EL CONFIDENTE
El asombroso caso del obispo con ‘testiculina’ y el embajador español en la Santa Sede
Dicen de la diplomacia vaticana que es discreta y hasta sibilina: cuando quiere decir que una visita ha sido correcta habla de “encuentro cordial” y sólo si las cosas han pasado a mayores la reunión se convierte en un “franco intercambio de opiniones”, como le ocurrió a Tony Blair cuando fue a anunciarle su conversión al catolicismo a un Benedicto XVI enfadado por la guerra de Iraq... En San Pedro todo era muy discreto… hasta que llegó un obispo español con inquina hacia el presidente del Gobierno para tirar la educación por la borda.
Los diplomáticos saben que su misión es la de ver, oír, callar y luego informar a sus superiores. Francisco Vázquez, temeroso de Dios y buen católico, es un hombre curtido en esto de las relaciones con la Iglesia; tanto que José Luis Rodríguez Zapatero decidió enviarlo a la Santa Sede en febrero del año pasado para intentar aliviar las tensas relaciones con el Vaticano: la reforma del Código Civil para admitir los matrimonios entre personas del mismo sexo, la nueva ley de reproducción asistida, la asignatura de Educación para la Ciudadanía…
Vamos al caso: las leyes sociales impulsadas por el presidente del Gobierno no han gustado nada en la curia (esto no es nada nuevo) y Vázquez ya sabía cuando sustituyó a Jorge Dezcállar al frente de la legación diplomática que se iba a tener que tragar unos cuantos sapos en forma de broncas más o menos vehementes sobre la acción legislativa de su Gobierno. Lo que no se esperaba, en ningún caso, era que un cargo eclesial pudiera llegar a usar en sus protestas una expresión tan poco correcta como… Bueno, mejor esperemos un poco antes de reproducir la frase exacta, por aquello de no herir la sensibilidad de los lectores más delicados. Digamos, por el momento, que sus palabras fueron gruesas como cirios.
Antonio Cañizares, cardenal arzobispo de Toledo, había acudido a San Pedro para presentar al nuevo obispo auxiliar de su archidiócesis, Carmelo Borobia Isasa, procedente del obispado de Tarazona. La ceremonia había transcurrido con la pompa y boato de este tipo de ocasiones. Hasta el embajador de España había aparecido con sus mejores galas cuando, en un receso y mientras Cañizares se alejaba del grupo, un enérgico Borobia se acercó al diplomático y le hizo una confesión de esas tan españolas: “¿Sabe hasta dónde estamos los obispos españoles de Zapatero? Hasta los huevos”.
Comoquiera que Vázquez mantenía los ojos abiertos como platos y un rictus de perplejidad en el rostro, Borobia continuó: “Si no me ha entendido bien, le repito: estamos hasta los cojones”. Cañizares, un hueso duro de roer cuyas posiciones son de las más conservadoras dentro de la Conferencia Episcopal española, nunca le hubiera dejado soltar tal barrabasada… o al menos de ese modo, que las formas son las formas. La buena suerte de Borobia fue que su superior no estaba delante. La mala, que este tipo de cosas, en un país en el que tanta gente está hasta los cojones por diversos motivos, acaban sabiéndose.
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