De la Reina de Saba al paraíso de Al Qaeda
@Jesús Cacho.- - 03/07/2007
Afirmar hoy que el viaje que, con un grupo de 12 españoles que por casualidad coincidimos en la Agencia Ambar, en la madrileña Cava Alta, hice al Yemen en el mes de agosto de 2000 fue el más apasionante de cuantos he realizado en mi vida, quizá suene a desconsideración para los siete compatriotas que ayer perdieron alevosamente la vida en aquel país, desde tantos puntos de vista sumido en la Edad Media, y para sus familiares, a quienes desde aquí envío un fuerte abrazo y mis sentimientos más sinceros de solidaridad y pena compartida.
Pero esa es exactamente la palabra que desde entonces he empleado para definir aquella experiencia: apasionante. Imposible imaginar en el moderno Airbus de las líneas aéreas yemeníes que el 1 de agosto de dicho año nos trasladó de Roma a Saná, la capital, la dimensión del choque cultural que, para un europeo, supone aterrizar en aquel país y zambullirse al día siguiente en el espectáculo que para los sentidos es deambular por el zoco de la ciudad vieja (en el supuesto de que haya alguna Saná realmente nueva). La comparación con Marrakesch resulta enseguida inevitable. E inmediata la conclusión de que la famosa plaza Djemma El-Fná, tan frecuentada por riadas de españoles, es apenas un artificioso pastiche para turistas melancólicos en comparación con el zoco de Saná.
Pronto los viajeros tuvimos una percepción clara de los riesgos que entrañaba viajar por el Yemen cuando, el 3 de agosto, las autoridades reunieron a la salida de la ciudad un convoy de turistas (tres grupos de españoles, franceses y alemanes) que emprendió, cual columna motorizada, rumbo al desierto, encabezado por un camión o armón militar con una pesada ametralladora instalada en la caja al mando de varios soldados.
Pero las claves que rigen las relaciones de poder en aquel país de fuerte estructura tribal escapan pronto a la percepción lógica de cualquier turista occidental. Porque no resulta fácil explicar el hecho de que, un par de días después, tras haber visitado las ruinas de la capital del mítico Reino de Saba, la escolta militar nos abandonara a nuestra suerte, al adentrarnos un atardecer en el profundo desierto de Ramlat, parte del gran desierto arábigo, porque el régimen militar que gobierna –es un decir- el país está en guerra con las tribus beduinas que le disputan los pozos de petróleo de la indecisa línea de frontera que separa Yemen de Arabia Saudí.
Aquellas horas de infernal traqueteo a bordo de los todoterrenos -separados ya de franceses y alemanes-, perdidos en la profunda noche del desierto, se han quedado grabadas en mi cerebro como un viaje al final de la noche de los tiempos, una perpetua ensoñación interrumpida de repente, a lo lejos, por los destellos de una lámpara de señales que, manejada por los soldados beduinos, nos indicaba hacia dónde teníamos que dirigirnos para, media hora después, ponernos bajo su protección durante los días que íbamos a vivir en pleno desierto, con una de las tribus nómadas, con sus jaimas y sus rebaños de cabras y camellos.
Las sensaciones se agolpan en una línea sin fin. La serie de oasis al pie de antiguas civilizaciones; el indescriptible espectáculo de descubrir una mañana, en el reverbero de un sol de justicia, una especie de Manhattan perdido entre la neblina: la ciudad de Shibam, en Hadrahmut, una maraña de rascacielos de adobe y barro, siete u ocho plantas ocupadas por miembros de un mismo clan, bajo la autoridad de un paterfamilias, con las cabras ramoneando a la entrada, entre la arena, restos de acacia y trozos de plástico.
Imposible no acordarse de las playas azul turquesa del Índico; de los corales del mar Rojo; de los pueblos de piedra colgados cual nidos de águila en las cumbres de encrespadas montañas; de la decadencia de Adén, la vieja plaza fuerte británica donde desapareció Rimbaud.
Imposible no recordar el espanto de aquellas mujeres de negro que, escondidas en el burka, corrían a escabullirse como sombras tras las puertas de sus casas en cuanto descubrían a lo lejos los pantalones cortos de un occidental. En más de uno de esos pueblos de arena fuimos apedreados y tuvimos que salir por pies: el turista es visto aún como un indeseado invasor que viene a romper un equilibrio de siglos, un bicho raro cuya presencia ofende un universo cultural construido sobre otro sistema de valores, incluso estéticos, francamente reacios a lo que parece, querido Zapatero, a tu Alianza de Civilizaciones.
Pero lo que sin duda no olvidaré jamás fue el viaje, a bordo de nuestros todoterrenos, entre la playa de Bir Ali, en el Índico, y la ciudad de Aden, cerca de 500 kilómetros de una carretera parecida a un camino de cabras, con la marcha interrumpida cada 50 kilómetros por una barricada tras la que invariablemente aparecían una serie de milicianos armados hasta los dientes, kalashnikov en mano (todo yemení decente tiene su kalashnikov), ristras de munición en bandolera, que se acercaban a nuestro guía en actitud perentoria. Pronto descubrí que Kaid, un yemení que aprendió español en Cuba y recitaba de corrido a Lorca, deslizaba discretamente un puñado de billetes entre las ropas del supuesto jefe del pelotón.
