DOS PALABRAS
¡Esta maldita derecha indisciplinada!
@Federico Quevedo - 01/09/2007
Dicen que a los niños y a los viejos se les perdona casi todo, por cuestión de edad. Don Manuel Fraga está ya más que mayor. Yo diría que en más de una ocasión chochea irremediablemente y dice inconveniencias igual que un niño nos hace morirnos de la vergüenza cuando, sin pudor alguno, afirma en el ascensor delante de otro vecino de la escalera eso de: “Mamá, ¿este es el señor ese que dices que huele mal?”. El problema es que, en efecto, el vecino en cuestión desconoce para que sirve el jabón al igual que el problema es que, en efecto, Fraga dice por esa boca que nada sabe de la continencia verbal lo que muchos piensan en el PP aunque no se atrevan a decirlo. Sin embargo, es injusto atribuirle a Mariano Rajoy un desgaste que no se ha producido.
La realidad es que el nerviosismo que en las últimas semanas atenaza al PP es fruto de ese pesimismo que se ha instalado como un cáncer en la derecha española desde siempre, y que ha florecido después de que tras el 27-M todo el mundo se las prometiera felices y, unas semanas después, se hayan dado cuenta de que el inquilino de La Moncloa es perfectamente capaz de traicionarse a sí mismo y, por su puesto, a los suyos y a su propia conciencia, con tal de ganar las elecciones. Y ese relativismo moral en el que está instalado Zapatero es lo que le ha permitido recuperar parte del terreno perdido. Si es que lo ha recuperado.
Pero vayamos a los hechos. El caso es que después de un mes de julio en el que el PP perdía irremediablemente la iniciativa, cosa que por otra parte es a veces inevitable cuando se está en la oposición, algunos dirigentes de la derecha empezaron a plantearse si realmente Rajoy servía para el objetivo de ganar las elecciones. En los cenáculos comenzó a plantearse una posibilidad que algunos alumbraron como un rayo de esperanza: que Rodrigo Rato ocupara el puesto de opositor a la Presidencia del Gobierno mientras Rajoy mantenía el liderazgo del partido. No contentos con eso, los conspiradores pretendían que tal ocurrencia partiera del propio Rajoy. Hombre, es como pedirle al que ha cargado con la mochila hasta la cima que se ponga detrás de la cámara para hacer la foto al que ha subido en helicóptero.
No contentos en la revuelta derecha con la ‘operación Rato’, sale el díscolo Alberto Ruíz Gallardón, el rebelde Gallardón, y se apunta otra vez a lo de ir en la lista y ya sabemos todos, incluido Rajoy, para qué. Con el patio suficientemente revuelto, en lugar de aprovechar la circunstancia que le estaba poniendo en bandeja al PP un Gobierno absolutamente paralizado e incapaz de gestionar la crisis de unas infraestructuras obsoletas y una debacle económica que ya está sobre nuestras cabezas, aparece el que faltaba, don Manuel, el ínclito don Manuel, el pesado de don Manuel, que hace tiempo ya que debría estar calentando una mecedora a la vera de una chimenea y con una mantita tapándole las piernas. A Rajoy le crecen los enanos hasta debajo de las piedras.
Todo esto forma parte de ese pesimismo antropológico que sufre la derecha liberal desde que existe. Y realmente nada, o pocas cosas, han cambiado desde el 27-M hasta ahora. Con la excepción de que ETA ya no está en tregua declarada -aunque yo creo, francamente, que todo esto es un paripé-. Porque, vamos a ver, Rodríguez ahora se ha vuelto más españolista que nadie, pero su partido, que yo sepa, sigue gobernando en Cataluña con los independentistas de ERC y en Galicia con los del Bloque. Y reclama unidad contra el terrorismo y promete perseguir a los etarras hasta sus cuevas y esas cosas, pero ANV sigue siendo legal a pesar de no haber condenado las ultimas acciones de ETA. Y el país funciona por inercia. Y siguen llegando inmigrantes en cayucos. Y crece la delincuencia. Y podríamos escribir un libro con todos los desastres de este Gobierno, por mucho que ahora Rodríguez se presente como el paladín de las familias numerosas y de la unidad nacional.
Entonces, ¿cuál es el problema? Pues no es es otro que el poder. Esta maldita derecha indisciplinada ha olido el poder de cerca y son unos cuantos los que quieren retenerlo en sus manos. Y si creen que Rajoy no es lo suficientemente capaz de ganarlo para sus intereses, entonces lo mejor será sustituirlo. Es la derecha económica la que se está moviendo detrás de esos hilos que manejan los momentos de tensión que vive Génova 13, y sería bueno que Rajoy diera un puñetazo en la mesa y dijera eso de “¡aquí mando yo!” si no quiere que, de verdad, de aquí a marzo le hagan la cama una y mil veces a ver si acaba cediendo el testigo a su eterno candidato: don Rodrigo de Rato y Figaredo.
El problema es que Rajoy no es, precisamente, de los que dan puñetazos en la mesa, sino de los que, como he dicho alguna vez, intenta esquivar los problemas a ver si así se pudren y no tiene que desgastarse intentando solucionarlos. Pero esta vez, me temo, no va a poder ser. Rajoy tiene todo el derecho del mundo a intentar ganar las elecciones y a que le dejen intentarlo. Ha hecho una buena oposición durante estos casi cuatro años, con sus altibajos, con sus propias ciclotimias, pero ha mantenido el listón muy alto y los ciudadanos se lo premiaron el pasado mes de mayo. Sin embargo, si ahora el PP ofrece la imagen de la división y de la indisciplina, flaco favor le van a hacer a su líder y muy difícil le van a poner el objetivo de ganar las elecciones.
Francamente, dudo mucho de que un cambio de liderazgo a estas alturas pueda ser un revulsivo favorable a los intereses del PP. Más bien creo que todo lo contrario. Y a líderes como Gallardón, Rajoy debería meterlos en cintura y, si es necesario, aplicarles un severo correctivo, porque no se sabe muy bien si están sirviendo a los intereses del partido o a los de los enemigos políticos de su partido -que nos los suyos propios, por lo que parece-. Las elecciones, si las pierde, las perderá Rodríguez, y Rajoy las ganará si, en ese escenario de pérdida de confianza del Gobierno, logra mantener apiñado el voto del PP, que es de lo que se trata. Y para eso solo hace falta que no genere rechazo.
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