos testamentarios a una televisión estadounidense, la NBC. Sus responsables copiaron los documentos antes de entregárselos al FBI y aunque la institución federal les pidió que no los emitieran, la NBC optó por poner en antena unas cuantas fotos (“no las más terroríficas”) y algunos párrafos de su carta. “Pero conservan el copyright sobre el resto”, advierte García- Jurado. “De los 43 vídeos hemos visto un 10%, y no tengo la menor duda de que dentro de un año la NBC tendrá un montón de audiencia con el documental que saque para conmemorar el aniversario”.
Pero el libro de Gómez-Jurado no se detiene en los medios de comunicación; prefiere dejar el espacio para el asesino y sus víctimas. En cuanto al primero, resalta una serie de condicionantes que pudieron mantenerle en su aislamiento. Por ejemplo, “que hay muchas familias asiáticas, principalmente surcoreanas, que viven casi aisladas. El 80% de las tintorerías, una actividad profesional que apenas exige comunicación, están controladas por ellas. Ese factor de reclusión en su propio mundo pudo pesar mucho”. En cuanto a su personalidad, Gómez-Jurado contó con la ayuda de un profiler (experto en análisis del comportamiento) para lograr un retrato de Cho, “un psicótico con desorden alucinatorio persecutorio”. Sin embargo, las conclusiones a las que llega no son del todo compartidas: “Muchas cadenas televisivas tenían su propio profiler, y muchos de ellos realizaban afirmaciones que no tenían que ver con las de los otros. Es el problema de la mente humana, que no es una ciencia exacta. Muchas veces faltan datos con los que elaborar un juicio correcto”. Por eso, asegura Gómez-Jurado, “ningún experto está a favor de la pena de muerte, ya que se quedan sin los objetos de estudio que pueden hacer avanzar las investigaciones”.
Sin embargo, el autor de Espía de Dios asegura que para entender la conmoción que supuso la masacre hay que conocer suficientemente la mentalidad estadounidense. “Allí la gente vive muy segura, puedes andar por Nueva York a las 12 de la noche y vas con toda la tranquilidad del mundo; en el centro del país la gente no cierra la puerta por la noche. Y aunque incurra en generalizaciones, son gente muy confiada, inocente y hospitalaria. Pero, al mismo tiempo, son absolutamente paranoicos, viven con el miedo a que les pase algo. Por eso, cuando el resorte se dispara en su interior, cuando algo hace clack, muestran del todo la dualidad permanente en que viven”.
Para Gómez –Jurado, se trata de algo plenamente comprensible. “En España hemos tenido entre 6 y 8 asesinos en serie (el de la baraja, el del parking, etc); allí hay 35 serial killers en libertad, a los que no tienen identificados y que pueden atacar en cualquier momento y en cualquier lugar”. Además, hay otro asunto que diferencia por completo nuestra mentalidad de la suya: “allí hay muchos millones de armas civiles. Si aquella doctora aquejada de esquizofrenia paranoide (se refiere a Noelia de Mingo, que mató a tres personas en la Fundación Jiménez Díaz) en lugar de tener un arma blanca hubiera podido disponer de un subfusil, hubieran muerto muchas más personas”.
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