TEATRO
Sonrisas del pasado

@María José S. Mayo - 07/07/2007
EL FLORIDO PENSIL

Directores: Fernando Bernés y Mireia Gabilondo.
Autor: Andrés Sopeña Monsalve.
Intérpretes: Enrique Díaz de Rada, Ramón Ibarra, Zorion Eguileor, Patxi González y Ricardo Moya, entre otros.
Lugar: Teatro de La Latina. Plaza de la Cebada, 2. Madrid.
Teléfono: 91 365 28 35; 902 48 84 88.
Horario: Miércoles, jueves y domingos, a las 20h; vi. y sáb. a las 20 y 22.30h.
Precio: 10 a 25 €.
Hace ya diez años que la compañía Tanttaka llevó a escena un libro de Andrés Sopeña Monsalve que se vendió como churros. Bajo el título de El florido pensil -complicada frase contenida en una de esas diferentes letras que se crearon para dar lustre a nuestro himno- se escondía un hilarante análisis de los métodos educativos de la posguerra, movidos entre el fanatismo religioso y el político. Fue una época en la que "La letra con sangre entra" se grabó a fuego en las posaderas y las palmas de un buen número de niños.
Con la mirada muy atenta al panorama político, Tanttaka ha creído que era una buena ocasión de recuperar el espectáculo reestrenándolo este año precisamente el 23 de febrero, la fecha del 'tejerazo' que tan mal cuerpo dejó en la sociedad española. Ahora acaba de llegar al teatro de La Latina de Madrid sin perder un ápice de su frescura ni de su comicidad, porque el trabajo que sobre escena desarrollan los cinco actores -con la suficiente edad para conocer en carne propia todo aquello de lo que se ríen-, metiéndose en la piel de estos niños es de una destreza interpretativa más que reseñable.
El montaje es muy ágil y divertido gracias a una cuidada estructuración en pequeñas escenas que abordan los diferentes aspectos que entraban en juego en la educación -o lavado de cerebro, como prefieran- de estos pequeños: el colegio, la iglesia, el cine, la radionovela, los comics. En las transiciones de una a otra, mientras el escenario se queda a oscuras a merced de los cambios en la escenografía, se nos ilustra auditivamente con fragmentos del No-Do, sintonías de radio o canciones. Con todo esto se ofrece un completísimo fresco de la vida durante la dictadura, haciendo hincapié en esa obsesión del régimen franquista de bañarlo todo de una predestinación divina.
Lo que más sobresale del montaje es su atenta atención a cada detalle, a cada gesto de los actores, sabiendo subrayar en todo momento dónde debemos dirigir la mirada, esencial en el difícil arte de la comedia. De esta forma nos regalan momentos tan absolutamente demoledores como la visita del inspector falangista a la escuela o las clases de gimnasia que imparte un mutilado de guerra -de la División Azul concretamente-, que tiene una pierna rígida que no quiere cuadrarse cuando debe. Un personaje que recuerda poderosamente a uno de los que Peter Sellers inmortalizó en Teléfono rojo: ese al que su brazo derecho se le estiraba hacia el cielo a la mínima.
Resulta igualmente delicioso todo el juego de movimientos con los pupitres, con las pequeñas pizarras y también toda la confusión que se crea en esas mentes inocentes con conceptos tan abstractos como el misterio de la Trinidad. Además, el final nos reserva una recreación a ráfagas de cinco diferentes familias españolas de auténtico órdago.
Tanttaka demuestra con El florido pensil seguir en buena forma, así que si en su momento no pudieron ver el espectáculo tienen ahora una oportunidad que no deben dejar escapar. Y es que no hay nada más inteligente -ni más sano- que reírse de aquello que todavía duele.
En cartel en Madrid:
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