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EL EROTICÓN

Rutinas de pareja

Sexo

Carlos de la Cruz* - 21/08/2007

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Es curioso. Los profesionales de la sexología nos hemos pasado tanto tiempo escribiendo sobre la importancia de sorprender a tu pareja, los peligros de la rutina o sobre cómo hacer de la erótica una aventura diaria que, paradójicamente, hemos conseguido que muchas parejas salgan corriendo a esconderse. Naturalmente hablo de todas esas parejas con una erótica predecible, donde casi siempre se sabe lo que va a pasar, hasta el cómo y el dónde y que sin embargo son felices. Disfrutan y se lo pasan bien. ¿Serán unos pervertidos?

Hay quien disfruta veraneando en Torrevieja, en playas atestadas de gente y que es feliz chapoteando entre centenares de bañistas. Lo hace año tras año y ha aprendido a convivir con el atasco de la ida y el de la vuelta, con la pelea por clavar la sombrilla y con la espera en el chiringuito. Hay quienes se pasan la quincena refunfuñando, pero la mayoría conoce las reglas del juego, las aceptan y disfrutan todo lo que pueden. Es más, el año que viene, si pueden, volverán.

También hay otros y otras que en cuanto se acerca el verano empiezan a planear una ruta “alternativa”. Huyen de los lugares comunes. Buscan lo que llaman “auténtico”, donde nadie haya estado con anterioridad, donde sea imposible encontrar un autobús con turistas y mucho menos un restaurante de comida rápida. Saborean la soledad, los parajes indómitos y sienten como valor no ser como los demás.

Sería difícil saber quien es más libre de los dos grupos. Una primera lectura nos haría distinguir entre quienes se someten a la tiranía de las masas y quienes son libres de buscar por sí mismo. Pero otra lectura más sosegada nos permitiría ver las cosas de otro modo. Quienes se sienten libres de hacer lo que les gusta sin importarle que haya otros mil haciendo lo mismo y quienes se sienten en la obligación de ser los “únicos” en algo.

La aventura en la mesa camilla

Con las relaciones eróticas sucede algo parecido. ¿Quién disfruta más? ¿Quién inventa situaciones nuevas cada día, quién ensaya posturas imposibles y quien se atreve con todo tipo de juguetes eróticos o quien se maneja perfectamente en el coito predecible de los sábados? Supongo que habrá distintas respuestas y supongo que eso será lo bueno. Qué lo importante no es “lo que se hace” sino “cómo se vive”.

Es lógico que pueda haber mucho placer y ¡muchos orgasmos! en la variedad, pero ¿quién ha dicho que con lo cotidiano no pueda suceder lo mismo? ¿no es, acaso, liberador dejar de preguntar “qué tal” al final de cada encuentro amoroso?

La pareja estable tiene estas cosas, que te permite pasar de la angustia del querer quedar bien a la plácida sensación de saber que los mínimos están garantizados. Evidentemente otra cosa sería si la pareja se instala en el desencuentro o en la ausencia de esos mínimos. Peor aún si la pareja se cobija en la mentira del “yo también disfruto”.

Alrededor de la mesa camilla puede haber muchas aventuras. No la de lo desconocido, pero sí la de las manos sabias que reconocen tu cuerpo y tus reacciones. La aventura de saber escoger la “ola buena” y hacer todo el recorrido sin el temor a la caída. La aventura de mostrarte como eres sin miedo al rechazo, con la garantía de que se aceptan tus gemidos, tus olores, tus texturas y, en definitiva, todo o toda tú.

Ya sé que se me podrá decir que todo esto podría suceder en parejas con menos estabilidad. Y es cierto, tan cierto como que sucede menos veces. ¿Por qué? Habría que preguntarlo a los protagonistas. Pero todo apunta a que es difícil desprenderse de las trampas del “buen rollito”, tener que disfrutar, tener que hacerte disfrutar, tener que sorprenderte, tener que hacer algo inigualable… Muy buenas intenciones, pero demasiados “tener que”. Así difícilmente brote deseo alguno. Y ya se sabe entre la obligación y el deseo, la erótica siempre se decanta del lado de los deseos.

La paella de los domingos

Llegados a este punto no creo que haga falta defender la legitimidad del “coito ritual” del sábado, como tampoco la paella de los domingos, las cenas de Navidad o el cine de los miércoles. Sobre todo cuando se le saca sabor y placer a cada una de esas acciones. Cosa distinta es que no te guste la paella y lleves muchos domingos haciendo como si fuera tu plato favorito.

Las parejas que se quieren pueden cometer grandes errores. Uno de ellos, y de los más graves, es que creen que con quererse es suficiente y que, en cualquier caso, será el paso del tiempo quien se encargue de pulir los detalles. Si algo no funciona, piensan que con dejar pasar el tiempo se conseguirá el remedio. Lo dicho, gran error. Por el contrario, los días pueden acabar convirtiendo en problema lo que apenas era una dificultad, un pequeño contratiempo por prisas, nervios, inexperiencia o exceso de pasión.

La solución hubiera sido sencilla, se trataba sólo de decir algo el primer día. No dejar la situación rodeada de silencio. Que luego los silencios crecen. Y, como todos se supone que sabemos, es más fácil hablar de lo sencillo que de lo complejo.

No era necesario esperar para poder permitirnos decir las cosas que más nos gustan y las que consideramos mejorables. En realidad, casi siempre, esos primeros reproches si sabemos afrontarlos en vez de evitarlos, se convierten en una vacuna. A partir de ahí sólo queda mejorar.

Cada uno a lo suyo

En la aventura de lo cotidiano las parejas juegan con otra ventaja frente a las que están por hacerse: cada uno o cada una se permite ocuparse de su propio placer. Se permiten ser egoístas. No tienen dudas de que se quieren y de que se desean lo mejor. Por eso no hace falta “continuas demostraciones” de abnegación y entrega. Cada uno se encarga de su placer, sin olvidar que su pareja existe, y así se garantiza un final feliz para ambos. Si hay que reclamar se hace y si hay que pedir se pide.

En las parejas en construcción se suele dar ¡y con mucha frecuencia! que cada uno o cada una está “a lo del otro”. Esto es, que ambos prescinden de su propio placer para ocuparse prioritariamente del placer de su pareja. Con lo cual nadie está donde debe. En estos casos cuando se disfruta es al oír la palabra “bien”, tras la pregunta ritual: ¿qué tal? Pero sensaciones, placeres y orgasmos: los justos.

La pareja estable suele tener mala prensa. Pero es que a veces se achaca a la estabilidad lo que únicamente es responsabilidad de cada uno de sus miembros, de ambos. Todo tiene sus ventajas e inconveniente y saber adaptarse a las ventajas de lo cotidiano, de una vida sin sorpresas, es uno de los compromisos no escritos de casi todas las parejas. Lo que no quita para que de vez en cuando, si uno quiere, si una quiere, se sea capaz de... ¡Allá cada cual!

*Carlos de la Cruz es psicólogo y sexólogo.

Asociación www.lasexologia.com.

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