CULTURA Y PODER
La Iglesia contra Wall Street
Iglesia católica, Julio de la Vega-Hazas
@Esteban Hernández - 08/08/2007
Cuando Steve Schwarzman, patrón del Blackstone Group y punta de lanza de los nuevos especuladores, celebró su sexagésimo cumpleaños, quiso celebrarlo modestamente. Su fiesta sólo costó 11 millones de euros, honorarios de Rod Stewart incluidos. Y no es de las extravagancias mayores de estos gestores, acostumbrados a elevadísimas retribuciones que acaban empleándose en los caprichos más absurdos. A esos comportamientos se les califica en El mensaje social cristiano (ed. Eunsa) de Julio de la Vega-Hazas (ed.), sacerdote y profesor de Teología moral en el Studium Generale de la Prelatura del Opus Dei, como injustos e inmorales.
Y es curioso porque es una afirmación que apenas suele oírse ahora desde la izquierda, mucho más preocupada por cuestiones simbólicas acerca del matrimonio y de la educación que por las cuestiones materiales. En otras palabras, quizá sorprenda el uso desde la perspectiva cristiana de expresiones como justicia social, que antes parecían patrimonio exclusivo de la izquierda. Para De la Vega-Hazas, “la justicia tiene como rasgo propio la equidad, y una parte de la misma es la justicia distributiva. Hay algunos estudios estadounidenses que señalan que, para las grandes empresas, la máxima diferencia razonable entre el mayor y el menor sueldo es de 40 a 1 (a tiempo completo, se entiende). Aquí mismo, en España, hay algún caso en que se supera la ratio de 400. Ya me dirá si suena equitativo. Y si no lo es, no es justo, y si no es justo es injusto”. La justificación para estas conductas suele atribuirse a una supuesta demanda del mercado, pero es que “éste se encuentra distorsionado por altos ejecutivos que se señalan a sí mismos su retribución”. Incidir en este tipo de asuntos, según De la Vega, es propio de la Iglesia, “que predica la justicia, y la justicia no es de derechas ni de izquierdas. En la historia reciente, todos han reivindicado algunas cosas justas y han propuesto algunas soluciones injustas. Hacerse eco de las primeras no es ningún problema”.
Con afirmaciones de este orden, parecería que la doctrina de la Iglesia católica se estaría alejando de la defensa a ultranza del liberalismo económico. Algo que estaba claro en tiempos precedentes pero no en los actuales, donde la unión de conservadores y liberales en el terreno político ha llevado también a intentos de fusionar los preceptos católicos y los que defienden el libre mercado, lo que no ha sido históricamente frecuente, y a lo que la Iglesia católica se ha opuesto en numerosas ocasiones. Según Hazas, “las reacciones a los documentos de la Iglesia han sido muy variadas, y a veces con acusaciones contradictorias. Cuando Juan Pablo II publicó la encíclica Sollicitudo rei socialis, alguna prensa lo etiquetó de socialdemócrata, pero cuando publicó la Centesimus annus se le tachó de liberal, y el autor es el mismo. Aquí hay que tener cuidado en precisar conceptos. No es lo mismo defender el libre mercado que ser liberal, y ni siquiera este último término es entendido igual por todos. Simplificando un poco, diríamos que la Iglesia defiende, frente a unos, la libertad de las personas, que permite que oferten y demanden libremente en el mercado; y, frente a otros, defiende un mercado debidamente regulado para garantizar que las transacciones sean justas en todos los sentidos”.
Los contratos basura no están bendecidos por Dios
En esta idea de justicia social cabe además la preocupación por aquellas personas que, al hallarse en situación de necesidad, son explotadas mediante salarios basura. En El mensaje social cristiano se cataloga a esas prácticas como algo que todo católico debería evitar.¿Estaría ahora el cristianismo defendiendo a los desfavorecidos con mucha más intensidad que cualquier otra visión (moral) del mundo? Para de la Vega, habría que distinguir entre la acción y la doctrina de la Iglesia. “La acción social directa por parte de entidades eclesiásticas tiene bastantes siglos de solera. Nadie ha hecho tanto. Y de hecho sí que defiende a los desfavorecidos, sin caer en la tentación, muy propia de los políticos, de instrumentalizarlos. En cuanto a la doctrina, el mensaje es válido porque no consiste en fórmulas de extracción religiosa sin contrastar con la realidad. Con el apoyo del Evangelio, pero también de la razón moral humana y del sentido común, se analiza la realidad social y se destilan las exigencias de la justicia. La propia Iglesia advierte que no se trata de utopías y que la sociedad perfecta está fuera de nuestro alcance, pero a la vez señala unas orientaciones que permiten, caso de seguirlas, una sociedad cada vez más justa y humana”.
Pero nuestras sociedades tienen problemas claramente coyunturales, que exigen respuestas concretas y actuales. Es el caso, en lo económico, de la deslocalización productiva. ¿Qué le parecen a la Iglesia esas prácticas? De la Vega advierte que la respuesta es compleja: “Es lógico que nadie quiera perder lo que tiene, pero con un poco de perspectiva histórica se ve cómo los avances técnicos siempre producen una reconfiguración social que resulta dolorosa, o al menos se entiende así, para algunos de los afectados. En la primera revolución industrial muchos vieron a la máquina como un enemigo social, porque destruía empleo. Cierto, pero no veían que a la vez creaba otros. ¿Cuál era la solución? Pues preparar a la gente para asumir estos otros. Ahora estamos en una nueva revolución, en la que no va a ser la industria la principal fuente de riqueza, sino la información, la propiedad intelectual y el diseño, o sea, los bienes inmateriales. De ahí que la solución global –no sólo a un problema concreto- sea que los responsables de la sociedad –los gobernantes en primer lugar- entiendan esta evolución y la afronten. Si se hace bien, no será tan traumático el tema”.
Cuando todo se hace en nombre de la ciencia
De todas maneras, no son sólo los asuntos económicos los que preocupan a la Iglesia. Incluso esa misma traslación desde lo material a lo simbólico que tan presente está en las propuestas y en las prácticas de la izquierda también ha vivido un resurgir en el catolicismo, donde las cuestiones sociales fueron más populares en otros tiempos. Lo que es explicable, según De la Vega, porque “el tema de los salarios en países desarrollados como el nuestro ya no es muy problemático, y sí lo son, en cambio, asuntos como la ayuda al desarrollo, el comercio mundial sin trabas, la deuda de los países pobres, etc. La evolución en la doctrina de la Iglesia no es tanto el abandono de unos temas por otros, sino la ampliación al estudio de nuevos aspectos. La Iglesia valora las realidades, no las inventa. Es la sociedad la que evoluciona, de forma que la Iglesia responde a las cuestiones que van surgiendo. Por ejemplo también nos interesan, porque están en la sociedad, cuestiones como la estabilidad en el empleo, la discriminación o el mobbing”.
Desde la perspectiva de la doctrina social de la Iglesia, ¿podríamos concluir que nuestra sociedad es adecuada a las exigencias de la dignidad humana? “El balance final es que algunos aspectos son positivos y otros negativos. En el fondo, el factor clave es la idea del hombre que se tiene. Si somos personas, con espíritu y capacidad –y necesidad- de querer y ser queridos, tenemos unos derechos inalienables, y la sociedad se hará más humana. Si no somos más que un animal privilegiadamente evolucionado, entonces nos animalizamos y perdemos humanidad. Y un día descubriremos lo mismo que la protagonista de la película Alien con la misma indignación: que las instrucciones secretas de la misión señalaban que la tripulación era desechable... en nombre de la ciencia”.
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