Y así hasta ocho o diez paradas, con el corazón en un puño y el calor insoportable gravitando sobre el miedo. En una de ellas fuimos invitados a almorzar, es un decir, en lo que, tras lo acontecido en Nueva York justo un año después de mi viaje, el 11 de septiembre de 2001, supe sin la menor duda que se trataba de un campamento de Al Qaeda: barbudos guerrilleros de tenebrosa apariencia, usando la punta de sus puñales como mondadientes tras la frugal comida, en medio de una sensación de anarquía, suciedad y desorden total. Por fortuna pudimos continuar nuestra ruta, para dar fin en Aden a aquella jornada interminable. Imposible olvidar el sabor de aquella Heineken bien fría que, muy de tapadillo, pudimos conseguir al alcanzar la ciudad, tras muchos días sin probar otra cosa que agua.
“Yemen, un país lejano cerca de los sueños”, reza el eslogan que acompaña la publicidad de la Agencia Ambar para este viaje. Por desgracia, siete españoles víctimas del odio y la sin razón no podrán paladear en el futuro, desde la tranquila añoranza que proporciona el paso del tiempo, la experiencia irrepetible que produce conocer un país anclado en el siglo XVI, aparentemente insensible a modas y cambios, convertido desde hace años en baluarte y campo de entrenamiento del terrorismo islamista, ello ante la aparente indiferencia de la comunidad internacional y la perplejidad, supongo, de los adalides de la Alianza de Civilizaciones. Descansen en paz.
Opiniones de los lectores (43)
43. Alf.Martes, 06/07/2007, 17:16 h.
Al leer el comentario del señor "alias: Roberto" No he tenido más remedio que hacerlo. Yo también he visitado Yemen. No me acordaba en que año lo hice. Jeús me lo ha aclarado, por que yo era uno de los seís de Madrid que ibamos en ese viaje. Comparto casi todo lo dicho por Jeús. Yo no creo que aquel campamento que Jesús dice de Al qaeda fuera tal cosa. Y si ciertamente lo era diré que, y aquí te corrigo Jesús, nos trataron muy bien. Me habían tratado peor en una visita anterior que hice a USA. Imagino que tu, Roberto, debes de ser de los que se van de viaje a Benidorm, Altea, Caños de Meca, Zahara de los Atunes, Cancun o Miami. No amigo, Yo prefiero viajar a Yemen, Siria, Kurdistan Turco, Uzbequistan, Egipto u otros. Demos más cultura y alimento a estas gentes y no les jodamos tanto.Saludo
42. MontseMartes, 03/07/2007, 18:56 h.
Sr. Roberto, a mi el comentario que me parece desafortunado es el suyo, no el del Sr. Cacho. Como él, yo tuve la suerte de conocer Yemen, hace ya varios años, cuando muy pocos turistas pisaban este pais y no encontré más que amabilidad entre sus gentes. Un increible pais. Usted dice que a sitios como este no se va...entonces, el metro de Madrid ¿tampoco se coge?. Desgraciadamente el tema ya no es el pais. Puede ser cualquiera. El mundo ha cambiado... Mi más sentido pesame a las familias y amigos de estas pobres personas que no jugaron con fuego, sino que fueron victimas de unos asesinos, que igual que matan en Yemen, lo hacen en cualquier otro lugar. Mis condolencias tambien a la agencia Banoa, que nos organizó el viaje, son serios y competentes.Deben estar pasandolo mal.
41. MaraLMartes, 03/07/2007, 18:30 h.
Le agradezco mucho a Jesús Cacho que comparta con nosotros su viaje al Yemen. Su artículo está lleno de sensibilidad y no me ha costado nada imaginar la belleza del lugar y la increible experiencia que puede suponer vivir todo lo que relata, las noches del desierto, la compañía de los beduinos, los rascacielos de Adobe, la antigüedad, y claro, los pastores de cabras.Comprendo que pasará miedo.Comprendo también que nuestros amigos asesinados en Yemen, se sintierán llamados a hermanarse con lo distinto, a conocer para comprender otras culturas,otras formas de hacer. Una forma de Inquietud, Curiosidad. Seguro que emprendieron el viaje con ilusión, probablemente habían leído mucho sobre la pequeña República para no perderse nada y aprehenderlo todo. DESDE AQUI MI APLAUSO Y MI HOMENAJE.
40.
tlalpamMartes, 03/07/2007, 18:12 h.
Me ha encantado su articulo,describiendo tanto la belleza de sus paisajes,de sus cuidades como el miedo y la inseguridad que sintio visitando el pais ya en aquel momento.
Le sigo y admiro y no comprendo como habiendo gente que no esta en su sintonia le sigue para luego perder su tiempo insultandole
39.
RobertoMartes, 03/07/2007, 17:53 h.
Sr Cacho que desafortunado comentario.
Mire Vd a sitios como Yemen no se va.
Yo lo siento muchisimo por los "turistas" y por sus familias, pero el que juega con fuego como minimo se quema.
Creo que también son preciosos los pueblecitos al pie de las montañas de Afganistan, Bagdad es la sede de las mil y una noches y Nigeria tiene una selva seductora, pero no hay que ir.
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