DOS PALABRAS
Empezó con ‘Vogue’ y acaba con carmín
@Federico Quevedo - 07/07/2007
Esta legislatura empezó de verdad –aunque oficialmente lo hiciera unos meses antes-, con aquella pose de todas las ministras del Gobierno paritario en la portada de la revista Vogue, aquel verano de 2004, que llenó tantos ríos de tinta y que hizo que le cambiáramos el apellido a De la Vega... ¿Se acuerdan? Cuánto ha llovido desde entonces... Pero aquella foto de las ministras vestidas de Prada y Moschino, entre pieles y elevadas dosis de glamour, tenía una significación muy profunda, pues en sí misma reflejaba el verdadero sentido del Gobierno Zapatero: el vacío intelectual más absoluto y una estrategia política guiada por el oportunismo, el marketing ideológico y los gestos de cara a la galería. Es decir, puro cinismo. Aquella foto, sin embargo, encerraba dosis elevadas de ambición: se veía a la legua que aquel Gobierno nacido de la casualidad no quería pasar desapercibido, quedarse –perdonen por la comparación que no pretende ser odiosa- en club de carretera, sino llegar a ser sauna de lujo, con chicas de las que cobran en una noche el sueldo de un mes de un ejecutivo de multinacional.
De aquel verano de 2004 a este verano de 2007 han pasado tres años, que es, exactamente, lo que ha durado la legislatura, con unos meses de acoplamiento por delante y los ocho que restan de desintoxicación hasta las elecciones. Y, sin embargo, de aquella ambición inicial lo único que sobreviven son rayas de rimel mal pintadas y restos de carmín en el borde de una copa de champán barato. El Club La Moncloa se ha quedado en lo que no quería, en barra americana para camioneros, aunque las luces de neón con aspiración de casino de Las Vegas siguen brillando en la oscuridad de una noche lúgubre y solitaria. Los cambios que ha hecho la madame Zapatero en las chicas del salón sólo tienen el atractivo de la novedad, pero son más de lo mismo, rebosan carnes entre las apretadas fajas de la indolencia. Si no han hecho nada en tres años, ¿qué coño van a hacer en ocho meses, de los que sólo tres son realmente efectivos?
La madame, en un esfuerzo casi agónico por ganarse la clientela de sus chavalas, nos pintó el patio, el pasado martes, de lujo: sus niñas eran las mejores y sus servicios exclusivos, pero detrás de tanta autocomplacencia seguía habiendo restos de perfume barato, de lámparas de papel y toallas usadas mil veces, de catres ruidosos y colchones amorfos... La España que enseñó Rodríguez, como queriendo atraer a la puerta del local a quienes pudieran dejarse los cuartos en copas y subidas a las habitaciones, estaba llena de remiendos para esconder tres años de mentiras y falsedades. Pero, como se preguntaba el viernes el líder de la oposición, si tanto idilio era obra de sus empleadas del amor, ¿por qué cambiar a cuatro de ellas tres días después? ¿Quizás porque, a pesar de lo que diga el CIS, la verdad es que la madame ya no tiene crédito ninguno? Rodríguez pretende hacernos creer que tres años después, cuando ya ha convertido el local que aspiraba a club de lujo en cuchitril, le queda tiempo para volver a pintar la fachada de fucsia y que el local parezca nuevo, pero los clientes ya saben lo que se van a encontrar por dentro: una cutre carnestolenga.
Y es que, para colmo de males, ni siquiera ha tenido a bien echar a las chicas que peor fama tienen, y se ha conformado con las que menos daño podían causarle. Pero el patio sigue siendo de los que tiran para atrás. Rodríguez podrá decir lo que quiera, pero nadie se va a creer que las chicas nuevas vengan con ganas de comerse nada. Del mundo, me refiero. Y por mucho que se empeñe en bajar el precio de las copas y ofrecer el segundo gin tonic gratis, los pocos clientes que se acerquen al local seguirán entrando recelosos: si ya les ha engañado varias veces, ¿porqué no va a seguir haciéndolo? Rodríguez ha salido esta semana a la puerta del local y ha respirado un poco de aire fresco, es cierto, pero no puede pretender que sólo una bocanada le limpie los pulmones negros ya del humo de los cigarros que se acumula en techos y paredes tras la barra en la que sirve whisky de diez euros acompañado de cacahuetes caducados. Ha mentido y de la mentira se obtienen pocos beneficios, y los ocho meses que quedan hasta el cierre por vacaciones del local los va a pasar entre botellas de DYC y vasos sucios, mientras unos cuantos borrachos lloran en la barra la amargura del primer día que entraron por la puerta, mientras las chicas nuevas se les acercan con el rimel corrido y los labios mal pintados de carmín rojo carmesí, y dibujada en el rostro la tristeza... A éstas ya no las llaman para la portada del Vogue.
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