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CULTURA Y PODER

Los conservadores, los últimos rebeldes

Russell Kirk Edmund Burke

@Esteban Hernández.- - 11/07/2007

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Los conservadores, los últimos rebeldes
   Edmund Burke.

“Da vergüenza llamarse conservador. El conservador aparece como alguien que está contra el progreso, contra toda mejora; aparece, en definitiva, como un aguafiestas. Frente a la explosión de creatividad e imaginación del arte, de la moda y de la técnica modernas, el conservador parece ser la única persona que quiere quedarse al margen de su celebración”. Así, el conservadurismo es revestido públicamente de los rasgos del pecado, según afirma Elio A. Gallego, profesor de teoría y filosofía del derecho en la Universidad San Pablo-CEU, en su prólogo a Edmund Burke, Redescubriendo a un genio, de Russell Kirk (Ed. Ciudadela), un recorrido por la vida y la obra de uno de los más reconocidos conservadores.

Para Elio Gallego, el problema esencial de la mala imagen de los conservadores radica en su carácter reflexivo y en su capacidad para distanciarse de los tiempos. "Lo que sucede, en realidad, es que el conservador busca discernir con toda seriedad qué cosas favorecen al hombre y la salud de sus vínculos sociales y qué cosas, por el contrario, le perjudican. El conservador, en una época de «liberaciones» -liberación de la religión, de la tradición, de la naturaleza-, donde todo vale, no celebra el cambio por el cambio, no le parece que cada paso dado en la historia sea necesariamente un cambio a mejor. Y esto no se le perdona”.

El nuestro podría ser, no obstante, un tiempo especialmente favorable el regreso de posturas tradicionalistas, toda vez que nuestras sociedades se nos aparecen cada vez menos estables y más desorientadas. La principal causa de esa sensación es que “el pasado, como decía Tocqueville, ha dejado de alumbrar el presente. Hemos perdido la medida de las cosas, una medida orientadora de la acción humana. Y la hemos perdido porque esta medida el hombre sólo la aprende con el tiempo, en una experiencia vital que es personal y comunitaria a la vez”.

En todo caso, las creencias firmes en las cosas permanentes parecen estar disolviéndose. En cualquier dirección ideológica: mientras que la izquierda actual parece apostar por los flujos y por las cuestiones culturales, la derecha prefiere el pragmatismo de los beneficios. Según Gallego, “es verdad que el marxismo parece estar disolviéndose en un progresismo crecientemente vacuo, pero tal disolución resultaba inevitable por la naturaleza misma del marxismo. Para Marx la realidad era un proceso necesario de transformaciones sociales que acabaría en la sociedad sin clases, pero ¿cómo sería este final, cómo se realizaría? Apenas existen en Marx descripciones de esta sociedad ideal. De ahí que Engels, unos años después de muerto Marx, subrayase que lo esencial del marxismo era el cambio, que nunca existiría una sociedad perfecta sino en la imaginación de los hombres, que la coherencia hegeliana implicaba que “ante esta filosofía no existe nada definitivo, absoluto, consagrado; en todo pone de relieve su carácter perecedero, y no deja en pie más que el proceso ininterrumpido del devenir y del perecer”.

Claro que la derecha no ha sabido, según Elio Gallego, separarse del todo de los errores de sus oponentes. “Habría que cuestionarse si la derecha no ha terminado realmente por asimilar esa visión progresista de la realidad, donde sólo competiría con la izquierda en cuanto al modo de alcanzar el mayor grado de bienestar material. Izquierda y derecha coincidirían en que el gran objetivo de la política es el crecimiento indefinido de la riqueza y del bienestar y discreparían exclusivamente en cuanto al cómo, para la izquierda a través del Estado, para la derecha, a través del libre mercado”.

Este es el suelo en que las opciones liberal-conservadoras han surgido. En buena medida, como complemento, ya que una aporta la concepción económica y otra la vital. Por eso, hubo en el pasado una notoria oposición entre ambas, que hoy parece limada, aun cuando persistan diferencias. “El verdadero conservador valora la libertad económica y piensa que el mercado es más justo y respeta más la naturaleza del hombre y de la sociedad que el intervencionismo estatal. Pero existe una diferencia irreductible con esa derecha a la que antes aludíamos y que podríamos caracterizar como «liberalismo», que estriba en que para el conservador el fin de la sociedad no es el crecimiento económico, lo que no quiere decir que lo despreciemos, sino que el gran objetivo es un orden social a la medida del hombre, una sociedad que le permita crecer en una sana libertad”. Eso sólo se consigue, a juicio de Elio Gallego “cuando el hombre se halla ligado a instituciones naturales, como la familia, la iglesia o la vida local. Existe, pues, un amplio campo de colaboración entre liberales y conservadores pero somos al mismo tiempo conscientes de las cosas que nos separan”.

Conservadores de la izquierda

Las disfunciones a que conduce una sociedad que cree en el cambio permanente, en el crecimiento continuo y en un cierto nihilismo pragmático, han llevado también a que haya posturas desde la izquierda que se preocupen por la ausencia de valores sólidos. “Es verdad que un número significativo de personas que vienen de la izquierda –asegura Elio Gallego- adoptan cada vez más una posición conservadora. Y es normal. Cuando alguien se toma en serio la realidad y percibe su fragilidad, de qué modo tan fácil el hombre puede negar verdades básicas y hasta qué punto puede tomar opciones que le lleven a un camino autodestructivo, necesariamente surge un instinto conservador respecto de aquellas cosas valiosas que deben ser preservadas. Porque los equilibrios humanos una vez rotos son difíciles de reparar, y sus consecuencias pueden ser extraordinariamente trágicas, como las dos últimas guerras mundiales y las experiencias totalitarias han puesto de manifiesto”.

Y ese relativismo tendría su punto de apoyo principal en una concepción débil de la libertad. “El hombre moderno entiende que la libertad consiste en «liberarse» de cosas que le vinculan y que le atan y es por ello que necesita «relativizarlas», despojarlas de su valor objetivo. Pero con ello pierde sus últimas referencias, las que le permitirían resistirse a esa corriente”. Pero el resultado es, para Elio Gallego, exactamente el contrario al esperado. “Un vez liberado de aquello que le vinculaba a la realidad, el hombre moderno se convierte cada vez más en un sujeto pasivo, menos libre, arrastrado por sus propias pasiones, modas o las consignas pseudoculturales impuestas desde el poder. Y de ahí que frente al mito del pluralismo lo que pueda observarse es una creciente homologación de los gustos y de las ideas. Sólo el conservador se opone a esta corriente. Parece ser, de hecho, el último rebelde”.

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