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SIN ENMIENDA

Y Zapatero tomó el camino de la Zarzuela

@Juan Carlos Escudier - 07/07/2007

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A quienes daban por concluida la legislatura han tenido que resultarles sorprendentes las últimas maniobras de Zapatero, al que por razones del todo inexplicables se le sigue considerando bobo cuando la realidad demuestra que el de Valladolid no tiene un pelo de tonto. El corolario del debate sobre el Estado de la Nación, en el que trituró a Rajoy y se sacó de la manga el baby-cheque, ha sido la remodelación del Gobierno, una jugada de libro para mantener la iniciativa política en los meses que restan hasta las generales de marzo de 2008.

Resulta evidente que Zapatero ha experimentado una metamorfosis que ha coincidido con la ruptura formal de la tregua por parte de ETA, como si se hubiera liberado de una camisa de fuerza que constreñía todos sus movimientos. ZP, el implacable, tal fue la definición que utilizó para referirse a su comportamiento en el futuro respecto a la banda, empezó siéndolo con Rajoy, con el que entró a degüello en el debate. El del PP es de los que tropiezan dos veces en la misma piedra. El martes, igual que hizo el año pasado, acabó pidiendo más tiempo a Marín, cuando lo inteligente hubiera sido pedir la hora y terminar el partido cuanto antes.

El presidente se lo había anunciado a los miembros presentes en el último comité federal del PSOE. Se habían acabado las contemplaciones; no rehuiría el cuerpo a cuerpo, ni siquiera en política antiterrorista. Después de ver las orejas al lobo con los resultados de las pasadas elecciones municipales, su intención era rentabilizar lo hecho por el Ejecutivo, poner en valor algunas medidas que, como venía desgañitándose algunos dirigentes socialistas, hubieran valido por sí solas por una legislatura, tal es el caso de ley de Dependencia. El mensaje fue claro: podemos presumir de la economía, de avances sociales, de derechos civiles... y no tenemos nada que ocultar.

El nuevo Zapatero se encontró al mismo Rajoy de siempre, apocalíptico, monotemático, empeñado en demostrar una rendición que no fue, un hombre que considera que hablar de vivienda o de educación es propio de subsecretarios, y que recordó a Borrel y sus devengos cuando se encastilló en su exigencia al Gobierno para que mostrara las actas de las reuniones con ETA. Rajoy volvió a demostrar que no es el líder que los suyos esperaban, un partido muy unido pero que no hace más que volver la cabeza buscando algo distinto, que un día es Esperanza y otro Alberto, y que ahora ya se postra ante Rato, antes incluso de haber cambiado el Potomac por el Manzanares.

Si para algo le sirve a Zapatero la crisis de Gobierno es para soltar lastre. Se quita de en medio a María Antonia Trujillo, una mujer insociable por tímida, que ha apechugado con la misión imposible de resolver el problema de la vivienda desde un Ministerio sin competencias. A Trujillo -la cuota de Ibarra en el Ejecutivo- le han dado hasta en el carnet desde que tomó posesión y su imagen, todo hay que decirlo, era manifiestamente mejorable. Su destitución permite a Zapatero recompensar a Carme Chacón, la primera persona que le puso tras una pancarta, a la que no hizo antes ministra porque le parecía muy joven para sostener una cartera. Si algo tiene Chacón, a la que convirtió en la voz del partido en las elecciones de 2004 en detrimento de Pepe Blanco, es precisamente eso, imagen.

Junto a Trujillo abandona el barco la inefable Carmen Calvo, un personaje estrambótico que había logrado soliviantar a ese mundo de la cultura que tanto apoyo dio a Zapatero antes de que se instalara en La Moncloa. En su lugar, llega César Antonio Molina, cuya gestión en el Instituto Cervantes encandila al presidente sin excesivo fundamento.

El cambio más llamativo es el de Jordi Sevilla, a quien Zapatero vuelve a inmolar como hizo en el pasado, cuando le apartó del programa económico del PSOE en beneficio de Miguel Sebastián, ese hombre al que la política le ha perseguido pero él ha corrido siempre más. Es muy posible que el presidente quiera dedicar a Sevilla a reorganizar el partido en Valencia, que está como en Madrid pero con sordina. En cualquier caso, conociendo al presidente, es improbable que el ex de Administraciones Públicas quede para vestir santos, porque es su costumbre hacer naufragar a los próximos y rescatarlos después de la isla desierta.

Su lugar lo ocupará Elena Salgado, cuya labor en Sanidad ha sido del agrado de Zapatero aunque aprendiera tarde que el vino, cuando están cerca unas elecciones, no es alcohol que se beba sino alimento que se ingiere. El relevo lo toma el científico Bernat Soria, el mascarón de proa de la que será una de las apuestas electorales del 2008: la investigación y el desarrollo. A Soria casi le echan de España Aznar y su católica señora porque lo de trabajar con células madre era pecado, y ahora se toma cumplida revancha.

Para Rajoy todo es una operación cosmética con la que disfrazar un Gobierno agotado. Aun así debería estar contento. Durante el debate pidió a Zapatero que mostrará las actas de las reuniones con ETA o tomara el camino de la Zarzuela. Esto último fue lo que hizo el viernes para anunciar al Rey la remodelación ministerial. Premonitorio.

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