TRIBUNA
Nuevos ministros para unos viejos hábitos
Antonio Bernabéu - 17/07/2007
La cosa no está para charadas. Y ya empieza a cansarnos la dulzaina de Hamelin, su insoportable voz, tirando de las gentes sólo para que engorden la suma electoral. Las políticas partidistas abandonaron, hace ya mucho tiempo, compromisos y riesgos en lo imaginativo para caer, sin remordimiento ni culpa, en la vaga certeza del flato imaginario.
El Gobierno ha estrenado ministros, y así llega más fresco a las elecciones de marzo. Y los nuevos no se han parado en barras. Puestos a orinar alto, el designado de Cultura se compromete a hacer, de una cueva de ociosos, el ministerio del siglo XXI. Igual pudo decir que depararía, de nuevo, la unidad de destino allá en lo universal.
Como si la cultura fuera un coche de rally, algo perfectible y continuo, y no un discurrir lento, con zigzags y meandros, sin otro cometido que alcanzar la excelencia. El ministro lo sabe. Porque Cesar Antonio Molina viene de escribir poesía, de poner prólogos a Luigi Pirandello o de recuperar a Cunqueiro. No llega desde los doceavos del ilustre Solana, ni desde el Sara Mago que se le atribuyó a Esperanza.
Pero se va a encontrar, o se ha encontrado ya, con que la lógica de la cultura, que sin duda posee, se sumerge en la lógica política, que sin duda conoce. Y esto da nacimiento a un engendro curioso, que ya denunció Larra; el ministerial. Dice así nuestro gran escritor: “Coja usted un hombre (si es ministro, se entiende, porque si no, no sale nada), sonríasele usted un rato, y le verá usted ir tomando forma, como el pintor ve salir del lienzo la figura con una sola pincelada. Dele usted un toque de esperanzas derecho al corazón, un ligero barniz de nombramiento y un color pronunciado de empleo, y le ve usted irse doblegando en la mano como una hoja de sensitiva, encorvar la espalda, hacer atrás un pié, inclinar la frente, reír a todo lo que usted diga; y ya tiene hecho un ministerial”.
Para justificar un ministerio no hay que instalarse en el siglo XXI, quizá baste volverse al XIX. Estamos a las puertas del bicentenario de nuestra Guerra de la Independencia. Y no resultan accesibles al público las memorias de aquellos españoles que participaron en ella. Desaparecida la Biblioteca de Autores Españoles se esfumaron, también, los testimonios de Godoy, de Fernández de Córdova, de Alcalá Galiano o José Mor de Fuentes. Una grave desidia montada sobre la inexistencia de una Editora Nacional, que se entendió, en su día, como grave para amenaza para los oficiosos industriales del libro.
Hágame usted, Molina, un pequeño favor; en el próximo Consejo de Ministros pregúntele al presidente Zapatero que cosa es esa de la memoria histórica, cuando nos permitimos que se dejen de lado temas tan sustanciales, de los que configuran la más alta conciencia de un país que se precie.
El año 2010, que nos queda a dos pasos, se va a conmemorar el quinto centenario del nacimiento de Antonio Cabezón, aquel Bach español que asombró a los ingleses con la delicia de sus variaciones, que él llamó diferencias. ¿Puede permitirse esta España, además de ser cara, seguir sin compilar las obras de este músico?
Puede y lo cumplirá. Porque lo urgente parece que es buscarle destino a Cafarell, de glorioso recuerdo en Televisión Española, con aquel éxodo de los que sabían leer, para encumbrar el magisterio de los impagables Morancos. Porque lo urgente es colocar a Bono. Y, si aún faltara verbo con que dirigir el Congreso, allí está Carmen Calvo para apuntalar las carencias. ¡ Qué idea tan feliz el poder reunir estos nombres en un solo recinto!. Bono y Calvo en las Cortes será como juntar los Niños de San Ildefonso con el Orfeón Donostiarra.
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