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DOS PALABRAS

Piqué, orgullo y prejuicio

@Federico Quevedo - 21/07/2007

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“El problema de Mariano es que tiene la mala costumbre de dejar que se le pudran los problemas en vez de afrontarlos en el momento”. Mi interlocutor se refería, como es obvio, a que Mariano Rajoy debía de haber solucionado el ‘problema Piqué’ hace dos años, cuando su primer conato de dimisión tras sus duras críticas a Acebes y Zaplana puso al líder del PP contra las cuerdas. O hace poco más de un año, en enero de 2006, cuando una reflexión de Acebes desautorizando unas palabras de Francesc Vendrell llevaron a Piqué a lanzar un nuevo órdago a la dirección de su partido. Entonces, Rajoy se lo llevó a su casa en Aravaca y en tres horas recondujo la crisis, pero ya entonces muchos dijimos que aquello era un parche, como en efecto se ha demostrado ahora. Quizá aquel era el momento de haber afrontado la situación y haber buscado un recambio cómodo en Cataluña, ofreciéndole a Piqué la vuelta a la política nacional de donde es obvio que nunca debió de sacarle Aznar.

Pero eso ya es irremediable. Probablemente Rajoy ha querido, durante todo este tiempo, mantener a Piqué para que sirviera de contrapeso al discurso más abiertamente crítico con el nacionalismo catalán que se practicaba desde Madrid. Pero mantener ese equilibrio es extremadamente complicado, sobre todo porque desde las propias filas del PP catalán se había emprendido una estrategia de acoso y derribo del ex ministro de Aznar, a quién cabe recordar que el ex presidente aupó a la cúpula de los ‘populares’ catalanes después de defenestrar a Vidal Quadras y a Alberto Fernández Díaz para favorecer el entendimiento con Pujol. Y quizás la comprensión del problema catalán del PP no esté equivocada, es decir, que en efecto sea necesaria una persona capaz de equilibrar la bandeja del españolismo con la del acercamiento al nacionalismo, donde el PP tiene un granero de voto burgués en propiedad de CiU.

Pero el tiempo ha dado la razón a quienes creían que Piqué era una pieza equivocada en ese tablero, porque inclinó demasiado la balanza del lado del acercamiento al nacionalismo. Quizá no él, pero si algunos de sus colaboradores, Rafael Luna y Francesc Vendrell, quienes abrieron una guerra a muerte con las huestes de los Fernández Díaz. Y en esa tesitura, las elecciones municipales dan al traste con la estrategia de Rajoy-Piqué. Este último, que siempre ha mostrado una sobredosis de orgullo personal que se manifestó en todo su esplendor las dos veces anteriores en las que lanzó el órdago a Rajoy, por primera vez asumió que quizás estaba equivocado, y se dejó hacer, pero con una condición: la de que no pareciera que le estaban haciendo la cama. De hecho, tras las elecciones, Piqué habló con Rajoy y acordaron su vuelta a Madrid con un “después de las generales, ya veremos”, lo que dejaba manos libres a la Dirección Nacional para hacer los cambios producidos estos último días.

Hasta ahí todo iba bien. Pero ,el jueves, los medios, sobre todo La Vanguardia, interpretaron el asunto a su manera, es decir, como una desautorización a Piqué, y esto sentó como un cuerno quemado al líder del PP catalán que vio en esa interpretación la mano de Ángel Acebes. Nada más lejos de la realidad. Si algo puedo decir de Acebes, que nunca ha sido santo de la devoción de Piqué, es que no se dedica a esas cosas. Quizá Piqué debería mirar en su entorno. Porque, más que a Acebes, a quien esa filtración interesada convenía era a uno de los defenestrados en la remodelación de la cúpula del PP catalán, es decir, a Francesc Vendrell. Pero volvió a salir el orgullo del líder del político catalán, ese orgullo arraigado en lo más profundo de su manera de ser y que siempre ha hecho de él un personaje difícil de entender, salvo para algunos entre los que me encuentro. Y es que, con todo, la espantada de Piqué, que es obvio que deja a Rajoy a los pies de los caballos, no puede ser más inoportuna y menos conveniente para los intereses de Rajoy en Cataluña. Y Rajoy se ha sentido, lógicamente, defraudado.

Porque, no habiendo cogido este toro por los cuernos cuando debía, lo que menos interesaba a Rajoy a ocho meses de unas elecciones generales –si Rodríguez no las adelanta, que tal y como están las cosas quizás sea lo que más le conviene- es que le abran una crisis en Cataluña, por mucho que la haya cerrado en veinticuatro horas. Pero las heridas siguen estando ahí, abiertas, y el mensaje al electorado catalán es confuso y contradictorio. Si Rajoy quiere avanzar en una oferta de centrismo reformista y moderado, no puede presentar en Cataluña un rostro en exceso virulento con el nacionalismo. Y deberían en Génova darle un par de vueltas al hecho de que los primeros que han descorchado la botella de cava extremeño para celebrar la dimisión de Piqué sean los que de verdad conforman el sector duro de su partido, es decir, ese entorno mediático empeñado en escorar al PP a la derecha y que tan duramente trabaja en contra de los barones más moderados del entorno de Rajoy, como el propio Piqué, Ruiz-Gallardón o Núñez Feijoo.

Ahora, la marcha de Piqué, continuación de la de otro barón considerado del sector centrista como era Jaume Matas, va a dar alas a la tesis de que en Génova vuelven a ganar los ‘duros’. Nada más lejos de la realidad. Pero las circunstancias son las que son y el hecho es que tanto Matas como Piqué obtuvieron unos resultados cuando menos poco presentables en sus respectivas demarcaciones, y la política tiene estos inconvenientes: no siempre las urnas respaldan lo que podemos considerar como lo más razonable, y eso hay que aceptarlo. Rajoy tiene la necesidad, en ocho meses, de demostrar que su viaje al centro-reformismo goza de un respaldo absoluto en su partido, y esa no va a ser una tarea fácil. El viernes, en la crónica que publicaba este periódico sobre la crisis catalana del PP, se acababa afirmando que una portada de La Vanguardia había hecho más daño a la estrategia de Rajoy que tres años de empeño de Ferraz. Así es, en efecto, pero Rajoy tiene una oportunidad de enderezar las cosas si afianza el liderazgo en Cataluña de gente como Daniel Sirera, Sánchez Camacho o García Albiol.

¿Y Piqué? Hace poco más de una semana pude compartir con él una amable conferencia en Barcelona que siempre le agradeceré. Ya entonces le noté en baja forma. Es evidente, eso no puede cuestionarlo nadie, que desde las filas del PP catalán se le ha hecho la vida imposible con la colaboración, como digo, de algunos medios de comunicación en Madrid. Piqué era un rostro amable para la difícil sociedad catalana, pero poco agraciado para un sector que se siente, con razón, ultrajado y humillado por un nacionalismo excluyente. No supo equilibrar esos sentimientos, y se situó más cerca de los primeros que de los segundos, es decir, se dejó llevar por sus prejuicios hacia los sectores más españolistas del PP. Eso, unido a su orgullo, le han conducido a la salida definitiva. Pero sin él el PP pierde a un político que, a pesar de los resultados, era el único capaz de conseguir la convergencia entre el PP y el nacionalismo catalán moderado de Unió Democrática, ese viejo proyecto del que algún día participaron con entusiasmo los mismísimos Aznar y Durán i Lleida. ¿No lo sabían? Pues así fue.

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