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DOS PALABRAS

Pasión por la libertad (y II)*

@Federico Quevedo - 14/07/2007

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El terrorismo ha hecho acto de presencia en la vida política española desde el primer momento en el que accedimos a la libertad. En el caso español confluyen en la manifestación de terror al menos dos de los mayores enemigos de la libertad: un trasnochado marxismo y un fundamentalismo excluyente y absolutamente nocivo para la idea de democracia liberal y de libertad. Adolfo Suárez afirmaba que “se pretende aniquilar nuestras esperanzas; se pretende sembrar la desconfianza, el odio, el recelo y el enfrentamiento entre todos y cada uno de los grupos políticos que representamos dignamente la soberanía popular; pero se pretende con la única y exclusiva finalidad de que nosotros, desencadenando esa reacción que produce el terrorismo, de desmoralización, suicidamente hagamos el trabajo que les falta por realizar”.

Sorprende escuchar ahora estas palabras, casi proféticas, anunciadoras del verdadero gran objetivo de los terroristas: que la sociedad, que el Estado, acabara asumiendo su chantaje y cediera a sus pretensiones, lo que de facto significaba tirar por la borda todo lo conseguido hasta este momento y poner la libertad de todos en manos de una ideología aniquiladora. Creo que si algo destacaría el ex presidente del Gobierno como la gran victoria de los terroristas sobre la democracia es la fractura social, la desunión de los demócratas frente a la amenaza de los violentos. Él nos pedía hace treinta años que “frente a la desmoralización que quieren provocar los ataques terroristas, la respuesta sea una respuesta colectiva de todo el pueblo español, una respuesta de solidaridad, una respuesta de responsabilidad”. Pues bien, hoy esto no es así. Lo fue en algún momento, cuando el asesinato vil y cobarde de Miguel Ángel Blanco llenó los corazones de todos los españoles de un grito atronador -¡basta ya!- que reclamaba libertad y esperanza.

No lo es hoy. Y estoy absolutamente convencido de que eso es lo que más podría doler en el alma de un político que amaba a su país por encima de todo, de ambiciones personales, de intereses de partido, de afectos familiares, de íntimas creencias... Quienes se declaran partidarios de la negociación y el entreguismo no han entendido nada del comportamiento nihilista de quienes empuñan las armas contra la libertad, su verdadera obsesión aunque escondan sus intenciones tras pretendidos conflictos políticos, religiosos o territoriales absolutamente inexistentes. Los enemigos de la libertad se multiplican dentro y fuera de nuestras fronteras y, como afirma Suárez, “lo que en última instancia está en juego es el ser humano, en su individualidad, en su libertad, en su dignidad moral, en sus condiciones de vida en suma”. Su defensa exige entrega, pasión por la libertad, fe en la democracia liberal y en las virtudes del pluralismo político y el respeto a las ideas de los demás, y ese es el cimiento de nuestra cultura democrática, pero no es el cimiento sobre el que se elevan otras culturas y otras civilizaciones.

Suárez concebía la libertad como una energía creadora, en permanente estado de evolución y cambio, contrapuesta al inmovilismo propio de las ideologías surgidas del marxismo y el fascismo, es decir, de los totalitarismos. El profesor Pedro Schwartz afirma que el liberalismo es la única ideología verdaderamente revolucionaria, la única que ha aportado progreso y desarrollo al ser humano en todos los ámbitos de su vida. Por eso sus enemigos no descansan y de nuevo, en nuestros días, vuelven a tener cierta preeminencia las críticas de los herederos del marxismo-leninismo al liberalismo, y las páginas de los periódicos, las estanterías de las librerías y, lo que es peor, las cátedras de las universidades se llenan de discípulos de Sartre que, como afirma Raymond Aron, “se esfuerzan por alcanzar a fuerza de sutilidad uno de los más groseros dogmatismos de la historia”, ese que supedita a la igualdad los avances logrados en la libertad del ser humano.

