TRIBUNA
'El solitario', De Juana Chaos y otros lobos para el hombre
Javier Sánchez García* - 25/07/2007
La formación moral, el horneado interno que nos convierte en hombres y mujeres capaces de ponernos en la piel del otro, es un proceso que no experimentan todos los niños. En los intentos de explicación de esta realidad universal e histórica se ha apelado a una incapacidad para sentir ansiedad y realizar asociaciones entre una conducta antisocial y el subsiguiente castigo. Sobre una predisposición biológica a no sentir “empatía”, la falta de modelo paterno o la desestructuración familiar, las experiencias de maltrato infantil o ciertas alteraciones del desarrollo cerebral, podrían contribuir a no ser receptivo y por tanto a no adquirir las emociones sociales, a saber, compasión, vergüenza, culpa y amor. Así, a la naturaleza humana le nace esta clase de seres reptilianos que actúan de forma predatoria y a los que llamamos sociópatas primarios.
Si estos individuos, distintos en su esencia al delincuente común, (el Rafita, De Juana Chaos, Radovan Karadjic) pueden interiorizar conceptos morales es discusión inacabada, pero lo que los estudios más rigurosos indican es que el sociópata sádico, no es obra absoluta del ambiente ni curable por el mismo. Como la energía, podría decirse que la personalidad sociopática ni se crea ni se destruye, se transforma, y que con los métodos actuales de abordaje, este cambio casi siempre, es a peor. Los asesinos de Sandra Palo, de Juana Chaos y Karadjic, encarnarían, como en un lienzo de Hans Baldung Grien, la representación de las tres edades del ser inhumano.
Extraña y ultraja el ensañamiento de estos esbirros en el crimen, porque desmonta uno de los principios básicos de la convivencia, la asunción tácita de que en estado de paz el otro no nos atacará. El primer hombre que dijo esta tierra es mía y puso una valla, internamente se dijo también: “Si yo no traspaso ese lindero que determina lo que es mío y lo que es suyo, él no me atacará”. Creyó que al decir esto es mío y esto es tuyo, el otro convendría con él. Y esto es válido hasta que uno de los que tenemos por confiables demuestran que no sólo no lo es, sino que su naturaleza es no serlo; que hacemos pared con pared con ‘El Solitario’, vaya. Confiar en que el otro no es una amenaza constituye un requisito necesario e irrenunciable para la convivencia. La infracción de esta regla del juego nos sitúa de bruces ante la impredecible brutalidad de nuestros congéneres y sume a la sociedad en un estado de precariedad moral que hace temblar su estructura.
Desde primates y niños, venimos requiriendo explicaciones, certezas, justificaciones. Creemos que así la angustia decrecerá, que parapetados en las trincheras del pensamiento mágico comprender algo es equivalente a estar en situación de poder aprehenderlo, dominarlo, extinguirlo. Ya los pobladores de las Altamira, concebían que pintar algo equivalía a controlarlo, eliminarlo, vencerlo. En contraposición, el miedo que no podemos representar, nombrar o tocar es el miedo más temible. Por eso con tanta frecuencia nos intentamos persuadir de que el sociópata primario (los violadores y asesinos sádicos, los maltratadores y terroristas), por incapaz de experimentar compasión o sentimientos de culpa ha de ser un enfermo.
A nuestra condición racional no le basta con el quién, el cómo, el dónde ni el cuando, que constituyen sólo el preámbulo del por qué. Y en el porqué de los comportamientos que no comprendemos cuadra bien el concepto de “enfermo”. El “enfermo” es identificable, se le puede cuantificar, recluir, poner en cuarentena, la propia palabra parece achicarlo.
Bastaría con comparar el aluvión de información que recibimos con el número de porqués ciertos que se nos alcanzan para conmover los mismos cimientos de nuestra sociedad. Ignorar el “porqué del qué” nos mantiene en estado de zozobra, pues no en balde nuestra inteligencia ambiciona lo que no puede darnos. Pero aún peor es el falso conocimiento de un porqué que se nos ofrece de forma interesada, condenado como está a ser viudo de la satisfacción y consorte para la desesperanza. El “efecto invernadero” de las elucubraciones tendenciosas nos deja siempre más estériles de lo que éramos. He ahí la gran oportunidad y la gran perversión de cierta forma de información, que aprovecha nuestro anhelo de conocer las causas, los entresijos, el meollo, para instilar de forma subrepticia su capciosa agenda oculta.
