TRIBUNA
La danza de los números o Alicia en el reino de la cantidad
Antonio Bernabéu - 19/06/2007
Lo cuantitativo primario constituye el soporte de nuestra democracia. Claro está, a condición de que deje crecer otras virtudes. Según dijo Strawinsky, el aumento de potencia en la música crea una sensación de fuerza que no es del todo cierta. Y, con este motivo, venía a recordar que La Pasión según San Mateo fue escrita para un grupo de cámara, aunque una decadente cultura musical gusta de su versión saturada de intérpretes. Se incurre, de este modo, en aquello que él acertaba a definir como el “orgullo de lo numeroso” o “concupiscencia del múltiplo”.
¿Y por qué esta tendencia a la numerología contable, desligada de cualquier calidad? Tal vez porque las cifras soportan, con gran resignación, las peores licencias del más necio discurso, y con ellas se llega a construir un grandioso desorden racional que desborda el proyecto de la naturaleza humana.
Fíense en que el Gobierno utiliza las cifras, en lugar del aceite, para mantener encendido su candil de Aladino. Ha sido la deslumbrante política económica –fotocopiada desde la Transición- la que ha venido a incrementar, en dos millones, los cotizantes a la Seguridad Social. Pero, al no contemplar la reversibilidad del número, se nos oculta que la previsible caída de la construcción convertirá a estas gentes en próximos, y justos, perceptores del paro. Y apagará el candil.
Los romanos, hace ya veinte siglos, albergaban una esperanza de vida francamente muy breve: los dieciocho años. Esta esperanza, en la Europa del siglo XVII, creció hasta veinticinco; una verdadera agresión a la máquina productiva. Hasta que llegó Bismarck.
El viejo Canciller, tan extraordinario político como gran bebedor y tan gran bebedor como reaccionario, puso en orden las cosas. Creó un sistema de protección social que contemplaba la retirada de los trabajadores cuando llegaran a los sesenta y cinco años. La razón no era otra que en ese punto se había establecido la esperanza de vida de sus belicosos prusianos. Y sigue la cifra de los sesenta y cinco brillando como la estrella mágica, mítica e inmutable, que guía los senderos del mundo laboral.
Dentro de la lógica del sentido, las cosas hubieran debido progresar desde entonces, pero la imprevisible manipulación de los números nos arrastra hacia atrás. La burocracia empresarial, tras cálculos y rayas, ha decidido que los cincuenta años son la edad ideal para el ocio en los parques. Y han rejuvenecido la prejubilación. Y han expulsado la excelencia en aras de un provecho que a fuerza de barato se vuelve inexistente.
Este mundo sin huellas nos deja una televisión donde los periodistas resultan desplazados por las grandes figuras de la predelincuencia. Nos deja unos periódicos donde aquellas secciones, viejas y ponderadas, de “Economía y Laboral” van perdiendo su nombre, mientras aumenta la siniestralidad del sector productivo; mil muertes cada año, sin que impresione el número.
¿Y qué vamos a hacer con el mundo político? Porque les alcanza, también, la mutación numérica. Cuando Churchill tuvo que dejar el Gobierno contaba ochenta y un abriles. Adenauer se enroló en el poder hasta los ochenta y siete cumplidos. Pero, nuestros ex presidentes, recién salidos de sus adolescencias, van a necesitar de múltiples negocios, de varias fundaciones, de peregrinas charlas, para alcanzar una edad respetable, deshabitada, ya, de la compulsión por la intriga.
¿Y qué nos dice al respecto la madrecita Europa? Pues que la Unión no necesita números para fortificarse. Y que metamos el viejo referéndum por donde lo sacamos. Porque el entierro de la Constitución no necesita público. Y que a los ciudadanos se les dará un breviario. Y en el breviario vendrá un claro solfeo para aquellos que tengan una bonita voz, aunque no tengan voto, y quieran entonar el “De Profundis”.
Opiniones de los lectores (1)
1. Vicente TorresMartes, 19/06/2007, 17:00 h.
Todo tiene que ver con los números. El cálculo de los votos futuros por encima de lo demás. http://xpuntodevista.blogspot.com
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