Los ‘demócratas dogmáticos’, los discípulos del populismo, nos presentan libertades formales no exentas de cierto atractivo, pero que en ningún caso son la esencia de la verdadera libertad, por eso es posible afirmar que hoy en día las libertades más amenazadas son las llamadas libertades liberales, aquellas vinculadas a la propia capacidad del individuo y las vinculadas al pluralismo social. Nuestra democracia refleja graves carencias que afectan directamente a nuestros espacios de libertad: la personificación del poder, la burocratización de la maquinaria estatal, la tendencia del parlamento a no ser más que ostentador simbólico de la mayoría, la renuncia a las reformas necesarias para avanzar en el desarrollo económico y la justa redistribución de los bienes, el empeño en manipular a los electores a través de los medios públicos de comunicación...

Son sólo algunos ejemplos. El estado, que fue concebido por Suárez en la transición como un ente garantista de las libertades, se ha convertido en un estado controlador del individuo y de la sociedad, como paso previo a una expresión máxima de autoritarismo. Suárez nos alertaba de los riesgos de la “prepotencia, la intolerancia o la soberbia política, porque siempre es la vuelta al pasado histórico, a la costumbre incivil de mirar al poder para anticiparse a sus deseos”. Y por eso el ex presidente, años después, cuando ya había perdido el poder, denunciaba “el abuso de la mayoría y la manera y la prepotencia con que esa mayoría no dialoga y cercena las iniciativas de control de las minorías, una mayoría que es incapaz del compromiso y que se cree en posesión de la verdad”. Creo, y lo digo sinceramente, que podemos vernos reflejados en estas palabras. Suárez afirmaba que la democracia no estará enraizada en España mientras no se fundamente en las virtudes que, según el, la sostienen, y que no son otras que la tolerancia, el respeto, el diálogo. Por el contrario, alertaba de una dimensión negativa de la propia democracia, la “pretensión de imponer desde el poder una ética determinada a toda la sociedad”, y añadía que “son los hombres los que tienen libertad en su búsqueda de la verdad y el bien, y el Estado debe proteger esa libertad”.

¿Es este Estado, tal y como lo conocemos hoy en día, garante de nuestra libertad, o es un Estado controlador con una visión paternalista de la sociedad civil? Pienso más bien que lo segundo, y esto ha impedido que la propia democracia haya sido incapaz de avanzar en la consolidación de los mecanismos de control del poder. “No usa adecuadamente el poder quien lo utiliza para evitar la crítica o hurtar el control, y quien es incapaz de negociar o pactar”. Esto, dicho hace décadas por Adolfo Suárez, es, sin embargo, el resumen, la definición exacta de los tiempos que vivimos. Dicho de otra manera, pero en palabras también del ex presidente del Gobierno, lo que debería ser un poder establecido para asegurar la libertad de los ciudadanos y sus derechos se caracteriza, sin embargo, por “paternalismo didáctico, falta de transparencia, autocomplacencia y obsesión por el control de la sociedad civil”. Treinta años después esta es una democracia joven, y sin embargo es una democracia enferma en la que los resortes del poder sufren de un cáncer de corrupción generalizada y agobiante.

La democracia liberal se estructura sobre la diversidad y sobre el acuerdo en las cuestiones fundamentales, y eso es lo que llamamos democracia-disenso, es decir, el modelo que permite tanto el acuerdo como el desacuerdo y que, sobre todo, delimita los cauces por los que van a discurrir ambos. Digo esto porque creo que los próximos años van a ser trascendentales para la consolidación de nuestro sistema de libertades o para su destrucción. Cuando se llevó a cabo la Transición, los enemigos de la libertad estaban dentro y eran perfectamente reconocibles. Hoy, treinta años más tarde, los enemigos son más numerosos y provienen tanto del interior como del exterior. Creo que la democracia sólo puede consolidarse con mayores mecanismos que garanticen espacios más amplios de libertad individual, por un lado, y mayores controles a la acción del ejecutivo, por otro. No es necesario inventar muchas cosas nuevas. Algunas, como una auténtica separación de poderes, ya están inventadas, simplemente es necesario confiar en su efectividad y tener fe en su grandeza.


*Extracto de la conferencia que el autor pronunció en la presentación en Bilbao, en el marco de la Fundación para la Libertad, del libro Pasión por la Libertad. El pensamiento político de Adolfo Suárez, el pasado 4 de julio, conjuntamente con el presidente de la citada Fundación, Nicolás Redondo Terreros. La misma sirvió de base a la pronunciada el pasado día 10 en Barcelona, en la presentación de la misma obra, de la mano del líder del PP de Catalunya, Josep Piqué. Para ver el texto completo pinche aquí.

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