Encontrar una explicación a los actos malvados nos aleja de la onda expansiva de la sinrazón, de la aleatoriedad de sus zarpazos, nos aloja en un bunker invulnerable al caos de lo incomprensible. Por el contrario, los porqués propagandísticos nos convierten en prisioneros de la propia fortaleza que edificamos. Si no soy kurdo, ni practico el bestialismo, ni me meto en política, si no salgo a deshoras, ni llevo minifalda, si no paso delante de cuarteles, ni voy a centros comerciales, si no hago esto ni aquello, ni dejo que los míos lo hagan, si averiguo cuál es la motivación del malo, qué le es propicio o lo excita, si trato al otro como al enemigo que es, podré mantenerme a salvo...
Por desgracia, no importa cuanto indaguemos, nada, salvo nuestra absoluta renuncia al amor y la vida puede blindarnos. La bestia nos seguirá siendo desconocida e inescrutable, ya que está disfrazada de congénere y pese a ello. Tan desconocida e imprevisible es para su víctima como para sí misma, y esto a pesar de que algo de esa bestia reside en cada uno de nosotros, esperando las circunstancias adecuadas para escapar de su yugo. Asistimos a un cambio climático íntimo que es el “recalentamiento persecutorio”. Cada año la estación de la ansiedad se nos vuelve más rigurosa y duradera, y nos venden miedo para salvarnos de lo que nos lo produce. ¿Y sin embargo, qué circunstancia más propicia para la emergencia de la bestia que precisamente el temor, el sentido de amenaza, la angustia?
Si los límites del lenguaje son los límites del entendimiento como propuso Witgenstein, más allá de los límites del entendimiento es donde campa a sus anchas el horror. Intentando que los límites de la ley acoten lo que el entendimiento ya no abarca, las sociedades construyen Guantánamos, electrifican sillas, o inventan conspiraciones pero siguen perdiendo batalla tras batalla. Perseveran y perseveran, derrota tras derrota, sin percatarse de que con la penitencia crean el pecado.
*Javier Sánchez García es psiquiatra.
Opiniones de los lectores (3)
3.
CampodetenisMiércoles, 25/07/2007, 16:29 h.
Bueno sí, tantas cosas que intenta la sociedad para que no haya criminales y los sigue habiendo. ¿Y?.
¿Alguien se apunta a vivir en el año 1100? (de "normal", no de condesito, que de esos había muy pocos).
Yo, personalmente, si no me quedara más remedio que volver "patrás" elegiría "cuando" los romanos. Me resultan mucho más evocadores...
2. peteteMiércoles, 25/07/2007, 11:54 h.
Interesante análisis de uno de los problemas para los que ni las autoridades competentes ni la comunidad científica parecen tener soluciones. Estremece pensar que hay personas tan desalmadas cerca de nosotros, y que cuanto más inteligentes más cerca están de llegar a consejeros delegados, presidentes de bancos o del Gobierno. No sentir remordimientos ni apiadarse de la desgracia ajena es el primer paso para la deshumanización
1.
alejandropilladoMiércoles, 25/07/2007, 09:37 h.
Buenos dias:
Si tán solo cada uno se dedicará a mirarse así mismo antes de perjudicar a otros.-
Si aunque sea por la educación que se le ha dado para sobrevivir en este mundo impera muchas veces "si no te atacan no atacas" si los animales matan SOLO para comer llegamos a la conclusión que estos otros individuos como dice el artículista (al menos lo deduzco así)no se los puede calificar ni de enfermos son una especie a estudiar y eliminar o aislar del resto de los seres humanos.-
No hay causa u objetivo en politica que permita a un ser humano eliminar a otros salvo que geneticamente sea un ser degenerado.-
Pierden y siguien dice el articulista pero ¡cuidado¡ porque cuando ganan es cuando comienzan a depradar sobre la humanidad
Interesante artículo.
Un saludo
Alejandro Pillado
Valencia 2007
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