LIBROS
París, espejo de América
@Esteban Hernández - 25/08/2007
PÁJAROS DE AMÉRICA

Autor: Mary McCarthy
Editorial: Tusquets
Páginas: 380
Precio: 22 €
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Es curiosa la fijación estadounidense con Francia. Desde luego, en los últimos tiempos, las mayores fricciones vinieron por la distancia que el gobierno Chirac estableció respecto a la Casa Blanca durante la guerra de Iraq y con la consiguiente reacción hostil hacia lo francés que los neoconservadores trataron de imponer en el interior de Estados Unidos. Pero en esa misma tesitura se hicieron presentes algunas de las visiones que sobre lo galo se manejan en aquellos lugares. Un francés es básicamente un ser que se piensa superior, que se cree legitimado para mirar por encima del hombro a quienes disfrutan de la cultura popular, no aprecian la comida de diseño y no saben distinguir un estilo artístico de otro. En cierta manera, son los mismos rasgos que los neoconservadores han atribuido a los últimos candidatos demócratas a la Casa Blanca, esnobs y egoístas que odian al pueblo. No en vano, llegaron a acusar a Kerry de estar dirigido desde París. Y les fue bien. Pero hay otra visión, que hace a la América progresista, que tiende a ver en lo europeo, y particularmente en lo francés, a quienes saben disfrutar de la vida, a quienes saben apreciar los pequeños placeres, desde un buen vino hasta el sexo refinado, gentes sofisticadas que son capaces de añadir un punto de elegancia necesaria a los quehaceres habituales.
Claro que ambas tendencias, mucho más que reflejar lo que es Francia o los valores que puede representar, nos hablan, utilizando el espejo galo, de cómo se ven los estadounidenses a sí mismos, qué tipo de cosas valoran y odian, cuáles son sus aspiraciones y sus fobias. Y ése es el mecanismo exacto que emplea Pájaros de América, una obra de las de antes imaginada por una escritora de otro tiempo, y que utiliza la metáfora francesa en dos sentidos, hoy inusuales.
Para Mary McCarthy, América era la democracia, mientras que Europa representaba el aristocratismo. América era un lugar inocente donde todo el mundo creía en la letra de la ley y, por eso, peleaban con ahínco, para que sus derechos fueran respetados. Europa era un lugar pragmático, donde los policías detenían a los manifestantes según fuera o no la hora de comer y donde los servidores públicos sólo buscaban tener los menores problemas posibles en lugar de defender el interés común. América era un país lleno de ideales y amabilidad, mientras que Europa era hostilidad y egoísmo. En América nadie se mostraba interesado por el dinero, ya que el norteamericano medio era alguien que no vivía para sus posesiones, sino que buscaba bienes más espirituales; al europeo, por el contrario, ese ascetismo no le cuadraba en absoluto. Quería gozar de los bienes materiales, y cuanto más rápido, mejor. En otras palabras, que París funcionaba para Mary McCarthy de un modo similar al que opera en el imaginario de los neoconservadores contemporáneos, como el lugar en el que se manifiestan los defectos del ser humano, sus grandes deficiencias y la verdad de la vida social. París representaba, de hecho, lo más negativo de la propia vida americana.
Y por eso, la Francia del texto funciona como fondo simbólico de la prueba de la realidad. Peter Levi, el protagonista de Pájaros de América y trasunto de una joven Mary McCarthy, forma parte de ese grupo de estadounidenses bienintencionados que han visto la vida a través de los libros, que se han manejado en entornos protegidos y que han tenido una existencia lo suficientemente fácil como para poder describirla a través de conceptos filosóficos. Y lo que hace la autora es enviar a ese ser ingenuo a la prueba de fuego que es París. O dicho de otro modo, y ha sido un motivo recurrente en las creaciones culturales, como si mandásemos al inocente joven rural a la jungla de la gran ciudad a ver si sobrevive, sólo que en lugar de situar la novela en Nueva York o en Hollywood, como sería lo usual, ubica la acción en París. Dado que su protagonista no es un joven paleto sino un representante de la clase media alta de las costas yanquis –padre catedrático, madre artista-, había que buscar algo más distinguido que una simple metrópolis estadounidense. Y ningún lugar como París para un estudiante de filosofía que se pregunta acerca de la aplicación real del imperativo categórico kantiano…
Las preocupaciones que en Francia muestra ese Peter Levi medio judío, medio wasp, son en gran medida las de su autora. Y la principal tiene que ver con cómo compatibilizar los ideales elevados y la realidad de su aplicación en gente que no puede recibirlos en toda su grandeza. Podemos querer un ideal igualitario, piensa McCarthy, pero quienes lo pretenden están un paso por encima de quienes deberían querer aplicarlo. Levi encuentra la mejor metáfora en la limpieza de los retretes comunes. Si quienes le precedieron en su uso tienen como pauta no tirar de la cadena, él no puede evitar sentirse asqueado por un comportamiento que califica de asqueroso. Pero si quiere ser igualitario, debería actuar como ellos, algo que la repugna. Y si no lo hace, es porque se sitúa por encima, como un ser superior, lo que contradiría su intención igualitaria. En fin, que se encuentra ante el dilema de verse como alguien que se sale de la norma, que se distingue radicalmente del pueblo y que, al tiempo, pretende la igualdad.
Pero, al margen de las divagaciones sobre la igualdad de Mary McCarthy, novelista, ensayista, amiga de Hannah Arendt, y una de las personalidades más famosas del progresismo estadounidense a mediados del pasado siglo, la novela recoge algunos elementos de notable interés. El principal es que incluye sugerentes retratos, irónicos, fieles o distantes, de personajes (pájaros) norteamericanos, recogiendo así formas de pensar, sentir y de relacionarse con el mundo, particularmente activas en el momento en que la novela fue publicada, hacia 1965, lo que nos sirve para constatar lo mucho que se ha transformado la mentalidad estadounidense (y con ella, la occidental) en cuatro décadas. Además, la obra de Mary McCarthy es una obra antigua; es decir, privilegia descripciones y pensamientos sobre acciones, su prosa es más que digna, acumula varios méritos literarios y algún defecto de ritmo y sobre todo, apuesta por buscar la esencia entre toda la hojarasca. Es, por tanto, literatura inusual, lo que la hace especialmente agradecida.
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