TEATRO
El amor y otras patologías

@Nacho Gay - 18/08/2007
LAS AMARGAS LÁGRIMAS
DE PETRA VON KANT

Dirección: Miguel Insúa.
Autor: R. W. Fassbinder.
Adaptación: José María Eche y Miguel Insúa.
Intérpretes: Luchy López, Natalia Méndez, Sandra Dominique, Ana María Casas, Dulcinea Juárez e Ismeni Espejel.
Lugar: Teatro Gran Via (Sala 1), Madrid.
Teléfono: 91 541 55 69.
Horario: Miércoles y jueves a las 21.30 h.; viernes a las 22.00 h.; sábado a las 20.00 y 22.30 h.; domingo a las 19.00 h.
Fecha: Del 16 de agosto al 9 de septiembre.
Precio: 18 euros.
www.angelgalancomunicacion.com
Cuesta creer que la Gran Vía, reconvertida de un tiempo a esta parte en una especie de Broadway madrileño, vaya a albergar por tres semanas una obra como Las amargas lágrimas de Petra Von Kant; un relato existencialista y profundamente complejo redactado hace más de treinta años por Rainer Werner Fassbinder, hombre ‘renacentista’ alemán de vocación multidisciplinar que estaba llamado a convertirse con el tiempo en uno de los grandes iconos de la cultura centroeuropea del siglo XX, entre otras muchas razones, por llevar este montaje autobiográfico a las tablas en 1971 y trasladarlo posteriormente al cine en el 72. Gran película, por cierto.
El atrevimiento que supone rescatar el clásico de Fassbinder sólo se entiende si se tiene en cuenta que la compañía que firma el montaje es Cráneos de Yorick, un reducido grupo de farsantes con talento, de reciente fundación, cuyo nombre deja a las claras sus intenciones iconoclastas y la deriva vanguardista en la que viven sumidos de forma permanente. Conste que, como suele ocurrir en toda representación arriesgada, diferente y rupturista, en esta nueva versión de las desdichas de Petra Von Kant (pronúnciese fon Kant) hay elementos que ayudan a potenciar el discurso existencialista y fenomenológico de Fassbinder y otros que, simplemente, consiguen el efecto contrario.
Para comenzar, la obra lanza una propuesta de interacción al público, un envite insólito y un tanto maniqueo, que consiste en colocar una serie de sábanas en el escenario que hacen las veces de pantalla. El espectador es por unos segundos espectador de sí mismo, con lo que se pretende generar una sensación de pertenencia a la pantomima que inevitablemente debe obligar a la reflexión. Una forma un tanto heterodoxa de universalizar el texto de Fassbinder y de extrapolar las conclusiones de lo que, a la postre, podría ser calificado como un tratado científico de la naturaleza humana.
La idea queda patente durante toda la representación, porque el escenario -desnudo de todo artífico, de todo objeto material- imita las formas de un patio de butacas, en un intento de hacer rebotar constantemente el mensaje; de mantener viva una relación dialéctica de corte reflexivo con el espectador. Al desconcierto inicial en el que queda sumida la sala ante semejante propuesta, se le une la presencia sobre las tablas de una segunda pantalla, colocada en el proscenio, dedicada a albergar imágenes de las actrices fuera de escena, cuyos gestos hacen hincapié en acciones que subyacen en el texto. Así pues, se establece una obra ‘total’, fundada en diferentes disciplinas y cuyos principios de lectura se antojan libres.
Precisamente es esa pretendida libertad, la misma que posibilita al espectador a elegir lo que quiere ver en cada momento, la que provoca una temprana sensación de agotamiento y una intermitente desorientación intelectual. Ahora bien, cuando el texto de Fassbinder toma forma por sí mismo, comienza a dar igual que algunas actrices digan los textos con más o menos tino, o que la propuesta escenográfica de Miguel Insúa sea tan pretenciosa que a uno se le escape por momentos. Cuando la obra de Fassbinder cobra cuerpo, uno se ve obligado a compartir el desarraigo emocional de una Petra, fascinante y contradictoria, que pretende combatir la masculinización del mundo con las mismas armas que desprecia, esto es, el dominio, la sumisión y el control.
Es entonces, y sólo entonces, cuando el autor alemán se torna enteramente trascendental; cuando se interroga sobre la contradicción que subyace en la configuración de un discurso liberador y la dificultad de su puesta en práctica; cuando reflexiona sobre el feminismo y la homosexualidad; cuando traspasa los límites de lo políticamente correcto en la presentación y desarrollo de una relación lésbica... entonces, y sólo entonces, la adaptación que Cráneos de Yorick ha elaborado para conmemorar el veinticinco aniversario de la prematura muerte -con sólo 37 años- de este gran visionario, cobra coherencia interna y se convierte, a parte de en una proclama reivindicadora del proceso creativo, en una amalgama de enredos visuales que enraiza, como el propio libreto, en la contradicción que entraña toda verdad absoluta.En cartel en Madrid:
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