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Negro tirando a blanco

@Esteban Hernández - 11/08/2007

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EL SECRETO DE CHRISTINE

Autor: Benjamin Black.
Editorial: Alfaguara.
Páginas: 368.
Precio: 19.50 €
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Cuando un texto es unánimemente recibido, tantas menciones suelen aportar al lector la certeza de que algo destacable hay en él, de que ese libro goza de méritos objetivables que se transforman en reconocimiento general. Es cierto que entre esas obras, y más a menudo de lo que sería recomendable, hay algunas que sólo cuentan con un argumento polémico masivamente reproducido por los medios o cuyo mayor hazaña es la capacidad de su autor para relacionarse con la prensa. No es el caso del mayoritariamente alabado El secreto de Christine, el punto y aparte en la obra literaria del reputado escritor irlandés John Banville, que se ha inventado un seudónimo para dar rienda suelta a un género que considera menor (como prueba la misma elección de publicarla bajo otro nombre), como si se hubiera decidido a engañar a una pareja de gran distinción y belleza con otra de menor estilo, pero más brusca y salvaje.

En esa infidelidad bajo nombre supuesto, el autor de El mar (ganador del Broker 2005), tan celebrada a un lado y otro del océano, Banville recorre dos direcciones opuestas. En el primer camino se nos muestra ágil, certero y veloz, capaz de recoger con fidelidad extrema los pensamientos que resuenan dentro de las mentes de sus protagonistas. Habituado a personajes agobiados por las culpas, esa atmósfera de pecado y redención está del todo presente en esta aventura negra, y es ese cúmulo de sentimientos encontrados y de cargas eternas sobre los hombros la baza que mejor nos engancha y que con mayor empatía nos hace ver a Quirke, el detective a su pesar que es el punto central de El secreto de Christine.

La segunda dirección tiene que ver con cierta deriva usual en la cultura contemporánea. Imaginemos un director contemporáneo cuyo mayor mérito sea recoger toda la carga estilística del neorrealismo italiano con un argumento prototípico de la época; a una banda que sea capaz de reflejar en sus canciones todos los trucos del rhythm and blues de los 50 o que sea capaz de imitar a cualquier gran grupo a la perfección. Imaginemos, pues, a un escritor consagrado que es capaz de recoger muchos de los estereotipos de la serie noir y de sintetizarlos en una floja historia plenamente adecuada para los años cincuenta europeos. Pues eso es lo que Banville nos ofrece aquí, una novela anacrónica descrita con enorme pericia, una revisitación robusta de los estereotipos de la época, brillantez literaria y deficiencia argumental a partes iguales.

En realidad, buena parte de la novela negra tenía que ver con el retrato, a través de las familias más ricas de la sociedad, de lo que en ésta ocurría. Mientras que la moralidad pública nos hablaba de respeto a las normas, de cumplimiento convencido de preceptos religiosos y de una vida de contención y regularidad, y quería señalarnos que esa misma sociedad veía el lujo como propio de nuevos ricos y no como cualidad de quienes debían llevar las riendas de la sociedad, los detectives de la serie negra conocían otra realidad, la verdadera; ese mundo subterráneo de chantajes, sobornos y crímenes era el trasfondo que componía la sociedad capitalista. Y la familia (rica) era su mejor representación, un hervidero de ambición, de transgresión de las normas más elementales, de actitudes tiránicas que seguían al simple egoísmo, de la incapacidad para poner en marcha el más mínimo proyecto común. La inmoralidad más acentuada residía en la parte alta de la pirámide y eso era lo que la serie negra venía a decirnos: que la realidad era de otra manera.

Una actitud que nutre, en sus estereotipos, a la novela de Banville/ Black. Sólo que éste prefiere a la atmósfera urbana la niebla irlandesa, elimina las luces de neón y las cárceles llenas de famosos de las ciudades estadounidenses, prefiriendo la oscuridad de los callejones dublineses y las tinieblas de las grandes mansiones de Boston. Aquí no hay patrullas por las colinas de Hollywood ni polícias corruptos en Nueva York, sino peligrosos matarifes del submundo irlandés. Y un montón de víctimas del sistema que entrevemos a través de, como dice Banville, “niebla, carbón, arena, vapores de whisky y humo viciado de cigarrillo”.

Pero lo que no varía es la familia, asunto más central aún en la narración de Banville/ Black que en las novelas a cincuenta centavos de la serie negra. El protagonista, Quirke, médico forense, adoptado por un conocido juez, mantiene una relación áspera con su hermano adoptivo, que además se ha casado con la mujer que Quirke amaba y con el que compite por el cariño de su padre. Además, mantiene una relación peculiar con su sobrina Phoebe. Y lo que le ocurra a Quirke en el seno de esa familia, los secretos que salgan a la luz, serán tanto o más importantes que la excusa central de la novela, poco creíble incluso en los años cincuenta irlandeses, y que alude a una conspiración en la que anda envuelta, como suele ser usual en los últimos tiempos, la iglesia católica. Y lo que es peor, se aleja del todo de las intenciones críticas que la novela negra poseía. Bajo su trama, no hay ningún indicio de que quiera referirse a lo que funciona mal en la sociedad, sino sólo construir un cuento de ogros con sotana.

Banville tiene ya listo un segundo libro con el mismo protagonista, El cisne de plata, que muchos amantes del género le agradecerán. Y es que al personaje de Quirke no le faltan atractivos, y promete llegar mucho más alto, aun cuando requiera de una trama que esté a la altura del personaje. Mientras tanto, nos conformamos con el saber hacer estilístico y con la pericia de Banville a la hora de penetrar en la mente de sus criaturas.

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