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TRIBUNA

Sobre la relatividad de los puntos de vista

Antonio Bernabéu - 10/07/2007

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Seguro que su perro no sabe si usted es calvo. Y no es por falta de curiosidad, o por la delicadeza canina de no herirle en el alma, sino porque la relación de estructura entre ambos es de tipo asimétrico. Tienen puntos de vista diferentes. Y a menos que se aviniera usted, con profunda humildad, a tumbarse en el suelo, el conocimiento entre el fiel animal y su ilustre persona siempre resultaría incompleto y sesgado. Digamos, pues, que una ligera contorsión es el mínimo precio para llegar hasta el nivel del “otro” y adquirir sobre él la visión que deriva de un espectro completo.

Este ver más allá resulta sustancial en la vida política. Porque no es suficiente, a estas alturas del curso, con identificar al sujeto contrario. Hay, además, que conocerlo, llegar a sorprender donde guarda su espíritu y tratar de robárselo. Por esa habilidad destacan los políticos que mueven la cintura y saben aplicar una actitud flexible a sus puntos de vista. Miren a Sarkozy, ¡qué largo hila!; miren a Gallardón, ¡qué largo trama!

Por el lado contrario podríamos citar al numantino Anguita, quien con aquella obstinación de ¡programa, programa! casi les hunde el barco a los de Izquierda Unida, cuando dilapidaba, sin temblarle la mano, cientos de ayuntamientos gracias a su doctrina de acero inoxidable. Tambaleante, a su vez, ha quedado Rajoy tras la exigencia burocrática de ¡las actas, las actas!, exigencia más propia de registradores de la propiedad que de la gracia isabelina que respiran las Cortes.

Aquí nadie se mueve, unos, por salir en la foto; otros, por no saber andar. Nadie se acerca al otro. Tanta certeza mineral, y tanta lejanía del prójimo, podría depararnos, para el resto de la legislatura, un concierto de tiros, como ocurre en el filme La dama de Shangai, disparando los unos a los otros entre el baile de espejos infinitos que reflejaba Playland.

También en los cohechos, recién sacadas las manos de la masa, se distingue al político torpe. Por la inalterable ceguera de su punto de vista. Siempre dice lo mismo: “No tengo nada que ocultar”. Y no tener nada que ocultar, pasados los cuarenta, es un trágico asunto, el grito exasperado de un enorme un vacío que hace crujir el cielo. Siempre se puede ejercitar el recurso retórico, que le gustaba a Mandeville, de que en el cieno de los vicios privados florecen las públicas virtudes. Y, si no alcanzan tal nivel de frescura, solo dado a Zaplana, practiquen el rubor, una rara elegancia que da buen resultado.

Y si el político milita en el área económica conviene que abandone la triste cantilena de la contención salarial, y que empiece a arropar el duro liberalismo de intereses con el harapo amable del viejo liberalismo de valores. Quizá, con esta mezcla, pueda poner en pie una nueva, y, además, sugestiva, economía política de la indigencia. Porque en ese teorema se puede alardear de que nuestro país posee una indigencia muy bien cualificada, de muy buena presencia, que empieza a hablar idiomas y vestir a la moda.

Todo es cuestión de enfoque, de mover bien las fichas y saber el elegir el buen punto de vista. Recuerden que a Camus le otorgaron el Nobel para evitar, sin duda, el darle la razón.

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Opiniones de los lectores (1)

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1. usuario registrado aranaMartes, 10/07/2007, 13:49 h.

Sin duda el mejor artículo del día en el Confidencial, y la gente en otros foros...

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