India cumple 60 años con el sueño de consolidarse como potencia global
Efe. Nueva Delhi (India)/Lahore (Pakistán).- - 15/08/2007

Sesenta años después del trauma de su partición y el logro de la independencia, la India mira al futuro con la sueño de consolidarse como potencia y un camino lleno de obstáculos para dejar atrás su etiqueta de viejo elefante asiático. "Cuando el reloj toque la medianoche, cuando el mundo duerma, la India despertará a la vida y a la libertad. Llega un momento (...) en que pasamos de lo viejo a lo nuevo, al fin de una era", afirmaba el primer ministro Jawaharlal Nehru en el discurso que inauguró la independencia india en la medianoche del 14 al 15 de agosto de 1947.
Seis décadas después, lo viejo y lo nuevo siguen conviviendo en una India marcada por un impresionante crecimiento macroeconómico que no impide que el 24 por ciento de sus 1.100 millones de habitantes vivan bajo el umbral de la pobreza, según la cifra oficial. El desarrollo económico, con un PIB que avanza a un ritmo cercano al 9 por ciento anual, ha beneficiado sobre todo a las clases altas y medias, mientras que la mayoría de la población sigue sumida en la pobreza tras quedar al margen del desarrollo vivido en estos 60 años.
Según las conclusiones de un estudio de una comisión gubernamental difundidas la semana pasada, 77 por ciento de los indios viven con menos de 20,3 rupias (medio dólar) por cabeza al día, el precio de un litro de leche en Delhi. El propio primer ministro, Manmohan Singh, reconocía a mediados de este año estar "perplejo" por las diferencias entre las distintas regiones y mostraba su preocupación porque el "boom" económico ni va a la misma velocidad que la creación de infraestructuras, ni ha logrado reducir el abismo económico entre las urbes y el campo.
Es en las zonas rurales donde el Gobierno tiene, además del económico, otro gran caballo de batalla: la superación del rígido sistema hindú de castas, que pervivió durante la colonización británica y resiste aún, al calor de las tradiciones religiosas y de un escaso índice de alfabetización. Pese a todo, en los últimos meses la India ha dado algunos significativos pasos adelante hacia la igualdad, reflejados en hechos como la elección de una "dalit" o "intocable", la comunidad más desfavorecida en el sistema de castas, como jefa de Gobierno del importante estado norteño de Uttar, el más poblado del país.
A los conflictos sociales y religiosos, con esporádicos enfrentamientos entre la comunidad hindú y la musulmana como reminiscencia de los tiempos de la partición, se une la violenta lucha de numerosos grupos separatistas que actúan en el vasto territorio indio. Además de con el tan traído conflicto de Cachemira -donde operan más de una docena de grupos que quieren su independencia o su anexión a Pakistán-, la India debe lidiar con una treintena de organizaciones armadas.
Después de 60 años, Pakistán sigue sin consolidar una democracia genuina
Sesenta años después de la lucha que llevó a la independencia y partición del subcontinente indio entre la India y Pakistán, este último país todavía ha de consolidar una democracia genuina. La historia política del Pakistán independiente se ha caracterizado por períodos alternos de Gobierno autoritario militar y de poder civil, con el denominar común de la inestabilidad. Si, según la organización estadounidense Fondo para la Paz, Pakistán aparece este año en el puesto número 12 del ránking de Estados fallidos (peor que Sierra Leona o Corea del Norte), ello se debe en parte a la emergencia del islamismo radical, pero también a la incertidumbre que rodea al régimen del presidente Pervez Musharraf.
Musharraf, que llegó al poder en octubre de 1999 siendo jefe del Ejército con un golpe de Estado incruento, inició más tarde un proceso de legitimación con vistas a dotarse de una corteza democrática, y en 2002 convocó un referéndum que prorrogó su "mandato" hasta este año. El general y presidente busca la reválida en ambos cargos en plena crisis y no da muestras de estar dispuesto a ceder en su planes pese a las críticas internas y de sus aliados exteriores.
Musharraf anunció este fin de semana que buscará la reelección como presidente entre el 15 de septiembre y el 15 de octubre por parte de las Asambleas actuales, que le han dado muestras sobradas de lealtad y cuyo mandato termina el próximo 15 de noviembre. La oposición le reclama que convoque primero elecciones para un nuevo Parlamento, encargado más tarde de elegir al presidente, y le pide que abandone el mando del Ejército si pretende la reelección como jefe del Estado. Musharraf ha ofrecido buscar un "refrendo" formal del futuro Parlamento y parece no temer que se interponga en sus planes un poder, el judicial, que durante décadas se ha plegado al Ejecutivo y legitimado la sucesión de golpes de Estado que ha sufrido Pakistán.
El general maniobró para hacer del Tribunal Supremo una institución más dócil y suspendió de su cargo el pasado 9 de marzo al presidente de la corte, Iftikhar Chaudhry, un juez incómodo que investigó desapariciones de ciudadanos a manos de los servicios secretos. Pero el Supremo, tras meses de audiencias y protestas en las calles, devolvió a Chaudhry a su cargo, una medida celebrada por la oposición democrática, cuyos líderes, los ex primeros ministros Nawaz Sharif y Benazir Bhutto, amagan con volver del exilio. La decisión del Supremo se produjo el pasado 20 de julio, apenas unos días después de los sucesos de la Mezquita Roja, un nido de islamistas en Islamabad que fue asaltado a sangre y fuego por el Ejército con el resultado de más de un centenar de muertos.
El asalto devolvió a los islamistas al centro del discurso político paquistaní, con una ola de atentados suicidas que llevó a un preocupado Musharraf a reunirse hace poco con Bhutto en los Emiratos Árabes Unidos, aunque la reunión concluyó sin acuerdo. Posteriormente, el presidente ha descartado que vaya a facilitar el regreso de los exiliados, que considera "desestabilizador" para Pakistán, aunque ambos están presionando al régimen con peticiones al Supremo.
Pakistán paga todavía la política de islamización llevada a cabo por el general Zia ul-Haq, que en la década de 1980 potenció, con la bendición de Estados Unidos, el radicalismo muyahidín para luchar contra los soviéticos en Afganistán.
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